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Historias de Sábanas

Vuelve Costabal y ahora él cuenta la historia: “No fue culpa de Beatriz, no fue culpa de la inmadurez… ¡Me pasó por caliente!”

por 18 marzo, 2018

Vuelve Costabal y ahora él cuenta la historia: “No fue culpa de Beatriz, no fue culpa de la inmadurez… ¡Me pasó por caliente!”

TEMPORADA 2

-Mauricio, horas antes de la escena en el bar.

Maldita sea, cómo voy a entender a las mujeres. Beatriz es lo más obtusa que existe. Primero se enoja porque no le cuento lo de Sofía y, cuando la invito a cenar, me dice que saldrá al bar con sus amigas.

-Por la puta, dame paciencia, señor –murmuro, pegándole al escritorio. No sé qué me molesta más: que se vaya a celebrar, o que esté en ese maldito bar.

Justo cuando estoy apagando el computador, aparece María José con una gran sonrisa.

-¡Mauri! -chilla-. ¿Dónde iremos a celebrar?

«Lo que me faltaba», pienso poniendo mi mejor sonrisa, ahora ya no tengo ganas de celebrar, pero antes de responder, ella insiste.

-Podemos ir a comer sushi al local nuevo, ¡me encanta!

-Sofía no come pescado -digo sin siquiera mirarla, mientras guardo mis cosas en el bolso.

-¡Oh…! -exclama como hace mi hija cuando quiere algo y no lo obtiene-, tenía tantas ganas de conocerlo, Mauri.

-Pero es Sofía quien debe elegir.

-Sí, qué tonta -vuelve a chillar-, tienes toda la razón, a las nueve estoy en tu casa, sé que Sofía estará feliz.

Pongo los ojos en blanco y suspiro totalmente exasperado, pero como no tengo ánimos de seguir discutiendo y porque estoy hasta más arriba de la coronilla, paso por su lado y quedamos en vernos a las nueve.

¡Tráfico de mierda! ¿A todo el mundo se le ocurre salir a la misma hora?

El imbécil de adelante va hablando por celular y con eso le da la pasada a todos los automóviles que se quieren colar. Lo bocineo hasta decir basta, y en respuesta me levanta el dedo.

-¡¡Imbécil!! ¡Mira para delante y déjate de hablar! -grito dentro del auto, dando un volantazo. Todo esto es culpa de Beatriz. Con solo nombrarla mi cabreo sube un par de decibeles más.

Al llegar a casa, el primero en recibirme es el gato, que por supuesto me deja el pantalón lleno de pelos, y justo cuando lo voy a patear aparece mi ángel sonriendo.

-¡Papi!

-Sofía, cámbiate ropa que vamos a salir.

-¡Estoy lista! –exclama dándose una vueltecita.

-¿Qué? -gruño-, no vas a salir así a la calle.

-¡¿Por qué no?! -me contesta poniéndose las manos en la cintura, ¡retándome a mí! ¡A su padre!

-Porque ese vestido parece un traje de ballet, ponte pantalones, punto.

-No quiero –alega, agarrando al gato ese que, por supuesto, se deja hacer y deshacer.

-Entonces nos quedamos aquí, punto y final.

Resoplando se da la vuelta de mala gana y al fin yo tengo un minuto de paz. Dejo mis cosas en el sillón y me siento en la cama aflojándome la corbata.

Inevitablemente pienso en esa mujer.

Necesito una ducha para despejarme. Me estoy vistiendo tocan el timbre, sé quién es, pero prefiero abrir yo antes de que lo haga mi hija.

-¡Yo voy! -grita adelantándose. Cuando abre la puerta, se queda como si hubiera visto un fantasma, luego se gira y me queda mirando como si ella me estuviera pidiendo una explicación ¡a mí! Pero cuando la miro detenidamente soy yo el que se queda congelado unos segundos.

-¿Qué tienes en la boca? -bufo acercándome demasiado enojado, tratando de controlarme. Pero cuando paso el dedo por sus labios y este queda pegajoso y manchado me escandalizo-. ¡De dónde sacaste eso, Sofía Costabal! ¡Dime!

