Opinión de cine: La metamorfosis del olvido - El Mostrador

Viernes, 15 de diciembre de 2017 Actualizado a las 20:11

"Un balcon sur la mer", de Nicole García

Cultura - El Mostrador

Opinión de cine: La metamorfosis del olvido

por 14 enero, 2014

Opinión de cine: La metamorfosis del olvido
Enrique Morales Lastra. Periodista.

“¿Podemos estar realmente seguros de que las palabras que dos personas han cruzado durante su primer encuentro se hayan desvanecido en la nada como si nunca las hubiera pronunciado nadie? ¿Y ese susurro de voces, esas conversaciones telefónicas desde hace alrededor de cien años? ¿Esas miles de palabras cuchicheadas al oído? ¿Todos esos jirones de frases tan intrascendentes que están condenadas al olvido? ¿Y si todas esas palabras se quedasen colgadas en el aire hasta el final de los tiempos y bastase con algo de silencio y con fijarse un poco para captar sus ecos?”.

Patrick Modiano, en “El horizonte”

Por seguirle la pista a Sandrine Kiberlain –esa actriz rubia, triste, melómana y delicada, que canta bossa en francés y que quizás escriba poemas en yiddish, el desterrado idioma apátrida de sus cuatro abuelos–, es que llegué a cruzarme con “Un balcon sur la mer” (2010), una bella película de la directora franco-argelina, Nicole Garcia. Filmada en luminosos planos de la Provenza, y de la ciudad de Orán, en el noroeste de África, este drama expone un reparto con lo mejor que puede ofrecer el cine europeo de estos días: Jean Dujardin, Marie-Josée Croze, la admirada artista anotada al comienzo de estas palabras, el italiano Toni Servillo, y una fugaz aparición de su coterránea, la siempre llamativa Claudia Cardinale.

El pensador alemán Ernst Jünger, reflexionó en su ensayo El libro del reloj de arena, lo siguiente: “El tiempo que retorna y el tiempo que progresa hablan a dos estados de ánimo fundamentales del ser humano, a saber: al recuerdo y a la esperanza, que son los dos constructores del palacio que el hombre habita. En el recuerdo y en la esperanza se encuentran el padre y el hijo, el espíritu conservador y el espíritu de cambio”. La cinta a la que dedicamos esta columna, se refiere a la primera estación que menciona el ilustre escritor germano, es decir, al regreso de la emoción producida por un suceso que marcó nuestro pasado, que permanece latente, subterráneo, oculto, sin embargo listo para despegar, y aunque suene pretencioso,  cuyo influjo determinará la orientación de la propia vida, hasta que ésta se diluya.

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Estamos en un año cualquiera de la década de 1990, y Marc Palestro (Dujardin), quien está casado con Clotilde (Kiberlain), tiene una pequeña hija, y se desempeña victoriosamente en la agencia inmobiliaria que pertenece a su suegro, fue uno de los tantos colonos franceses que, de adolescente, debió abandonar Argelia junto a su familia, debido a la violenta emancipación de la ex colonia gala, ocurrida a principios de los años ‘60. Esa pérdida originaria, no sólo representó para el entonces joven la conclusión traumática de una etapa formativa esencial, sino que también el colapso de su prístino amor iniciático: el que sentía por Cathy, la rubia niña que residía en el edificio de departamentos vecino al condominio que ocupaban el muchacho y los suyos.

Los atentados planeados por el Frente Nacional de Liberación, aumentan en intensidad y alcance destructivo, y el padre de los Palestro, lo baraja sólo una vez: al interior de un Peugeot que avanza por los asfaltos desiertos de Orán —a causa del toque de queda—, y que se dirige al muelle o al aeropuerto de la localidad, y a través del vidrio posterior del automóvil, Marc observa, con los ojos anegados de lágrimas, el balcón donde imagina se asomará al despertar, unas horas más tarde, ante el sol de la mañana, el alma de sus ilusiones.

