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Una historia de violencia

por 5 marzo 2010

Una historia de violencia
¿Qué clase de socialización estamos haciendo? La familia, la escuela, los medios, el Estado. Verdaderamente, después de la violencia de la dictadura de Pinochet no hemos sabido –y a lo mejor ni siquiera nos ha interesado- socializar para una cultura de la paz, la ciudadanía, el encuentro y la integración.

¿Cómo comprender tanta violencia, tanta abyección retratada majaderamente por la televisión en estos días post terremoto? ¿Cómo entender este pillaje transversal: vándalos saqueando, personas comunes rapiñando, ejecutivos negando responsabilidades, editores de medios cazando rating –y cómo no- políticos mostrando esa villanía de nacimiento? ¿Podemos llegar a interpretar de alguna manera esta oclusión moral que hemos presenciado?

Siempre vamos a encontrar a sujetos abyectos que dicen ser nuestros amigos que terminan cobrando su amistad, o un canalla vanidoso que destruye a los demás con mentiras, difamaciones y hasta delaciones. Sujetos individuales, inmersos en deterioros éticos de todo tipo. Uno mismo, a qué negarlo, vive en ambigüedades de todo tipo. Hasta normales podríamos decir. Incluso el moralista, quizás el más abyecto, si más aún escribe en la prensa su moralina esquizofrénica o la deletrea desde un púlpito. Pero, lo que hemos presenciado es un fenómeno colectivo, distinto y distintivo de otros análisis, más complejos y necesarios de una continua revisión por parte de las humanidades y las ciencias sociales.

¿Cómo entender este pillaje transversal: vándalos saqueando, personas comunes rapiñando, ejecutivos negando responsabilidades, editores de medios cazando rating –y cómo no- políticos mostrando esa villanía de nacimiento?

En efecto, ya es un lugar común afirmar que, por una parte, a pesar del avance de la racionalidad en nuestras sociedades este siglo recién pasado fue uno de los más violentos que hemos vivido como humanidad, y por otra, que la violencia es sin duda uno de los temas y dominios de investigación más complejos de definir. Por de pronto exige una verdadero ejercicio de transdisciplinariedad que cruce la historia, la filosofía, la psicología, la antropología, la sociología y las ciencias políticas. Una definición muy mínima tiende a enfatizar la idea de que la violencia es un acto que consiste en usar la fuerza contra una voluntad individual o grupal con el fin de causar daño. No obstante, lo que hemos visto post-terremoto supera con creces esta definición, pues las notas antropológicas se entrecruzan con las sociales. Es evidente que las condiciones de emergencia y posibilidad de los saqueos están en la fuerte desigualdad socio-económica -insoportable tal vez- pero también es evidente que la inmensa violencia de la naturaleza pudo actuar como violencia antropológicamente inaugural y fundadora de un nuevo orden antropológico. No fue así, pero por breves horas claro que sí, hasta el arribo de otra violencia fundadora y ordenadora del caos –legítima, podríamos discutir- a saber, la del Estado, el Derecho y su poder militar. La discusión es antigua. Desde Hobbes se viene imaginando la violencia como innata y preexistente a la vida en sociedad. Pero desde Rousseau es que postulamos que es la sociedad la que violenta al hombre y pervierte su bondad natural.

A no olvidarlo. Somos parte de este mundo, también. Un mundo que ve con pavor la violencia sexual en África, los genocidios en Europa Central y Oriental, la violencia política en Oriente Medio y China, que no logra enfrentar la chocante realidad de los niños-soldados, el terrorismo, el antisemitismo, la violencia juvenil, escolar, familiar, y que menos aún sabe qué hacer ante la violencia de las pantallas de televisión, el cine y los videojuegos, todos ellos, performativos. La violencia seduce. La violencia traduce los disfuncionamientos de la sociedad. Y a veces, la violencia no tiene rostro.

La pregunta para nosotros es ¿por qué la Propiedad Privada se transformó en el chivo expiatorio? ¿Por qué todos dirigieron su violencia contra la Propiedad Privada? Fue casi un rito sacrificial, pues incluso se la incendia como para ofrecer a los dioses una víctima sacrificial perfecta. Y aunque nos parezca chocante pero lo vimos: hubo algo de fiesta en ese desborde, nota antropológica típica de un rito sacrificial violento.

La otra pregunta es sin duda ¿qué clase de socialización estamos haciendo? La familia, la escuela, los medios, el Estado. Verdaderamente, después de la violencia de la dictadura de Pinochet no hemos sabido –y a lo mejor ni siquiera nos ha interesado- socializar para una cultura de la paz, la ciudadanía, el encuentro y la integración. Hemos dejado todo en manos del Mercado y su ley natural.

Después de que pase este remezón –incluyendo la farandulización del fenómeno- y comencemos a reconstruir, ojalá pensemos un momento lo mal que lo hemos hecho en la educación ético-política de nuestros niños y jóvenes y de verdad hagamos algo. Y claro, no es el momento para la guerrilla entre nuestra derecha y nuestra izquierda.

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