-¿Te gusta? -me pregunta juntándolos y sonriendo.

-Mauri, por Dios, ¿qué te pasa? -pregunta María José viéndome como si yo estuviera loco.

-¿Estás ciega? -le digo tomando la cara de Sofía para enseñársela-. ¡La ves!

De inmediato se agacha para mirarla, luego lo hace conmigo y con una sonrisa que sé que es totalmente fingida dice:

-Sofi, ¿por qué no te quitas el brillo de los labios y hacemos a papi feliz?

-Sí -la interrumpo-, ve a lavarte la cara -le aclaro por si aún no lo entiende.

Sofía me fulmina con la mirada por unos segundos.

-No.

-¡¿No?! -digo cuan irracional puedo ser, sacando toda la rabia que tengo desde hace horas-. Perfecto, entonces nos quedamos aquí, ya está.

-Mauri -expresa mi cuñada acariciándome el brazo, y cuando me toca me molesta, ella se da cuenta y se aparta-, tranquilízate, yo puedo preparar la cena.

Bufo igual que un toro, sobre todo cuando escucho el portazo que da mi hija y a continuación un grito:

-¡Yo quería celebrar con Beatriz!

«Por la puta. ¡Yo también quería celebrar con ella!»

Sin querer escuchar más me encierro en la habitación.

Media hora después unos golpecitos me distraen de mis pensamientos, que giran entre Sofía y Beatriz. Ese par de mujeres que estoy seguro terminarán por volverme loco.

En el comedor, ninguno de los dos tenemos ganas de cenar, la comida no está mala, pero… esto no era lo que yo quería. Cuando Sofía da vuelta el tenedor en el plato por enésima vez sin comer nada, me irrito.

-Ve a tu habitación, Sofía.

Ella, contestataria como siempre, me mira, deja la servilleta perfectamente doblada en la mesa, toma a su gato y se va.

-Eso sucede porque está muy malcriada, mano dura deberías tener, Mauri, quizás yo…

-María José –la detengo, una cosa es que yo le hable en un tono seco y otra muy distinta es que alguien me diga algo sobre mi hija-, no he pedido tu opinión, eres únicamente su tía, no lo olvides.

-Mauri, yo solo…

-Está bien -respondo dejando los cubiertos sobre el plato, acomodándome hacia atrás en la silla.

Ella, que no es tonta, entiende mi mensaje corporal, recoge las cosas de la mesa, me da un beso demasiado largo, me pide que mañana la lleve al trabajo, y luego se va.

Apago todas las luces, me bebo un whisky y suspiro, cierro los ojos un momento y vuelvo a pensar en ella, al hacerlo imagino lo que me diría o haría en este momento si hubiera presenciado todo lo sucedido con mi hija.

Así que en honor a esa mujer que me ha cambiado tanto, me levanto, voy a la cocina, hiervo el agua, la pongo en una taza y luego vierto una sopa de sobre.

Con delicadeza toco a su puerta, Sofía no responde, sé que no está dormida porque la música está encendida. Entro y lo primero que le enseño es su tazón preferido.

-Me gritaste -es lo primero que me suelta, pero recibe la taza y la huele, sé que le gusta, aunque intenta no demostrarlo.

-Lo sé -reconozco sentándome en el suelo, a su lado-, pero tienes que entender que para mí verte crecer no es tan fácil, ¡además eres una niña! ¿Cómo vas a llevar los labios pintarrajeados?

-Pintados -me corrige apartándose un poco-. Y no era un labial, era un brillo, que es diferente-puntualiza.

-Como sea, Sofía, como sea -suspiro abatido, me siento impotente, quiero estar con Beatriz, comer hamburguesas con mi hija, y luego ver algo en la televisión, ¿acaso eso es mucho pedir?

Ninguno de los dos hablamos, así que acuesto a Sofía en su cama, me voy a mi habitación y tragándome mí orgullo llamo a Beatriz.

Nada.

Vuelvo a marcar, sucede lo mismo, solo suena y ella no responde.

A las dos de la mañana aún estoy despierto, incómodo, intranquilo. Sé la solución, y a pesar de que sé que estoy mal, salgo de casa dejando a Sofía sola, por primera vez en mi vida.

