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Análisis

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Aprendiendo del enemigo

por 17 mayo 2010

Aprendiendo del enemigo
Así como los Conservadores ocultaron a sus ex parlamentarios racistas, Piñera hizo lo mismo con quienes habían sido próceres del pinochetismo, llegando incluso a prometer que habría un veto para ellos en su gobierno. No sólo reclutó jóvenes como rostros de campaña, sino que también se aseguró de que no parecieran sacados de un curso de catequesis ABC1.

Al poco andar de año 2006 y tras haber perdido por cuarta vez consecutiva contra la Concertación, varios líderes de la Alianza por Chile pusieron sus ojos en David Cameron como un modelo de renovación a seguir para la derecha. Hoy, sólo cuatro años después, tanto la Alianza como el Partido Conservador británico son gobierno.

Esto no es mera casualidad. Chile comparte con Gran Bretaña el hecho de ser dos de los primeros países del mundo donde se aplicó de manera más drástica el modelo monetarista de Friedman, a través de las reformas económicas del régimen de Augusto Pinochet y del gobierno de Margaret Thatcher, respectivamente. Desde ese entonces las fuerzas políticas de ambos países han tenido un comportamiento ideológico y electoral cuyas coincidencias no dejan de sorprender. La más notable de todas: que el éxito parece estar en la moderación, en aprender de los errores propios y asumir los aciertos del adversario.

De hecho, la Alianza y los Conservadores no sólo recuperaron el poder este año, sino que lo hicieron luego de un largo período de ausencia –trece años en el caso de los Conservadores y veinte en el de la Alianza. Además, ambos lo hicieron desbancando al New Labour y a la Concertación, fuerzas políticas que en términos brutos habían mostrado un impresionante éxito electoral. No por nada el New Labour es el partido que más tiempo ha gobernado en la historia reciente de Gran Bretaña y la Concertación es la coalición que más tiempo estuvo en el poder en toda la historia de Chile -cumplió 20 años al completar su mandato Bachelet-, ganando cuatro elecciones en un contexto competitivo de democracia.

Las fuerzas políticas de ambos países han tenido un comportamiento ideológico y electoral cuyas coincidencias no dejan de sorprender. La más notable de todas: que el éxito parece estar en la moderación, en aprender de los errores propios y asumir los aciertos del adversario.

Este éxito estuvo sustentado en advertir que lo importante era instalarse al centro del espectro político, desplazando sus respectivas oposiciones a lugares donde fueron percibidos como “más a la derecha” del centro de lo que ellos estaban a la izquierda. A pesar de que, tanto la Concertación como el New Labour, se configuraron desde la oposición al régimen de Augusto Pinochet y al gobierno de Margaret Thatcher, una vez que recuperaron el gobierno, no revirtieron las reformas de sus predecesores, sino que, por el contrario, se enmarcaron dentro de los modelos creados por ellos. En otras palabras, son dos izquierdas que se inclinan al centro gracias a su acercamiento y valoración del mercado.

La izquierda se reconcilia con el mercado

Luego de tres victorias consecutivas de Thatcher (1979, 1983 y 1987), el Partido Conservador comenzó a dar muestras de fatiga. Gran Bretaña parecía estar al borde de una crisis, en parte fustigada por la recesión económica de 1989, el alza desempleo y el cada vez mayor descontento social. Además, en 1992 el gobierno del sucesor de Thatcher, John Major, cometió un grave error de política monetaria que devaluó la libra y provocó una nueva recesión. La reputación de buen manejo económico de los conservadores se vio gravemente afectada y el electorado volvió sus ojos a la oposición, al Partido Laborista. Y cuando lo hizo, este último parecía tener otro rostro: había aprendido de sus errores.

El partido, que ahora se llamaba “New” Labour, anunció el término de su compromiso con los altos impuestos y la nacionalización de la industria. La bandera roja –su símbolo de siempre- fue reemplazado por una rosa parecida a la de la selección nacional de rugby. Los miembros que componían sus filas ya no vestían los atuendos de la clase trabajadora o intelectual marxista, sino que usaban trajes italianos y destacaban la importancia de la economía. A la cabeza del partido estaban Tony Blair, quien no se cansaba de repetir cómo había que gobernar con el mercado y no contra él. Proponía reformas que mejoraran los servicios públicos como la educación y la salud, pero dejando claro que ninguno de ellos sería viable si ellos impedían el crecimiento de la economía.

Así, en 1997 obtiene una avasalladora mayoría – el 66% de los asientos del parlamento- y Blair comienza a darle una nueva dirección al país. Al poco tiempo introduce el sueldo mínimo, determina un menor número de alumnos por sala en los colegios, e invierte como nunca antes en el sistema de salud pública -todo eso a la par con una bonanza económica que generó un millón de nuevos trabajos. Teóricos como Anthony Giddens (la “tercera vía”) empezaron a hablar de una posibilidad concreta de articular competitividad con bienestar social.

En el 2005, Blair fue re-electo por tercera vez consecutiva a pesar de la guerra de Irak y las mentiras sobre las armas de destrucción masiva, transformándose en el Primer Ministro británico que más tiempo había estado en el poder. Guardando las diferencias, en Chile ocurrió algo parecido con la Concertación. Cuando Pinochet llegó a La Moneda, el general estampó su bota en la cara de la historia económica chilena, liberalizando el mercado de la noche a la mañana, abriendo el país a la competencia internacional, privatizando compañías y servicios estatales, y reduciendo dramáticamente el gasto público (de hecho, el general fue el modelo a seguir para Margaret Thatcher –esa es la fuente de la amistad de ambos).

