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No hay peor sordo

por 28 abril 2010

El haber defraudado a una gran masa ciudadana que no deseaba un mero trastoque de personas en los puestos de gobierno sino un cambio hacia algo más humano, humanista, en la voraz sociedad utilitaria que nos impuso la dictadura, nunca ha sido mencionado siquiera.

“Hemos escuchado la voz de la gente”. ¿Le suena? Permítame dudarlo si, como corolario, se reúnen con llave (cónclave) los mismos que llevan veinte años – y a veces treinta y cuarenta- en Versalles, en ese ambiente entrelazado de amistades, parentescos e intereses de todo tipo, algunos después de un asombroso vuelo sin escalas desde la Sierra Maestra a Wall Street, y donde justamente lo que menos se ha hecho es prestar atención a quien no tenga la posibilidad de armar una batahola o paralización pública. Como de todas maneras después de cada traspié se nos vuelve a decir, una y otra vez, que han escuchado, no puede menos que venir a la memoria esa frase humorística que dice: “no hay peor sordo que el que quiere oír”.

El asunto no es nuevo, desde luego, porque comenzó la noche misma del 5 de octubre de 1988, como explica Rafael Otano en su libro titulado “Crónica de la transición”:

“…más allá del alboroto se estaba produciendo un suceso invisible, pero decisivo. Las casas del No, capilarizadas por todo el país, cerraban aquella noche sus puertas para no volverlas a abrir. Aquellos lugares donde se había nutrido la esperanza democrática y la participación de los jóvenes, pobladores, profesionales, mujeres, artistas, militantes, independientes, diversas minorías, echaba el telón.

El haber defraudado a una gran masa ciudadana que no deseaba un mero trastoque de personas en los puestos de gobierno sino un cambio hacia algo más humano, humanista, en la voraz sociedad utilitaria que nos impuso la dictadura, nunca ha sido mencionado siquiera.

Se clausuraba un espacio que, con ilusión multitudinaria y anónima, se había conquistado contra la dictadura y contra el miedo. En aquella jornada de triunfo masivo, con un sencillo acto de omisión, los políticos opositores dilapidaron el instrumento de interlocución social más eficaz que ellos mismos habían diseñado. Ahí quedó decretada una transición construida por la gente, pero evitando a la gente…”

Así pues, la cosa viene de lejos. Y basta escuchar las endogámicas opiniones actuales respecto al por qué del fracaso electoral –lo único que importa- para darse cuenta de que nadie ha escuchado absolutamente nada. Porque el haber defraudado a una gran masa ciudadana que no deseaba un mero trastoque de personas en los puestos de gobierno sino un cambio hacia algo más humano, humanista, en la voraz sociedad utilitaria que nos impuso la dictadura, nunca ha sido mencionado siquiera.

Permítame contarle una anécdota. Tal vez alguien recuerde que entre 1991 y el 2005 conduje las transmisiones por televisión del Mensaje Presidencial del 21 de Mayo. Casi una tradición puesto que también fui quien hizo la primera de dichas transmisiones el 21 de Mayo de 1962, siendo presidente Jorge Alessandri, por el entonces Canal 9 de la Universidad de Chile. Pues bien, ahora, en el edificio del Congreso en Valparaíso, para hacerlo me ubicaba al fondo de la Sala de Plenarios en unos sillones junto al pasillo que permite abandonar la sala por un costado. Y, terminada la ceremonia,  por ahí salía cada año Pinochet, todavía Comandante en Jefe del Ejército, durante las presidencias de Aylwin y Frei Ruiz-Tagle. Pasaba a no más de un metro de mi puesto, rodeado de guardaespaldas que empujaban y pateaban los tobillos a quien se pusiera por delante exclamando: “¡Abran paso al presidente de Chile!”.

Pues bien, allí también solían saludarme al pasar varios personajes de la política y un año, en esos momentos de debilidad que todos tenemos, decidí hablarle sobre la importancia de una televisión pública de calidad a un personaje que habitaba en el famoso segundo piso de La Moneda durante la era Lagos. De manera que, muy consciente de que la serie de artículos que escribí para el diario “La Epoca” antes de que asumiera Aylwin, las numerosas entrevistas de prensa y con cada político designado Director Ejecutivo de Televisión Nacional nunca han servido para nada, igualmente le pedí una cita.

Debo decir que se trata de un hombre culto e inteligente que me merece todo respeto y no identificaré sólo porque el objeto de lo que aquí narro es otro, pero algunos días después en su oficina en La Moneda, tras los saludos de rigor, con sólo enunciarle que venía a tratar el tema de la televisión me interrumpió antes de que pudiera pronunciar palabra:

- ¡Ah! Sobre eso estoy muy claro. No hay nada que hacer. Lo he pensado mucho y no se puede hacer absolutamente nada.

Tenía frente a sí a uno de los fundadores de la televisión chilena, con más de treinta años de experiencia en Holanda, Inglaterra (BBC), Estados Unidos y Suiza. Pero el que habló fue él. Y en forma así de terminante. De modo que le dije un par de generalidades y me marché. Efectivamente, no hay nada que hacer. Porque no escuchan.

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