Gracias a que las calles están despejadas llego en tiempo record al maldito bar, que, por supuesto, está atestado de gente.

Al entrar, lo primero que me golpea es la música escandalosa que se escucha por todos lados. Imposible conversar. Sin importarme a quién pase a llevar, camino hasta el bar, no la veo, pero la que sí está, y bastante acaramelada con un tipo, es la tal Paula. Sigo avanzando hasta llegar al lugar donde están las mesas, pero ahí solo está esa mujer que me odia y la otra que parece un poco más sensata.

¿Dónde mierda está Beatriz?

De inmediato mi vista se va a la pista de baile, y no necesito divisarla para saber que ahí está. Intento tranquilizarme y parecer un ser racional. Pero no me está resultando. Hasta que la veo.

Beatriz está bailando, o mejor dicho restregándosele a un tipo que gustoso acepta la cercanía del cuerpo de mi mujer.

¡A la mierda la paciencia y los intentos por parecer normal! Me acerco y, cuando la tengo en frente, la tomo del brazo con brusquedad para girarla.

-¿Qué crees que haces? –rujo como animal en celo.

-¡Celebrar! -chilla sorprendida y arrastrando las letras.

-Estás ebria. Nos vamos –la acuso al tiempo que comienzo a tirarla, y ¡sí! ¡No me importa! Hasta que de pronto se suelta y se pone enfrente, plantándome cara delante de todo el mundo y me grita a todo pulmón:

-No me voy a ir porque quiero celebrar aquí, con gente de mi edad que solo quiere pasarlo bien sin compromisos, no con un hombre y su hija comiéndome una hamburguesas, ¡y eso hasta temprano porque al otro día hay colegio!

Durante un par segundos me quedo bloqueado, conteniendo todas mis fuerzas para no agarrarla de los brazos aquí y ahora.

-¿Qué estás diciendo?

-Que te vayas y me dejes bailar con –dice buscando al imbécil con que estaba antes-, ¡con él! ¿Es mucho pedir?

Ahora sí que me quedo paralizado, y es la feminista quien llega a increpar de mala gana a Beatriz, tomándola del brazo.

-¿Qué crees que estás haciendo?

-¡¡Viviendo!! ¡No es eso lo que tú dices que hay que hacer! Y no me vengas con la estupidez ni te pongas a defender a Costabal, tú y ellas dicen que es un cabrón.

No creo lo que oigo, esto debe ser una pesadilla, no puede ser Beatriz.

-Ahora, Mauri, por favor vete a acostar a tu hija y déjame seguir disfrutando, ¿que no ves? –se mofa con todo el mundo mirándonos.

-Tengo ojos, y así veo. No sé cómo me pude equivocar tanto -le reprocho y me importa una mierda parecer un idiota, pero por un error no puedo perder a esta mujer, a mi verdadera mujer.

-¡Fácil! –grita pegándome en el pecho-, no es la primera vez que te equivocas, lo hiciste el día en que te casaste con Soledad porque seguías un esquema perfecto, pero esa no fue tu peor equivocación, la peor fue cuando como un taimado no quisiste conducir de vuelta a tu casa y tu mujer terminó desbarrancándose…

-¡¡Beatriz!! -le grita Francisca tironeándola para que se calle, pero continúa.

-No estoy mintiendo, ¡ella terminó muerta! –sisea como una salvaje volviéndose en mi contra.

Está roja de ira y el pelo se le pega en la cara… Nunca la había visto así.

Siento que sus palabras son dagas que se entierran en mi pecho y, con eso, la rabia que sentía se desvanece y da paso a algo peor...

Desazón.

Ella tiene razón y no ha mentido, soy un verdadero hijo de puta cabrón. Creo que el piso se abre bajo mis pies y me cuesta sostenerme, me giro en busca de aire, y antes de llegar a la puerta creo que muero.

Lo está besando igual como me besa a mí, con las mismas ganas, con el mismo ímpetu, ¿con el mismo amor?

