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Una popularidad bajo otros códigos

por 23 noviembre 2009

Es entendible, entonces, el extravío analítico de los Navia y los Melnick frente a principios a los que no les conceden valor. No se trata necesariamente de mala fe. Se trata de ceguera.

Por María de los Ángeles Fernández*

Descifrar los factores explicativos de la popularidad en ascenso de la presidenta Bachelet ha devenido en el pasatiempo favorito de los analistas de opinión. Su nota distintiva es la incredulidad frente a un fenómeno que no logran comprender del todo bajo los códigos que les son propios. Algunos, como Méndez, recurren a  tesis metafísicas, como las del "encantamiento" ciudadano. Otros, como Navia, han venido señalando que es la simpatía pero sobre todo el cariño, un factor para él ajeno a la política, lo que explicaría su base de adhesión. Más peregrina es la tesis de Gallagher, que habla de la psicología matriarcal de los chilenos. Una postura que raya los límites del descaro es la de Melnik. La incomprensión que le suscita la alta adhesión presidencial le lleva a decir que los chilenos están poco informados y son veleidosos. Poco faltó para que nos tratara de oligofrénicos.

Surge la legítima pregunta acerca de si existiría tal afán analítico si tan alto porcentaje descansara sobre los hombros de un varón. Que se sepa, los analistas brasileños no andan tomándose la cabeza a dos manos preguntándose por los motivos de la alta popularidad de su presidente. Sin embargo, tanto desvelo pudiera ser entendible ya que  todavía la fuente de poder político y de liderazgo más importante que existe en Chile es la presidencia. Además, Michelle Bachelet ha roto los ya considerados récords de adhesión de Aylwin y Lagos, de 74% y 61%, respectivamente. En su caso, es más contrastante por cuanto ella llegó a tener los más altos porcentajes de desaprobación. Es importante recordar que la aprobación presidencial ha sido analizada en su relación con el manejo económico y, en el marco institucional, se le ha asignado relevancia ya que contribuiría a la formación de coaliciones sólidas de gobierno, principalmente en países con un sistema de partidos con bajos índices de institucionalización. Asimismo, un buen nivel de aprobación resultaría significativamente positivo para la gobernabilidad democrática.

En el caso de la adhesión presidencial, es altamente probable que la ciudadanía esté satisfecha con el manejo gubernamental de la economía en tiempos de crisis, quizás más por contraste con lo que la información internacional suministra acerca de cómo se han conducido otros países que por una supuesta eficacia de la estrategia comunicacional del gobierno, siempre limitada en el paisaje informativo chileno, sesgado por los intereses conservadores. No hay que desconocer, por otro lado, el peso de los atributos personales de la Presidenta, que responden a la demanda de cercanía, honestidad, naturalidad y capacidad para unir más que dividir que los chilenos parecen anhelar.

Podría existir, sin embargo, una explicación alternativa que permite arrojar luz sobre su nivel de popularidad, asociada íntimamente a una de las marcas de factura de su gobierno: el género. No nos estamos refiriendo a sus políticas de igualdad de género. Incluso, es probable que si comparamos el récord legislativo en la materia con anteriores administraciones, la actual exhiba menos logros. Tampoco nos referimos a la paridad de género consagrada en su gabinete y que, a pesar de los cambios realizados, está terminando con 45% de presencia femenina, lo que es congruente con la paridad española, que supone una relación de no más de 60% ni menos de 40% de cualquiera de los dos sexos. Sería conveniente que el periodismo criollo tomase nota de ello, en vez de recalcar erróneamente que la paridad no sigue vigente.

Cuando hablamos del "género", aludimos más bien a ciertas dimensiones que la Presidenta ha ido colocando en la sociedad chilena y sobre lo cual ha dado pistas en sus últimas entrevistas. Estas dimensiones no tienen sólo relación con su estilo, que ella ha reivindicado como femenino y donde las comisiones presidenciales son el ejemplo más concreto, independientemente de sus dispares resultados. Nos referimos a la visibilización de valores tales como la empatía, la compasión, el cuidado, la responsabilidad por los otros y, en especial, por los más desvalidos. Las políticas públicas más ejemplificadoras de estos valores son "Chile crece contigo", dirigido a la infancia temprana y la reforma previsional, para los más mayores de nuestra sociedad.

Los valores privilegiados por Michelle Bachelet para orientar las prioridades de sus políticas públicas y que caracterizan su discurso son los asociados a la experiencia femenina y a la vida privada, que es el lugar de los afectos, del amor y del parentesco, otorgándoles rango de Estado. En una sociedad como la chilena, donde cada cierto tiempo estudios serios nos muestran el agobio y la impaciencia que las exigencias modernizadoras del modelo de mercado imprimen en la vida de los chilenos, no es extraño ni casual que apoyen agradecidamente a una autoridad que les habla en códigos distintos y con efectos balsámicos, frente a la aspereza de la competencia, el exitismo y el individualismo.

¿Qué esto significa que la Presidenta ha contribuido a reforzar la "feminización" del desempeño político femenino?, ¿qué con ello se contribuye, riesgosamente, a enfatizar la "esencialidad" femenina, la misma que ha fundamentado históricamente la exclusión de las mujeres del ámbito político? A primera vista, lo que ella parece haber hecho es, en primer lugar, no renegar de su condición de mujer ni tratar de controlar la forma cómo esto se traduce en sus formas de ver el mundo, hacer diagnósticos y orientar soluciones. Desde esta perspectiva, Michelle Bachelet ha impulsado una nueva etapa de las estrategias por la igualdad de género, no sabemos si deliberada, mediante el traslado e intento de legitimación de aquellos valores y principios asociados a la vida privada, aquella asignada por la división sexual del trabajo a las mujeres, en la esfera pública. Es éste un tránsito fundamental que se suma y es complementario a otro, iniciado ya hace tiempo y más lento de lo deseado: la incorporación creciente de las mujeres a la esfera pública la que, bien sabemos, trasunta las normas y códigos culturales de la experiencia masculina. Nos referimos a aquellos relativos a la eficiencia, la racionalidad y la lógica transaccional que los analistas le reclaman a la Presidenta.  La vida cotidiana y la forma de organizar nuestra sociedad, si queremos avanzar hacia el desarrollo y la seguridad humanos, necesita dosis adecuadas de ambos tipos de valores.

Es entendible, entonces, el extravío analítico de los Navia y los Melnick frente a principios a los que no les conceden valor. No se trata necesariamente de mala fe. Se trata de ceguera.

*María de los Angeles Fernández es Directora Ejecutiva Fundación Chile 21.

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