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OEA: "Es lo que hay"

por 27 agosto 2009

La OEA ha pasado por momentos peores y, como se señaló, la resiliencia es su fuerte. Es lo que hay... pero el flechazo salido de la ciénaga centroamericana parece haber dado en pleno corazón.

La crisis en Honduras parece haber desdibujado a la OEA y asoman en el horizonte varias interrogantes, muy útiles para la reflexión. ¿Se trata de una crisis terminal que vive el organismo?, ¿qué hará ahora el organismo para superar su momento gris y amargo?, ¿es toda la arquitectura multilateral la que está en crisis?

Las dudas que se plantean cobran fuerza al escuchar las declaraciones de su Secretario General a la BBC en orden a que la organización "no puede hacer más" en el caso hondureño, rechazando, de paso, que un disuasivo militar acompañe sus gestiones.

Puestas así las cosas, y tras el fracaso de la visita de cancilleres a Tegucigalpa en una comitiva que incluyó al propio Insulza, parece pertinente dar una mirada más concreta a las preguntas sugeridas.

Aunque suene superficial, una primera constatación la resume aquella relamida expresión "es lo que hay" y que tiene su origen en una conversación familiar de una casa real europea, cuando el heredero presenta oficialmente a su novia, una plebeya, que no es del gusto de sus progenitores, especialmente de la reina. El príncipe, visiblemente molesto con la reacción inicial, espeta de manera lacónica e imperativa: "es lo que hay". En otras palabras, el príncipe quería decirle a sus padres que los deseos no pueden superar la realidad. Apreciaciones reales que refuerzan ese antiguo aforismo que señala que las cosas son como son y no como se quiere que sean.

La OEA no escapa a esta lógica. Es lo que hay.

Este organismo, como bien señala su nombre, reúne a Estados y no a sociedades, etnias, ONGs, partidos o movimientos, como algunos pretendieron cuando se fundó en 1948, y, precisamente en esa acentuada representatividad de lo estatal, radica su resiliencia, que le ha permitido sobrevivir a las sucesivas críticas que la han acompañado desde siempre.

En efecto, a la OEA se le ha desahuciado y escrito un obituario ya varias veces. Quienes tenían en los 60, 70 y 80 a La Habana como su capital imaginaria, solían descalificarla como "ministerio de las colonias" de EE.UU. Luego, a propósito de la guerra en el Atlántico Sur, los latinoamericanistas acérrimos se apresuraron a declararla "anacrónica". En los años siguientes, innumerables personeros manifestaron insatisfacción con sus orientaciones, componentes, políticas, cultura organizacional, organigrama, etc. No por accidente se le han introducido en cuatro oportunidades Protocolos de Reformas. Pero sigue ahí, cuasi incólume, y probablemente siga por un buen tiempo, ya que los países del hemisferio que la integran no están en condiciones de crear un instrumento mejor.

Sin embargo, la crisis de Honduras pareciera ser una flecha (posiblemente envenenada), que le ha dado en pleno corazón sumiéndola en un estado de incertidumbre, que quizás la lleve a una existencia más bien inercial. Alguien podría contra-argumentar diciendo que se trata de un nuevo ciclo de críticas ya vistas. De hecho las acusaciones sobre ineficacia no son nuevas.

Pero la sola aparición del Presidente Arias como figura mediadora, independientemente de su resultado, da cuenta de que la OEA está rozando ciertos límites en su capacidad. Y si se sigue hilando en esa dirección, podría ponerse en contrapunto la noción prevalente de multilateralismo con las tozudas realidades regionales. No debe olvidarse, por ejemplo, que, a propósito del incidente armado por el islote Perejil/Leila en 2002, los cancilleres de España y Marruecos no despertaron con sus urgencias al Secretario General de la ONU, sino a Colin Powell, entonces Secretario de Estado, implorándole intervenir. A su vez, la guerra de Georgia también dejó de simples espectadores a los organismos multilaterales y se abrió paso un mecanismo ad hoc, como fue la intervención directa del Presidente Sarkozy.

En el caso hondureño se observan singularidades que van en esa dirección. Las apelaciones de tipo normativo emitidas por el organismo, las gestiones para hacer valer e imponer sus puntos de vista para, finalmente, integrarse de manera adosada a una iniciativa multilateral especial, como fue esta delegación de cancilleres, parecen corroborar tales límites en sus capacidades.

No obstante sería un error instalar estos límites en las personas que dirigen la OEA, sea en sus niveles máximos como intermedios, sea en sus roles más expuestos o en quienes procuran manejar hilos desde las bambalinas. La crisis de la OEA no va por ahí.

Un problema central pareciera ser su concepción restrictivamente estatal, que se termina subsumiendo en el poder ejecutivo de cada país, y provoca una preocupación desmesurada por el destino individual de las personas que ejercen la Presidencia en sus respectivos países. Se olvida que parte relevante de los asuntos internacionales pasa hoy por canales complementarios o bien desagregados de lo estatal. En la actualidad, los circuitos empresariales, legislativos, sociales, o sencillamente inter-urbes, son claves para un multilateralismo efectivo o para un proceso integrador real. Omitir una concepción amplia de lo estatal es una invitación al fracaso. La tan citada y admirada integración europea enseña precisamente eso.

Otro problema gravitante pasa por la incapacidad de ciertas instituciones multilaterales para entenderse a sí mismas como promotor de ideas acorde a las tendencias imperantes. Esas ideas convergen en la actualidad en la democracia, entendida en un sentido amplio, genuino y convocante. Y si nos remitimos de nuevo a la experiencia europea, veremos que las instituciones comunitarias no privilegian circunstancias individuales, sino el desarrollo institucional.

La instalación y posterior separación de Aristide del poder en Haití -manu militari y a nombre de la democracia- demostró que tal ejercicio es, en el mejor de los casos, algo accesorio cuando no derechamente anecdótico. Es muy probable que este episodio concluya cuando quienes han tenido interés en reinstalar en el poder a un aliado se vean entusiasmados con una nueva aventura regional o sencillamente consideren que el aliado ha dejado de ser útil. Nihil novum subsole.

Por lo mismo, lo efectivamente relevante es fortalecer los regímenes democráticos. Lo efectivamente productivo es promover altos estándares de calidad democrática. Lo efectivamente valioso es instigar procesos de fortalecimiento institucional en cada país; ese blanco tan esquivo en América Latina y que algunos denominan gobernanza. Lo efectivamente valorado es la generación de una atmósfera dominada por el estado de derecho. La gran lección de Honduras, entonces, es que los organismos multilaterales deben adecuarse a los tiempos y comprender que los actuales apuntan a democracias activas, que superan las cuestiones formales.

Cierto, los yerros no constituyen un certificado de defunción, ni menos en este caso. La OEA ha pasado por momentos peores y, como se señaló, la resiliencia es su fuerte. Es lo que hay... pero el flechazo salido de la ciénaga centroamericana parece haber dado en pleno corazón.

*Iván Witker es profesor de la Academia Nacional de Estudios Políticos y Estratégicos (ANEPE).

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