Estancado me quedo mirándola, hasta que decido salir con la imagen vívida en mi memoria de él agarrándola por la cintura.

Como si fuera un robot, me subo al auto tratando de procesar todo, de no convertirme en lo que dice que soy.

«Un hijo de puta, Costabal, un verdadero cabrón»

Arranco el auto sin dirección fija, no puedo pensar en nada, y en cada ocasión que tengo descargo la rabia con el volante. Después de dar muchas vueltas termino estacionado frente a su edificio. Mi cabeza cae hacia atrás, desplomándose de una vez. Intento convencerme a mí mismo que tengo que esperar hasta que amanezca, así al menos estará más racional. O eso espero. Pero ese maldito beso, sus palabras… ¿qué mierda fue todo eso? Lo que estoy pensando me destroza un poco más y acrecienta mis ansias por subir y pedirle explicaciones… a pesar de lo que vi. Que por favor todo sea un mal entendido.

«Las palabras de Macarena vienen a mi mente: sé positivo, estás cambiando».

Pero por la mierda, yo no soy así, nunca lo he sido y ahora no es el momento de serlo. Necesito explicaciones ¡ya! Y, por su bien, espero que esté durmiendo la borrachera en su departamento.

¿Y si no está? Mi corazón se acelera y entro al edificio sin siquiera saludar al conserje. El maldito ascensor se demora tanto que subo las escaleras de dos en dos. Casi sin aliento, me detengo frente a su puerta.

-No te demores maldita sea, abre de una puta vez -rezongo entre dientes, apretando y soltando mis manos para tranquilizarme, pero como no abre, dejo el dedo pegado al timbre.

Hasta que… me abre.

Su mirada es de auténtico terror, tanto que hasta la taza que sostiene se estrella contra el suelo. ¿Pero esta mujer qué cree? ¿Qué soy un monstruo?

Para no seguir viéndola ingreso con brío, hasta que de pronto, simplemente me paralizo.

Una sensación que jamás había sentido en la vida me quema el pecho. Un hombre completamente desnudo sale desde su habitación… y ella solo está con… camisa.

La cólera, la rabia, la ira, me invaden en cosa de segundos, nublándome la vista, con furia me refriego los ojos y paso por su lado, chocándola de adrede, necesito sentirla… por última vez.

-Debí imaginarme que si fuiste capaz de follar conmigo en la oficina serías capaz de follar con cualquiera. ¿Y sabes una cosa? ¡Sí!, eres una verdadera pendeja de mierda -le suelto entre dientes antes de dar un portazo que retumba por todo el rededor.

Cómo pude ser tan imbécil, ¿acaso creías que merecías la felicidad, Costabal? Le hablo a la figura que me mira a través del espejo del ascensor. Eres un iluso, ¿de verdad lo pensaste? ¿Cuando tú, y solo tú, fuiste el culpable de la muerte de Soledad?

No puedo con esa mirada escrutadora que está delante de mí. Con el puño cerrado y con toda la fuerza que logro conseguir, en cosa de segundos le doy un golpe al espejo, se quiebra, y ahora son muchos hijos de puta los que se ríen de mí.

Ellos me ven tal cual soy. El monstruo que mató a su mujer.

Al llegar al lobby, asustado, se acerca el conserje y dirige la vista directo a mi mano.

-Está sangrando, señor.

Ni siquiera me esfuerzo en responderle, siento que dentro de mí una grieta me hace pedazos, me quema hirviendo el corazón.

Al salir, el sol me da directo a la cara, elevo la mirada y, como un poseso, le grito al cielo:

-¡¿Estás feliz, ahora?! ¿Qué más me quieres quitar en esta puta vida, maricón de mierda?, ¡qué más!

Ningún semáforo me detiene, y espero que algún auto se cruce en mi camino y me haga dejar de pensar. ¿Me duele? Me duele de una manera lacerante que ni siquiera sentí con la muerte de Soledad.

La maldita luz que me volvió a la vida, me ha traicionado, traicionado, como si no le importara nada. Me mintió haciéndome creer en un cueto de hadas, me prometió que seriamos una familia.

Cierro los ojos para disimular la pena, esa perra no se merece ninguna de mis lágrimas.

