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Los plebiscitos constitucionales y el día después Opinión

Los plebiscitos constitucionales y el día después

Jaime LLambías Wolff
Por : Jaime LLambías Wolff Profesor Emérito, Universidad York, Canadá
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¿No es entonces más racional resolver con lo más obvio, esquivar cualquier otro proceso constitucional y simplemente plebiscitar el proyecto constitucional aprobado por unanimidad por la comisión de expertos?


El triunfo de la opción “en contra” demuestra nuevamente que las opciones no consensuales se rechazan. Los dos procesos constitucionales no dejan de llamar la atención por ser una representación del teatro del absurdo, con sus situaciones ilógicas, diálogos repetitivos, sentido de desesperanza y paradojas. Las paradojas desafían a la intuición común y pueden generar desconcierto porque parecen ir en contra de lo que consideramos lógico.

El Estado de Derecho se basa en la aceptación de reglas o de leyes prestablecidas, que tiene en la constitución la legitimidad política. Es decir, como ya lo planteaban Habermas y otros teóricos, en el Estado de Derecho la política es la única vía democrática y su demérito implica también desaprobar el Estado de Derecho. Esta vía democrática debiera ser un sendero racional para un orden institucional consensuado que, además, genere la estabilidad que una sociedad requiere. En términos prácticos, los representantes electos del pueblo debieran tener la obligación republicana de “aplicar” la política, es decir negociar y consensuar pues los intereses de la nación están por encima de los intereses partisanos.

La modernidad y después de Descartes con su afirmación “cogito, ergo sum” (pienso y luego existo) busca encontrar la racionalidad. Ya Sócrates, dos mil años antes, no ofrecía respuestas directas sino estimular el pensamiento crítico y ayudar a las personas a descubrir sus propias respuestas mediante el cuestionamiento reflexivo. ¿Qué hay de eso 4 siglos después de Descartes y dos mil cuatrocientos años después de Sócrates? Parece que no mucho y los plebiscititos constitucionales, parecen no ser más que paradójicos. Lo absurdo es que no se consideró un proyecto constitucional (comisión de expertos) aprobado por unanimidad.

En la filosofía y en la lógica, hay problemas que se consideran “insolubles” pues no se pueden resolver dentro del mismo sistema conceptual o marco lógico en el que se plantean. Es decir, se debe intentar superar el paradigma conceptual en la forma en que se abordan las preguntas y lo que creemos los problemas. Sin embargo, se decidió continuar con un “autoritarismo” conceptual (del que nadie desea ser parte) y poco reflexivo y es justamente el que lideró la argumentación a la hora de debatir. Los representantes del pueblo en cacofónicos debates no dejan, como digiera Kundera, al descubierto ninguna nueva parcela de la existencia, únicamente confirman lo ya dicho y más aún de lo que hay que decir. Pasan a representarse públicamente en su propio personaje, en un ser imaginario. Un ego experimental.

¿Qué se puede entonces construir sobre estos postulados absolutos? Que se puede rescatar a futuro, si ni siquiera el intelecto puede desafiar el sentido común, que mira con perplejidad la autosuficiencia incapaz de interrogarse. Hasta el Quijote, cuando salió de su casa, no pudo reconocer su mundo y dio paso a la ambigüedad. Hay muchas verdades que obviamente se contradicen. Es decir, un triste “debate de sordos” en donde nadie está dispuesto a considerar los argumentos del otro o a comprender las perspectivas de la otra parte.

Quizás habría que entrelazar la fenomenología (la búsqueda de la esencia de las situaciones humanas) con el pluralismo. Husserl y su “mundo vital” argumentó que concebir la conciencia desde la vida diaria era esencial para una comprensión más completa de la experiencia de los seres humanos. El pluralismo reconoce la posibilidad de que haya múltiples perspectivas o enfoques válidos para comprender un fenómeno o una verdad. En esa opción conceptual y epistemológica, de cómo conocemos o como justificamos nuestras creencias, se requiere estimular la empatía para promover una escucha y una racionalidad activa, un dialogo constructivo de interrogantes y de apertura a otras ideas.

Es decir, valorar la pluralidad de experiencias individuales y culturales en la vida cotidiana. Reconocer la complejidad de las experiencias individuales contribuye así al entendimiento de la diversidad en un contexto pluralista. Ello no puede ser de otra manera si deseamos solidez y estabilidad, pues todos nos ubicamos en distintos lugares, somos diferentes en nuestras identidades, en los valores, en nuestras historias, creencias, aspiraciones, necesidades, etc. El diálogo respetuoso y la búsqueda de comprensión son esenciales para promover la convivencia y la colaboración. No se trata necesariamente de negar lo que consideramos la existencia de nuestras verdades objetivas, pero de reconocer nuestras limitaciones para acceder a una eventual verdad que jamás será absoluta.

La política​ es el proceso de tomar decisiones que se aplican a todos los miembros de una comunidad humana. En una democracia la forma es expresarse, dialogando para tomar acuerdos y resolver problemas comunes, cuando reconocemos que no puede haber una sola manera de entender la convivencia.  ¿No es entonces más racional resolver con lo más obvio, esquivar cualquier otro proceso constitucional y simplemente plebiscitar el proyecto constitucional aprobado por unanimidad por la comisión de expertos? Sería una vía sensata de legitimar por amplio consenso las bases constitucionales de Chile. Es aquí, como decía Isócrates hace 2,400 años, que la constitución es el alma de los pueblos.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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