Crítica de cine: “Renoir”, los anclajes del destino - El Mostrador

Martes, 21 de noviembre de 2017 Actualizado a las 09:05

Película del realizador francés Gilles Bourdos (1963)

Cultura - El Mostrador

Crítica de cine: “Renoir”, los anclajes del destino

por 12 junio, 2014

Un delicioso estudio psicológico acerca del entrecruzamiento misterioso de la vida, los sentimientos, la pasión y el sufrimiento asociados al amor, resulta este filme inspirado en la novela escrita por Jacques, un bisnieto del famoso pintor. Además de las actuaciones del anciano Michel Bouquet, y de la pelirroja Christa Theret, la cinta se halla condicionada por su fotografía —de una estética que homenajea a la obra de Pierre-Auguste—, y la soberbia música incidental compuesta especialmente por Alexandre Desplat para la ocasión, el joven Ennio Morricone que tiene hoy el séptimo arte galo.

“El amor le había hecho olvidar por completo que existía la muerte. Durante casi dos años no había pensado en ella ni una sola vez siquiera, le parecía una fábula, precisamente a él que había tenido siempre aquella obsesión en la sangre. ¡Tan grande era la fuerza del amor! Dentro estaban la inocencia, la juventud, la fatalidad, el pecado, el tiempo que pasa y que devora”.

Dino Buzzati, en Un amor

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Sobre la manera en que conocer, y cruzarse con una persona determinada, cambian el curso de una existencia, y le señalan un camino o evento hasta ese momento ignorados, gira el eje dramático de Renoir (2012), la película que por fin se estrena oficialmente en las salas chilenas, después de un exitoso paso por el Sanfic del año pasado y el Festival de Cine UC de este verano. Ambientada en la Rivière francesa —que resplandecía igual a un remanso durante la I Guerra Mundial—, la pieza aborda los años finales de Pierre-Auguste, el último pintor impresionista de fama inmortal.

Dirigida por el director galo Gilles Bourdos (1963), la cinta, también, afronta el reencuentro afectivo que el autor del óleo Baile en el campo tuvo con su hijo Jean, el notable cineasta del siglo pasado, y de cómo aquél, a causa de la pasión sentida por una de las modelos de su padre, descubre la vocación artística que le haría famoso. Eso, después  de que el muchacho convaleciera debido a las heridas recibidas en las trincheras, y las costras sembradas en su psicología,  por las indecisiones de su carácter.

Los pasajes de la biografía de Renoir, a las cuales aludimos, describen a un maestro aquejado por el reuma, la artritis en sus extremidades, y la honda angustia que provocó en su espíritu el deceso de su esposa Aline; la madre de sus tres hijos, y quien personificó el apoyo emocional que rescató al creador cuando tenía sólo 40 años, y pensaba que estaba absolutamente acabado. Ella le otorgó un sentido a sus días: tanto al interior de su alma, como en el quehacer exquisito que lo ocupaba.

Así, los hechos relatados se inspiran en la novela de memorias familiares Le Tableau amoureux (2003), la que fue escrita por el director de fotografía Jacques rendir (1942), bisnieto de Pierre-Auguste.

“Hay que tener un amor —un gran amor en la vida—, porque sirve de coartada a las desesperaciones que nos abaten sin razón”, escribió Albert Camus, en sus íntimos Carnets, la jornada del 16 de noviembre de 1937, justo dos décadas antes de que le otorgasen el Premio Nobel de Literatura. El ensayista de El hombre rebelde, a un centenario de su nacimiento, lo sabemos, se sentía triste y nostálgico por la pobreza de su cotidianidad argelina, en ese exordio vivencial previo, a surcar el antiguo Mediterráneo.

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Alrededor del secreto de ese consuelo y pilar, en la irrupción de ese faro en la más dominante de las tinieblas, en ese apego trascendente esbozado por el “puro” Camus; es que medita el largometraje cuyos estelares son Michel Bouquet (el anciano retratista), la inolvidable Christa Theret (que interpreta a la fundamental Andrée Heuschling) y Vincent Rottiers (el veinteañero Jean Renoir).