Un estúpido auto me toca la bocina y alcanzo a frenar antes de llegar a la esquina y literalmente pasar por encima de una mujer con un coche.

«Qué ironía…, así me la imaginaba yo», pienso y no puedo retener esa maldita lágrima que me quema en su recorrido.

«¿Qué imbécil le cree a una pendeja?» Tú, imbécil, me respondo a mí mismo, tú y solo tú.

El suelo se abre entre mis pies, pero no me detengo, sigo manejando. La ajuga del velocímetro está al tope. Ninguna curva me detiene, exactamente las 33 que surco con rabia, porque me niego a sentir una gota más de dolor por ella.

Cuando me detengo, dejo caer la cabeza al volante, no sé cuánto tiempo pasa hasta que veo la hora. Es tarde. Aprieto los dientes con fuerza, me bajo y me acerco al risco.

Mi vista inevitablemente se va hasta el árbol partido que detuvo nuestro accidente. Mis hombros están rígidos, este es el lugar donde maté a mi esposa, y donde hoy he muerto yo.

Al agarrarme de una rama para bajar un poco más, me doy cuenta que me arde la mano, y nada me puede importar menos en este momento. Estoy hecho mierda.

Este lugar, que trae tantos recuerdos a mi vida, me hace pensar en que uno nunca puede cambiar. Al menos, yo no lo haré. Si antes era un cabrón, ahora todo será peor.

Mi teléfono suena varias veces hasta que decido contestarlo, ni siquiera intento disimular mi cabreo.

-¡Qué! -bufo.

-¡Se puede saber dónde estás! ¿¡Cómo se te ocurre dejar a Sofía sola!? –Me grita enojada Macarena-. La niña me llamó llorando, Mauricio.

Levanto la vista hacia el paisaje, no quiero darle explicaciones.

-Mauricio, háblame, ¿estás ahí? -ahora su tono es de preocupación.

-Se acabó, hermana, todo se acabó -reconozco y esas palabras vuelven a dolerme.

-¿Se acabó, qué? ¿El trabajo? María José ha llamado cien veces, no has llegado a la oficina, ¿dónde estás? ¡Son las tres de la tarde!

Respiro para coger fuerzas.

-Beatriz…

-¿Beatriz qué? Por favor, dime dónde estás, te escucho mal. ¿Quieres que te vaya a buscar?

-No.

-Estás en la montaña, voy para allá.

-No, Macarena, quédate con Sofía, yo tengo que volver a trabajar.

-No, no, ven a casa, hablemos.

-Te veo en la tarde, Macarena, dale un beso a Sofía y dile que tuve un problema en la oficina.

-¿Quieres que le mienta? -pregunta muy despacio.

-Si quieres, dile la verdad -le suelto entre dientes-, dile que su padre está hecho mierda porque vio a Beatriz revolcándose con un “weón” en su departamento.

-¡No! –chilla incrédula-, Mauricio, pero cómo…

-Y también puedes agregarle a la historia que su padre por cabrón mató a su madre.

-Fue un accidente -me defiende y yo río sin ganas.

Cuelgo el teléfono y vuelvo a mi realidad. Pero ya no más. Si la vida sigue adelante, yo también.

Una hora después llego a la oficina, no hay nadie en el piso que no se gire a mirarme. Al llegar a mi piso le pido a Carmen que venga, y le enseño mi mano.

-Necesito gaza y alcohol -demando.

-Pero…, eso necesita puntos, señor.

-¿Acaso es usted medico?

-No, señor.

-Entonces salga y haga lo que le digo.

Al poco tiempo vuelve y me cura la mano, mientras me mira con lástima.

-Contácteme con María José de recursos humanos y luego con Beatriz Andrade.

Sin decir ni media palabra, acepta y se va. Yo ni siquiera la miro.

Mi humor está a cada segundo peor, todo me molesta, ni siquiera me importa la reunión importante con don Agustín y menos tener que darle explicaciones. Tengo algo más importante que hacer.

Al fin, suena el teléfono.

-Hola, Mauri, estaba preocupada -me saluda con esa voz melódica que tanto me molesta.