Después de mirar los 95 minutos que dura “Un balcon sur la mer”, mi memoria me condujo a julio de 1991, a las vacaciones de invierno de ese calendario. Tengo casi 9 de edad, y me agarro a cualquier pretexto para salir de casa, y poder pasar unos momentos, frente al bungalow de Jaqueline Salviat: ir a comprar el pan en lugar de “la nana”, arrendar todos los días un VHS distinto en el Errol’s cercano, y realizar un par de actividades que practicaba en forma intermitente, y con dispares resultados al lado de su jardín: jugar a la pelota y andar en bicicleta. Quiero ver a Jaqueline por lo menos de reojo, un mínimo instante, y reanudar las breves conversaciones ingenuas que tuvimos en el patio del colegio. Pero es obvio que una chiquilla de mi misma antigüedad, en esa época, raramente frecuentaba la calle.

Una noche de ese mes, fuimos con un compañero de juegos del pasaje y mi padre, a ver un partido de la Copa América, campeonato que se disputaba durante esas semanas en el país; el lance era entre la Selección de Chile y el equipo nacional de la Argentina. Un pase profundo del “Leo” Rodríguez, y nadie pudo parar el carrerón de Claudio Paul Caniggia, ni Eduardo Vilches, ni Javier Margas, ni Lizardo Garrido. El “Hijo del Viento” los dejó botados a los tres, tirados en el pasto, y lanzó un derechazo, rasante, cuando el “Pato” Toledo salía del arco e intentaba achicar su perspectiva de ataque. La pelota se clavó en un rincón del arco sur del Estadio Nacional, Chile perdió por 1 a 0. Cuando reaparecí en mi hogar, y miré hacia la dirección de mi amiga, que era linda, y tenía el pelo crespo y de color miel, y las cejas bien dibujadas sobre sus ojos cafés, un camión de mudanza salía por el portón de la propiedad. Me bajé corriendo del auto, y perseguí al transporte de carga el trecho que pude, sin mayores satisfacciones. Hacía frío, y jamás la volví a ver, menos a saber de ella.

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Y razono que si Jacqueline irrumpiera ahora, al lado de mis cansinos pasos, en enero de 2014, supongamos que en la esquina de la calle Rosal con Victoria Subercaseaux, bajo la sombra del cerro Santa Lucía, estoy seguro de que experimentaría una sensación idéntica a la de Marc, pues ambos somos incondicionales con las mujeres que nos han gustado: en una ronda habitual de sus labores como corredor de propiedades en la periférica Aix-en-Provence, éste cree reconocer en el rostro de una clienta, a la adulta Cathie (Marie-Josée Croze).

Luego de ese “reencuentro”, el personaje interpretado por Dujardin no hace otro ejercicio que pensar en torno a las circunstancias de su niñez en la blanca Orán; también en desplegar los trámites necesarios para averiguar la identidad de la enigmática compradora de ese caro bien raíz, cueste lo que valga; a cuestionarse su, en apariencia, estable matrimonio; a hurgar en la historia itinerante de su familia; a constatar la persistente soledad afectiva de sus relaciones, desde el preciso soplo en que fue expulsado de ese paraíso, emplazado en un país de fantasía, difuminado por la alba luz del cielo, de un verano imperecedero.

La caída libre de Marc, ¿es el remezón inherente a una vida vacua y sin propósitos, que al menor estímulo o vaivén se pulveriza, y se desintegra en bancos de arena, para disolverse en un mar de carencias, el de los sueños imposibles de nuestras frustraciones?, ¿o bien refleja la cartografía espiritual que generan ciertos eventos elementales en la ruta de una persona, los que se transforman en vallas y precipicios quiméricos de saltar, y que cortan las piernas para seguir andando, y nos prohíben por ende, salir de la modorra, efectuar las actividades que en la agenda deben tacharse con un plumón?

En rastrear el sonido de esa voz inaugural, en concentrarse para oír el timbre y las entonaciones de esos diálogos de amores sinceros de la infancia, en alimentar la capacidad de asombro, indica Nicole Garcia, se hallarían el secreto y las respuestas.

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