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Critica de cine: “Brooklyn”, vivir en un otrora de fragmentos

por 26 febrero 2016

Critica de cine: “Brooklyn”, vivir en un otrora de fragmentos
El crédito protagonizado por la actriz estadounidense Saoirse Ronan (la recordada niña de “Expiación”), disputa tres galardones para la ceremonia del Dolby Theatre: mejor película, intérprete femenino estelar y traslación desde una novela literaria, hacia un guión fílmico. Ambientada en la Irlanda y el Nueva York de la década de 1950, esta cinta aborda el tópico de la inmigración europea, posterior a la Segunda Guerra Mundial, bajo una dinámica ágil y expuesta con genio fotográfico. Dirige el director celta John Crowley.

“Brooklyn: Un amor sin fronteras” (Brooklyn, 2015), es un largometraje con posibilidades de llevarse la estatuilla a la pieza audiovisual más lograda del año pasado, simplemente porque cumple con varios requisitos cinematográficos, de categoría indispensable para la “Academy of Motion Picture Arts and Sciences”, la institución que los dirime: un libreto admirable, redactado por el escritor inglés Nick Hornby (autor del texto de la ficción homónima que inspiró la Alta fidelidad, protagonizada por John Cusack); la excelente personificación de Saoirse Ronan, en el rol de Eilis; y una temática argumental contingente para estos días: un cuasi melodrama, basado en la masiva inmigración irlandesa hacia los Estados Unidos, en los difíciles días del Viejo Continente, luego de la segunda conflagración global.

En cualquier eje de análisis, la interpretación de la joven Ronan (Nueva York, 1994) es lo primer punto a debatir dentro de las fortalezas de este título: conocida por su papel en “Expiación”  (Atonement, 2007), de Joe Wright, como la niña Briony Tallis, ocho temporadas después, realiza el giro perfecto para convertirse en actriz adulta, y situarse entre los apellidos favoritos en las apuestas, a fin de granjearse la estatuilla destinada al mejor rol femenino estelar.

Convincente, dueña de una estimable composición representativa (variedad de registros), y dúctil al instante de manifestar emociones y sentimientos, sólo el soberbio trabajo de Cate Blanchett en Carol, podrían robarle a esta atractiva colorina, la consagración a la que parece destinada en fecha tan temprana de edad, y en una fase inicial tan relevante, de su carrera profesional.

En la trama de esta obra, se empodera del personaje de Eilis, una mujer veinteañera que emigra a la Gran Manzana desde la república celta, con el objetivo de mejorar sus condiciones de vida cotidiana, expectativas laborales, y finalmente sus ilusiones de posibilidades amorosas y afectivas.

El guión se encuentra inspirado en la novela homónima de Colm Tóibín, y su texto fue adaptado a diálogos, descripciones y parlamentos, por el festejado escritor inglés Nick Hornby (1957), quien consiguió elaborar una hoja de ruta muy superior, en calidad y vuelo literario, por lo menos, que la matriz concebida con anterioridad, por su colega irlandés.

La historia que transforma en fotogramas el libreto, además de hallarse coherentemente edificada y engranada, contiene un trasfondo social de latente actualidad (es cosa de ver los debates políticos tanto en Europa como en Norteamérica, alrededor de la problemática migratoria), y también, de significados artísticos poderosos: un relato de iniciación y de aprendizaje a la vida, en donde una hermosa y fuerte mujer, descubre que las estados espirituales, buscados con ansias por ella en tierras lejanas, quizás la esperaban más cerca de lo que pensaba, si es que hubiese contado con la paciencia necesaria.

La cámara de John Crowley (1969) reproduce, con una envidiable soltura ideológica (métodos utilizados para crear un imaginario de ficción audiovisual) sus velocidades, en la intención de crear un imaginario ambicioso y de altos estándares de producción cinematográfica: exteriores en el antiguo Nueva York, viajes en barco que cruzan el Atlántico, planos y tomas en campiñas y playas irlandesas, secuencias cuyo sentido fílmico yace marcado por la lógica de un desplazamiento entre la cansada Europa y el triunfante Estado de la Unión norteamericana.