-Quiero que despidas a Beatriz Andrade -le digo y ella se queda en silencio, respirando apresuradamente.

-Pero es que… -comienza a justificarse.

-No me interesa.

-Ella ya… -no la dejo terminar y le corto el teléfono. Yo soy Mauricio Costabal y una mujer como esa no me la va a ganar.

Me paro un par de veces y miro por la ventana, hasta que de pronto golpean la puerta y antes de que entre, sé que es ella, su olor, su forma de tocar…

Concéntrate Costabal.

-Dígame, señor Costabal -dice bajito quedándose pegada a la puerta.

Evita mirarme y retuerce las manos.

-Señorita Andrade, está despedida -digo-. Por favor tome sus cosas y abandone la empresa.

Traga saliva y a través de sus ojos ojerosos puedo ver que no está bien. Que se joda. Yo no voy a dar pie atrás.

Me recuesto en el sillón y con una voz severa repito.

-¿Qué está esperando, señorita Andrade? ¿No me entendió?

Maldita sea, no se mueve y yo necesito que se marche, hasta que una sonrisa aparece en mis labios y ya sé cómo humillarla.

-No quedaste a gusto esta mañana que necesitas mirarme.

No dice nada, pero tampoco parecen afectarla mis palabras. Apoyo las manos sobre el escritorio y me voy hacia adelante mirándola con odio. Quiero humillarla.

-No es necesario que me despida, señor Costabal.

-Acaso creíste que podrías seguir trabajando aquí después de lo sucedido -gruño-, te acabo de decir que…

-¡Ya he renunciado! -suelta y con eso me deja sorprendido.

-Entonces qué hace aquí aún, señorita Andrade, ¿quiere que llame a seguridad? -digo levantando el teléfono, estoy dispuesto a hacerlo sin remordimientos-. ¿O está esperando una carta de recomendación para trabajar con Bernardo?

-No necesito nada de usted, señor Costabal.

-Eso me queda claro, lo comprobé de primera mano esta mañana.-Le recuerdo con una sonrisa sardónica-. Debí imaginarme el día que follamos en este escritorio la clase de mujer que eras.

-La clase de mujer que soy –dice, teniendo la desfachatez de sentirse ofendida.

-Sí, mujeres dispuestas a todo para surgir en el trabajo, mujeres como tú que no tienen escrúpulos a la hora de jugar con los sentimientos de la gente -gruño-, pero no es tu culpa, es la mía y me pasó por caliente.

Me mira sin decir nada, incluso creo que tiembla, y eso me da más fuerzas para seguir.

-Pero tranquila, no te preocupes, puedo darte una carta de recomendación, incluso puedo decir lo buena que eres con el sexo oral. Estoy seguro que eso será un muy buen plus -comento cerrándole un ojo.

-¡Cómo me puedes decir una cosa así! -me grita acercándose, retándome con la mirada-. Ni se te ocurra decir una sola palabra de mí.

-Tienes razón, no necesito decirlo porque tu reputación habla por ti.

-No sabes lo equivocado que estás -susurra con la voz quebrada.

-Sé lo que vi, pendeja de mierda.

-¿Sabes una cosa, maldito hijo de puta? ¡Sí! Puedo ser una pendeja como dices tú, pero tengo sentimientos -chilla lanzándome la corchetera-. ¡Ahora ya puedes llamar a seguridad! Y claro, no olvides salir con tu cuñada, a ver si así te la tiras de una buena vez -ladra saliendo de mi oficina, estoy tentado a seguirla, pero no lo hago.

Desde ahora, Beatriz Andrade puedes irte a la misma mierda.

Ni siquiera espero que sea la hora de salida, siento que mi cabeza me va a estallar. Salgo y por supuesto que me encuentro con ella.

-Mauri, estás bien, estaba muy preocupada por ti, ¿dónde estabas esta mañana?

-Solucionando algunos inconvenientes.

-¿Pero estás bien?
-¿Acaso me ves mal? –bufo, caminando hacia al maldito ascensor.

-No, no, para nada.

-Perfecto, entonces si no te pasa nada, ¿podríamos cenar?