Pero a pesar del trauma y los problemas sociales que el modelo económico del régimen pudo haber producido, los líderes de la Concertación advirtieron que aquella fórmula iba en la dirección correcta para generar riqueza. Por eso cuando consiguieron el gobierno, sus líderes pulieron los bordes más afilados del modelo. Como resultado, el país disfrutó dos décadas de crecimiento económico, estabilidad social y consolidación de las libertades ciudadanas. Más importante que todo esto, es que tanto Blair como los líderes de la Concertación lograron que sus respectivos países se reconciliaran consigo mismos. Bajo el mandato de Blair, Gran Bretaña se ha llegado a sentir confortable con la revolución Thatcherista. Y los gobiernos de la Concertación, lograron que Chile se sienta a gusto con el modelo heredado de las reformas económicas del gobierno militar.

Lo interesante es que esta moderación hacia el centro fue justamente la estrategia política que usaron las derechas de Chile y de Gran Bretaña para recuperar el poder tras su largo período de ausencia.

Una derecha más socialdemócrata

Cuando los conservadores perdieron nuevamente en la elección de 2005, en casi todos los medios apareció un parlamentario reflexionando sobre los errores que se cometieron y la necesidad de reforma. Había que mirar hacia adelante y de una vez por todas conectar con la gente. Michael Howard renunció y el partido se decidió por el más joven de todos los candidatos: David Cameron.

Al poco tiempo de asumir el liderazgo del Partido Conservador, Cameron dio muestras de que buscaba hacer lo mismo que Blair pero desde la derecha. Quería traer a los conservadores hacia el centro. Y para eso, inició un proceso de re-estructuración, cambio de imagen, y revisión de los “valores” conservadores. De hecho, los dos adjetivos que comenzó a usar el partido para definirse fueron “moderno” y “compasivo”, un claro distanciamiento a la “tradición” y “competencia” que usaba para identificarse con los intereses de los industriales y la clase dirigente.

En su primer discurso, Cameron priorizó cosas como el desarrollo humano por sobre el producto interno bruto, las reglas del Acuerdo de Kyoto por sobre la productividad industrial, la estabilidad económica por sobre los bajos impuestos. Oliver Letwin, el encargado de delinear las políticas económicas de Cameron, dijo que ahora la prioridad era “redistribuir la riqueza” y así “aminorar la brecha entre ricos y pobres”. Tanto fue el giro que algunos conservadores thatcheristas como Robin Harris acusaron a Cameron de traicionar al partido.

Sin embargo, el río ya había sido cruzado. Nicholas Boles, uno de los más fieles al nuevo candidato, destacó que justamente la crítica de un ortodoxo como Harris era la mejor prueba de que el partido estaba yendo en la dirección correcta. “El self-made-man que hizo su fortuna especulando con acciones no quiere a un candidato conservador que le hable con acento de lord, el millonario descendiente de Pakistaní siente aversión a las bromas racistas, y hoy un pequeño empresario puede ser tanto un agente de viajes gay como un mecánico de Essex”, escribió Boles. Según él, la extendida desgracia del partido conservador es producto de su apego a actitudes sociales que se volvieron obsoletas ante las presiones del liberalismo de los 60 y la meritocracia de los 80.

Algo similar ocurrió en Chile. Aunque al comienzo la Alianza no hizo mea culpa en su conjunto y algunos prefirieron culpar de su derrota a la intervención electoral del gobierno de Ricardo Lagos, a medida que se fue consolidando la campaña de Piñera, éste fue haciendo cada vez más claro un ethos y discurso propios de una derecha moderada.

Piñera articuló su campaña desde una premisa pragmática y sensata: reconocía y valoraba la obra de la Concertación pero también que se había fatigado. Reconocía que había articulado una transformación exitosa del país, pero que ahora se necesitaba energía nueva y, para ello, había que contar con una fuerza política renovada capaz de llevarla a cabo. Además, asumió las banderas de lucha ideológicas de la centro izquierda –como la protección social, el respeto a las minorías, la ampliación de las libertades ciudadanas y la preocupación por el medioambiente–  como directrices de su programa de Gobierno.

En términos de imagen, así como los Conservadores ocultaron a sus ex parlamentarios racistas, Piñera hizo lo mismo con quienes habían sido próceres del pinochetismo, llegando incluso a prometer que habría un veto para ellos en su gobierno. No sólo reclutó jóvenes como rostros de campaña, sino que también se aseguró de que no parecieran sacados de un curso de catequesis ABC1. En términos de lineamientos ideológicos, lo que implicaba su slogan de cambio no era el retorno al liberalismo económico de los Chicago Boys o al conservadurismo católico, sino la administración más eficiente del modelo económico, social y cultural que heredaba de la Concertación.

Así, en la última elección el electorado se encontró, por un lado, con una coalición de centro izquierda desgastada y por otro, con una de centro derecha que parecía renovada. Ideológicamente no había mucha diferencia entre ambas. Y eligió a Piñera.

Desde una perspectiva histórica, lo que ha sucedido en Chile y Gran Bretaña en los últimos treinta años es la consolidación social de grandes consensos políticos que han empujado, desde un lado y del otro, hacia el centro. Hoy son muy pocos quienes creen que la solución a los problemas pasa por un libre mercado puro o por la intervención absoluta del Estado.

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