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Piñera y su política vecinal

por 2 junio 2010

Piñera y su política vecinal
Habría sido tremendamente irresponsable haber roto con nuestra tradición de promover el diálogo y entendimiento regional, en un escenario que está marcado por una gran diversidad ideológica y conflictividades recurrentes, pero donde además, el nuevo gobierno tiene vulnerabilidades no menores.

Contrariamente a lo esperado por ciertos analistas conservadores del exterior, o algunos sectores de la derecha más dura en nuestro país, la política exterior seguida por el nuevo gobierno encabezado por Sebastián Piñera, ha tenido hasta ahora una orientación que enfatiza más la continuidad, el pragmatismo, y la coexistencia en la conducción de nuestras relaciones con América Latina.

Cabe recordar por ejemplo, las expectativas de alguno de estos sectores, de que Piñera ya en el gobierno, recrease una suerte de nuevo “eje de contención” para enfrentar a los llamados populismos-revolucionarios de la región, lo que habría reeditado la política de “fronteras ideológicas” que tanto daño hizo a América Latina durante la Guerra Fría. Bueno, nada de esto ha sucedido hasta ahora, y los indicios durante estos primeros meses apuntan, por el contrario, a una política que privilegia la búsqueda de intereses comunes y la “coexistencia dentro de la diversidad” en nuestras relaciones con el vecindario, lo que representa una línea de continuidad básica con las políticas que instalaron el Presidente Lagos y la Presidenta Bachelet, frente al complejo escenario que ha existido en la región en la última década.

Cualquiera sea la motivación, la senda seguida hasta ahora ha sido positiva, porque refleja una visión de Estado, y porque resguarda los intereses de Chile en un escenario que ha sido, y seguirá siendo complejo.

Aún más, en una clara ruptura con el tradicional discurso anti-latinoamericano de la derecha (como no recordar por ejemplo, el artículo del entonces editor económico de “El Mercurio”, Joaquín Lavín: “Adiós América Latina”), hoy el nuevo gobierno ha puesto a la región en el centro de sus prioridades de política exterior, y el propio Piñera a identificado por ejemplo a Brasil, y al Presidente Lula, como uno de los referentes claves en el accionar internacional que tendrá su gobierno. Y no sólo esto, en importantes decisiones el Presidente decidió alinear a Chile con la posición de la mayoría de países de la región: Por ejemplo, el apoyo al ex Presidente Kichner para la Secretaría General de UNASUR, el no reconocimiento al gobierno de Honduras ( a pesar del llamado de los partidos de derecha de Chile y la región) mientras no se cumplan las exigencias mínimas acordadas en la propuesta del ex Presidente Arias de Costa Rica, o la renovación del mandato de las fuerzas chilenas en Haití (algo que los sectores más conservadores en Chile no ven con mucho agrado).

Asimismo, en un diálogo reciente en Buenos Aires con el mandatario venezolano, Piñera reconoció las diferencias doctrinarias entre ambos gobiernos, para luego concluir “vivan las diferencias”, en señal de la disposición a una convivencia civilizada entre ambos. En una entrevista a “La Nación” de Buenos Aires por otra parte, el Presidente Correa de Ecuador señaló estar gratamente sorprendido por la vocación “latinoamericanista” del Presidente Piñera, y agregó que aunque varios gobiernos tenían ciertas aprensiones iniciales respecto a la orientación internacional del nuevo gobierno chileno, estás se habían disipado después de diversas reuniones sostenidas en el último tiempo. ¿Qué puede concluirse de una política que en su instalación se aleja de las definiciones más doctrinarias de lo que ha sido el discurso tradicional de la derecha chilena?

¿Será convicción, conveniencia, o sentido de Estado lo que define esta nueva aproximación hacia la vecindad? Probablemente hay más de estas dos últimas, pero lo cierto es que habría sido tremendamente irresponsable haber roto con nuestra tradición de promover el diálogo y entendimiento regional, en un escenario que está marcado  por una gran diversidad ideológica y conflictividades recurrentes, pero donde además, el nuevo gobierno tiene vulnerabilidades no menores, considerando las reivindicaciones o temas pendientes con nuestros tres vecinos, y en un continente donde predominan además, los gobiernos de centro-izquierda, o populistas de izquierda. Al final (y sobre todo) en política exterior importa lo que se hace, más que lo que se dice.

Y más allá de alguna retórica ocasional  (ante audiencias selectas), cualquier tentación de “refundar” o “realinear” a la política exterior, quedó sepultada tanto por los éxitos de lo obrado por la Concertación (cosa que Piñera ha reconocido públicamente), como por los imperativos que hoy impone la realidad regional. Cualquiera sea la motivación, la senda seguida hasta ahora ha sido positiva, porque refleja una visión de Estado, y porque resguarda los intereses de Chile en un escenario que ha sido, y seguirá siendo complejo.

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