Justo cuando le voy a decir que no, Beatriz pasa cargada de papeles en dirección al escritorio de Carmen.

-Por supuesto que cenaremos juntos, María José. Paso por ti a las diez -respondo fuerte y claro y sé que ella me escucha. Ni siquiera me volteo, al fin llega el ascensor y me subo viéndola con desdén.

Creo que me estoy convirtiendo en un maldito sicópata otra vez. Así es como todo comenzó, siempre supe su dirección, y a veces la seguía hasta su departamento, igual como lo estoy haciendo en este instante.

Me estaciono a una cuadra, solo para ver cuando llegue, si es que llega y no se va con…

Aprieto los ojos con rabia al imaginarme la escena que debe haber vivido anoche Beatriz, ella borracha, con ese tipo en su cama…

Siento arcadas de solo imaginarlo. Ella riendo, mientras el imbécil hace que acabe, luego abrazados esperando el amanecer, y ella llevándole un café, porque eso estaba haciendo hoy en la mañana.

Respiro profundo y tengo que recurrir a la cordura para no bajarme y, bueno, no hablarle de la mejor manera. Lo de la oficina ha sido nada con lo que de verdad quisiera gritarle, y luego follarla hasta decir basta, hasta que olvide cada gemido del día anterior, sin tregua, sin placer, solo con odio y rencor, como si fuera una cualquiera más, sí, eso es lo que es.

Se acabó, no puedes seguir así Costabal. Ella no vale la pena. Me niego a sentir estos… celos que remueven lo peor de mí. Me voy.

Ya no la veré más, señorita Andrade.

En mi departamento todo está en completo silencio, pero apenas enciendo la luz del recibidor lo veo. Nos miramos, y sé que desde este momento se convierte en mi enemigo.

Tiro la chaqueta sobre la mesa y voy directo hasta donde provienen las risas, Sofía al verme corre a abrazarme, en tanto Macarena hace un gesto déspota como diciendo, «ya era hora»

Antes de que Sofía me abrace le suelto:

-Quiero que en este momento metas todas las cosas de ese animal en esta caja, ¡y sin discusión, Sofía! -le ordeno, pero como no se mueve, soy yo el que empieza a meter todas las cosas del maldito gato dentro de la caja.

Todo esto frente a la atenta mirada de Sofía que me observa como si fuera un monstruo.

Y bueno, sí, lo soy.

-Papi, nunca más me volveré a pintar los labios, te lo juro por mi mamá que está en el cielo -me suplica agarrando al maldito gato, que se apega a ella incluso con las uñas.

-¡Mauricio! -me regaña Macarena.

-No te metas -bufo con tanta intensidad, que es ella misma quien con cariño avanza hasta mi hija para pedirle el animal.

La escena no es bonita, pero sí será lo mejor, si a mí me duele perder a esa… mujer, sé que a Sofía también, y mi hija no se merece volver a sufrir.

Cuando tengo todo listo y estoy casi llegando a la puerta para ir a dejarle “esto” al conserje, aparece Sofía con lágrimas en los ojos.

-¿Tampoco voy a ver más a Beatriz, verdad, papá?
Trago saliva consternado, esta niña es de otro planeta, no quiero que sufra, pero tampoco puedo mentirle, no a ella, no a mi hija.

Me agacho para quedar a su altura, y cuando voy a acariciarla retrocede dos pasos, y sé que ya ha llegado el momento de hablar.

-No, Sofía, no la veremos nunca más-. Una lágrima se escapa y cae al suelo. Me parte el alma, porque esto no es por el animal, es por ella, siempre ella. Mi hija se gira y me deja solo, la observo caminar hasta su pieza, y luego volver con varias cosas.

-Estas cosas tampoco las voy necesitar -me dice entregándome todas las cosas que Beatriz le ha regalado.

-Hija, no es necesario que… -no alcanzo a terminar cuando mi pequeña me abraza y me susurra al oído:

-No importa, papi, solo estamos los dos.

Se me parte el alma, y mi corazón se acelera. ¿Por qué tiene que sufrir Sofía por culpa de esa, perra? Sí, se acabó. Mi odio solo aumenta a cada segundo.