Un celuloide, igualmente, donde los cuadros, luces, colores y sombras de la fotografía, disputan con la belleza de los lienzos firmados por Pierre-Auguste, si cabe y se nos autoriza, la desmesurada comparación. A conseguir ese prendamiento estético, también ayuda la hermosa banda sonora compuesta especialmente por el músico Alexandre Desplat (1961), quien es el joven Ennio Morricone y Nicola Piovani, los dos juntos, con que cuenta por estos días el séptimo arte francés.

El inválido pintor, entonces, recibe la visita de esta deslumbrante mujer —pelo castaño y miel, enlazado por el viento humanizado de la Provenza, cuerpo esbelto—; la que dice ser actriz, cantante, y además, que fue enviada al hogar de los Renoir, por un aviso de la desaparecida compañera del dibujante, la ausente Aline, a través de los sueños espectrales de la muerte.

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Agobiado por ese reciente desgajo de sus sentimientos, y la partida de los descendientes mayores al frente de las metralletas en el noreste del país, Auguste acoge a la joven, en tanto que misteriosa señal, proveniente de una incógnita realidad.

Las perfectas medidas femeninas de Andrée, la gracia de su aura, revitalizan el itinerario artístico de Renoir; impulsan con un vigor inaudito su temperamento, y la fijación por los desnudos al estilo de un Tiziano, en su temática pictórica. Vuelve a trabajar en jornadas exhaustivas, y a pensar y a darle vueltas en la imaginación, a lo que sería una de sus obras cumbres y la postrera: su serie de Las bañistas.

Encontrándose en ese estado de exaltación productiva, aparece, para descansar, para reponerse de una perforación en su pierna a causa del plomo de una bala, el melancólico Jean, quien trae ensombrecido y cabizbajo el rostro, por el dolor y la destrucción propios de un combate mortal.

Abatido por la profunda desesperanza que conlleva presenciar una matanza de esas magnitudes, y rengo por el proyectil absorbido; el segundo en la progenie de Pierre-Auguste, vislumbra en la armonía de las formas, y la personalidad de Andrée, el bálsamo necesario con el fin de suavizar sus pesares, y las horadadas que le propinaron el conflicto bélico, a su maltrecho ánimo.

En una conversación inserta en el todavía balbuceante romance, y confesando su penuria de ambiciones, falta de perspectivas a raíz de la experiencia en la dura infantería, y luego de una sesión posando a la vista perpleja de Renoir padre; la atractiva mujer reprende a Jean, y casualmente le enseña su camino, el de la gloriosa consagración, la que vendría luego de las batallas sobre el fango y los resbalones en las dudas: “Después de la guerra, hagamos películas juntos”, invita la seductora maniquí, al hijo favorito del “patrón”.

Así parecen gestarse los anclajes del destino, de un modo aparentemente fortuito, casual, inesperado, sin avisos; pero bajo un factor continuo e ineludible: el amor que guía nuestras aspiraciones, y envalentona hasta al más débil de los hombres. Jean —el realizador que en su futuro soñado, según Martin Scorsese, filmaría una de las historias mayores y sublimes del cine, El río—,  transitaba, a sus 21 años, extraviado, confundido en la vía de un túnel cerrado y frío, que le impedía contemplar, y erguirse, fuera de los márgenes de la tragedia global en la que se había sumido, voluntaria y torpemente, tal vez, persiguiendo una muerte absurda.

Con reminiscencias a Noviembre (1842) y La educación sentimental (1869), ambos textos fundamentales de Gustave Flaubert, patriarca y vástago terminan, de esa manera, instruidos acerca de su sendero definitivo, por el cariño que despierta en ellos Andrée, la despreciada bailarina de cabaret, la que se presentaba en el pueblo cercano a la mansión familiar.

Y aunque varados en diferentes paradas de su trayecto individual, se hallaban unidos, no obstante, por un piso común que los hermanaba, el que rompió el conjunto de las barreras generacionales: un vacío de objetivos que los mantenía estáticos, inmóviles, en una pavorosa instantánea, esperando el segundo cronométrico en que los colores se apagan.

Antes del desenlace, el título de otra admirable película, que también aprovecha el sol, el viento, el mar, las rocas, la poesía escénica de la Costa Azul, con el propósito de pensar y tirar líneas acerca del amor, la única vibración terrestre, que evade la finitud de las cosas: La fille du puisatier (2011), la ópera prima tras las cámaras del actor Daniel Auteuil, en una adaptación homónima, de la célebre novela de Marcel Pagnol.

 

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