El logro de la madurez psicológica e identitaria para la protagonista, asimismo, y la hipérbole semiótica de una caminata, de un trayecto a pie (“andando”, como dicen los españoles) o sola, o en compañía de un novio; con el propósito de dar a entender que los personajes adquieren contornos reconocibles, al igual que una escenografía cinética, a través de la acción y de la especulación abstractiva y real del movimiento, del recorrer espacios de distinto orden, en una lógica destinada a crear un cosmos fílmico que especula y emociona, bajo sus propias leyes, reglas de sentido y dictámenes temporales.

Estipulada mediante los códigos estéticos del melodrama y de un cuento fílmico “moral” (qué ganas de citar al gran Eric Rohmer), “Brooklyn” para nada es una película deslumbrante, empero sí fundamentada y pensada, con la potencia de pilares artísticos y audiovisuales sólidos, planteados con eficacia: su lente tiene el hambre de los antiguos filmes de “época”; y el discurso narrativo de su montaje ratifica que, para la Academia de Hollywood, un libreto fabricado con un esmero por sobre el promedio, es mucho más apreciado al instante de inclinar la balanza, que un argumento dramático rocambolesco, y que algún otro experimento audiovisual (valioso y original en sí mismo), aunque desprovisto del ímpetu conmovedor -convertido éste en un requisito indispensable- al segundo de postularse con probabilidades de éxito, y situarse arriba de la alfombra roja del Dolby Theatre, de Los Ángeles.

La calidad literaria de la trama, asimismo, puede inclinar la balanza en favor de la pieza de Crowley, en los pronósticos para el Óscar a la mejor película: el asunto que se trae entre manos es simple y, como ya lo anotamos, su exposición en fotogramas resulta impecable y se haya expresada en el lenguaje de una cuidada y magnífica puesta en escena: hay dolor, nostalgia, melancolía, aspiraciones románticas, y especialmente, lecciones de crecimiento y de aprendizaje, que sólo el conocimiento acabado y meditado en torno a la existencia, pueden ofrecer para un artista, un realizador cinematográfico, o un simple ser humano.

Hacemos referencia, en efecto, a un filme concebido para quedarse con una estatuilla de la Academia: una contenida espectacularidad en la quietud de sus encuadres, una dirección de fotografía loable (la textura de los fotogramas asemeja a cuadros pictóricos), una actuación protagónica recordable, un guión gestado con desvelo, y un trasfondo temático, metafórico y hermenéutico, con finalidades de estimular campos profundos, y a la vez sencillísimos, de la sensibilidad.

Una fábula audiovisual, en donde la joven solitaria y talentosa, que aguarda un sinfín de caminos ilimitados, para dejar atrás la pobreza material de una Irlanda estancada, ignora, quizás, que la apertura a un futuro plagado de promesas y de satisfacciones, le acechaban ahí mismo, en ese pueblo de mentira, sacado y estipulado con anterioridad, sin duda, en el sol de un relato y pasaje escrito por James Joyce.

La cinematografía irlandesa atraviese por un momento inmejorable en esta hora presente: dos de sus jóvenes directores (ya unos proyectos consolidados) se postulan para ponerse la corona, concedida a la mejor película (que en estricto rigor reciben los productores de la cinta): Lenny Abrahamson (por “La habitación”), y John Crowley, por esta obra que reseñamos. La sensación ambiente dice que ese preciado galardón iría a depositarse en las manos de los posibilitadores de Mad Max o de El renacido, sin embargo, anticipar lo que determinará el jurado respectivo, puede ser, la mayoría de las veces, un atrevimiento erróneo.

Sin el peso y los delirios audiovisuales de esos nombres, la seguridad y la armonía estructural de su propuesta, en cambio, podrían otorgarle a Brooklyn una victoria soñada (y no tan inmerecida) para su cauteloso e inteligente grupo de creadores.

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