-¿Puedo pedirte un favor, papá?

-Dime.

-Deja a Pasqui con su hermanita para que no se sienta tan solo, por favor.

Eso me deja un momento helado, solo pensaba dejarlo en conserjería y que ahí vieran que querían hacer, ¿pero devolverlo? Aunque al ver los ojos de mi hija, sé que no se lo puedo negar. Bajo la caja y como si el animalucho fuera inteligente ni siquiera se escapa de su caja.

-Sí, Sofía, eso haré.

-Gracias, papi -responde, me da un beso de buenas noches y vuelve a su cuarto.
Estoy hecho mierda, por dentro y por fuera. Pero esto no me va a cagar la vida nuevamente. No señor.

Así que pensando en eso me voy a la ducha, necesito despojarme de cada uno de mis sentimientos, pero sobre todo… de su olor. El agua esta fría, casi congelada, pero así la necesito para no pensar. Jabono todo mi cuerpo para que nunca más quede un vestigio de ella.

Me río bajo el chorro de agua, que está dejando roja mi piel, como si también me estuviera castigando. Yo, que hace poco rato juré nunca más volver a esa dirección, romperé mi promesa por mi hija. Soy un monstruo al quitarle los recuerdos a Sofía.

Pero sí, será lo mejor.

Ella ya no estará más en mis días y todo será como antes, solo Sofía y yo. No más electricidad al tocarla, no más risas espontaneas, no a la idea de formar una familia.

No más todo.

Salgo y el espejo me devuelve la silueta que soy. Un jodido cabrón que creyó que la vida le daría otra oportunidad.

Imbécil.

Asqueado, me visto, necesito salir a respirar, y si María José alguna vez sirvió… ¿Por qué, no?

Cuando estoy listo voy a despedirme de Sofía, pero está durmiendo hecha un ovillo vuelta hacia la ventana, camino despacio, la beso en la cabeza y ella ni siquiera se mueve, no está dormida, ahora lo sé.

En el salón Macarena me está esperando.

-No quiero gritarte ni abalanzarme sobre ti como cuando éramos niños y te exigía una explicación, pero necesito poder entender al hombre irracional que eres desde ayer.

-No debí dejar a Sofía sola.

-Gracias a Dios, mi niña es inteligente y me llamó a primera hora. ¿Te imaginas le pasa algo?

-Qué le va a pasar, es un edificio, nadie entra sin ser anunciado -le respondo de mala manera.

-¿Y si hubiera temblado? ¿O si hubiera habido un incendio? ¿O si…?

-Basta -la corto, sus palabras son ponzoñosas y con justa razón-. Nada de eso sucedió, fin de la discusión.

-¡Pero tú quién te crees que soy para hablarme así!

-Fin, de, la, discusión -le repito cada palabra de la oración, es la única forma que entienda.

-Está bien -comenta derrotada.

-Voy a salir con María José, ahora.

-¡Qué! ¿Cómo?, ¿A dónde? No hemos hablado, no puedes desaparecer de nuevo como si nada, tú no estás bien.

-Macarena, puedes o no quedarte esta noche –le digo molesto por cómo me mira, o en realidad me juzga.

-Por Dios, Mauricio, claro que sí, soy tu hermana, pero estás actuando mal. ¿¡Por qué vas a salir con ella?!

-Porque se me da la gana y punto.

-Es que no entiendes, María José es…

-Mi amiga -la corto antes de que continúe-, y yo decido que hacer y con quién.

-Es tu cuñada… -me dice un tanto más bajo, y sé lo que intenta hacer.

-Soy viudo –sonrío con malicia y frialdad-. Por ende, no tengo cuñadas.

-Tarde o temprano te vas a arrepentir.

-Pero como dices tú, hermanita, lo comido y lo bailado…

-Haz lo que quieras.

-¿Y crees qué no lo voy a hacer? -le respondo.

Tomo la caja del gato y salgo por la puerta, dejándola con la palabra en la boca.

Voy a buscar a María José, que no es mi cuñada, pero antes, tengo que hacer una parada más.

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