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La misma Concertación pero sin poder

por 1 febrero 2011

El triunfo de la derecha no nos mató, pero nos convirtió en una coalición zombie. Lo que es aún peor, porque los zombies no saben si están muertos o vivos.

Quienes pensaron que con un tímido ejercicio eleccionario la Concertación estaría lista para renacer como oposición, estaban equivocados. Como si no se hubiese puesto atención a los resultados de enero de 2010, tres de los cuatro partidos del conglomerado eligieron como presidentes a estandartes de la clásica tradición concertacionista, mientras que el cuarto apostó por la figura emergente de una mujer, pero entregó el poder efectivo al antiguo dueño de la máquina partidista. Así las cosas, esta Concertación no tiene capacidad para disputar y ganar el poder en 2013.

Durante los primeros meses fuera del poder, con algo de asombro y complacencia, en la oposición se repetían frases como: “la verdad es que la Concertación no lo está haciendo tan mal”; “nuestros parlamentarios están más ordenados ahora que en el gobierno”; “parece que la Concertación no se quebró”. Todas opiniones ciertas y alentadoras en su momento, sin embargo, a 10 meses de dejar La Moneda, es posible aterrizar en una línea el elevado optimismo de todas las anteriores: El triunfo de la derecha no nos mató, pero nos convirtió en una coalición zombie. Lo que es aún peor, porque los zombies no saben si están muertos o vivos.

La autocomplacencia inicial ha sido su peor enemigo, pues no le ha permitido sopesar su debilidad. Es por esto que se debe tener cuidado de quienes se palmotean los hombros diciendo que con el candidato que llevamos igual estuvimos a tres puntos,  y que si la Concertación mantiene la cabeza fuera del agua, para el 2013 con Bachelet volvemos al gobierno. Esto no es más que un intento por transformar lo estructural en coyuntura.

¿Debe la Concertación desaparecer para que la centroizquierda vuelva a disputar el poder? No. Al menos no necesariamente. ¿Puede entonces la Concertación volver al poder el 2013? Sí. Aunque no esta Concertación. Cabe entonces la última pregunta de esta reflexión. ¿Podrá sobrevivir la Concertación a su propia metamorfosis? Eso es difícil de asegurar. Lo que sí es más fácil determinar, es que si no lo intenta, la agonía será lenta, pero agonía al fin.

Pretender reinventar el bloque suena como esas frases apócrifas de campaña que ni el mismo candidato se cree capaz de cumplir. Sin embargo, es urgente emprender este desafío, asumiendo las pérdidas que haya que asumir.

La Concertación necesita ser otra sin dejar de ser ella misma, es decir: el electorado de Chile necesita saber que se trata de la misma convergencia política que luchó por la democracia y que condujo al país por veinte años de progreso, pero al mismo tiempo, necesita ver una Concertación que sufrió el golpe, hizo la perdida y que está dispuesta a cambiar para volver a ser una alternativa de gobierno con identidad y proyecto.

En un ejercicio simple, este artículo busca dar cuenta de cómo la Concertación de Partidos por la Democracia puede dar inicio a este proceso.

El triunfo de la derecha no nos mató, pero nos convirtió en una coalición zombie. Lo que es aún peor, porque los zombies no saben si están muertos o vivos.

Junto con una sustantiva renovación de sus cuadros dirigenciales, la Concertación debe sincerar, replantear y construir nuevas posturas en torno a los temas relevantes para el país. El objetivo es generar cuatro efectos: 1) entregar a la ciudadanía un mensaje político nuevo y sugerente que evidencie un quiebre con las posturas tradicionales del conglomerado y que ya no están en sintonía con su electorado;  2) desarrollar plataformas de políticas públicas que marquen el paso en la agenda política y legislativa; 3) asimilar a una nueva generación política con un legado de continuidad pero que, antes que todo, tenga una a una nueva impronta y relato político; 4) encantar al universo electoral que entrará al ruedo con la inscripción automática y voto voluntario. Estos cuatro importantes efectos pueden ser desencadenados a partir del quiebre en un tema relevante y de sintonía mediática. Tomemos, como ejemplo para este ejercicio, el tema de la educación.

La retórica concertacionista ha fluctuado entre el voluntarismo por un lado y la disociación entre la política y la realidad por el otro. Ello ha derivando en políticas poco efectivas, haciendo muy difícil la labor de transmitir un mensaje consistente a los hogares chilenos.

La democracia se estrenó en 1990 con una matrícula municipal que superaba el 60%; en 2010 esta cifra llega al 37% -mientras que el segmento particular pagado se ha mantenido invariable en el 7%-. Es decir, el enorme crecimiento de la matricula particular subvencionada se ha hecho en desmedro de la municipal.

El ex presidente Lagos, con gran orgullo y justa razón, resumía los logros de Chile a partir de una cifra demoledora: en el año 2005 el 70% de la matrícula de educación superior estaba compuesta por estudiantes que representaban la primera generación de universitarios en sus familia. Sin embargo, lo que ni Lagos ni nadie de la Concertación anunciaban, es que la proliferación de universidades privadas hizo posible este salto.

Podemos llevar esta misma disociación al plano electoral. En 20 años la educación escolar publica pasó de un 60% a un 37%, al tiempo que el porcentaje de las casas de estudio “estatales” disminuyó drásticamente (en 1990 la matricula del las Universidades del Consejo de Rectores llegaban a 112.193 contra 19.509 de las privadas. En 2005 la relación era de 253.022 contra 215.561). Como consecuencia, la Concertación ha sembrado en las familias chilenas el sueño de la educación privada -lo reflejan las encuestas-, pero en cambio, ha sido incapaz de liderar la demanda que ella misma creó.  ¿Cómo se explica entonces la férrea defensa de la educación pública en desmedro de la privada? ¿Y cómo reciben ese mensaje las familias que han emigrado de la educación municipal a la particular subvencionada?

Cabe reiterar que no es la intención de este artículo polemizar respecto de la disyuntiva entre educación pública, privada o mixta, sino que argumentar respecto de la necesidad de que la Concertación construya un nuevo discurso, coherente y alineado con las necesidades de un electorado que ella misma transformó.

La respuesta a estas preguntas contiene dos factores. El primero se refiere a una legítima pero discordante añoranza ideológica. El segundo, al equívoco electoral de que un mensaje pro educación pública sumado a una defensa de sus grupos de interés (Colegio de Profesores que por lo demás ha demostrado una abierta disposición a negociar con la derecha), iba a poner más votos en la vereda de la centro izquierda que en la del frente.

Respecto del primero, la evidente disociación entre lo creado y lo comunicado en veinte años obliga a sincerar ciertas posturas: un bastión ideológico se convierte en retórica cuando lo realizado va en la dirección contraria a los argumentos que profesa. En cuanto al equívoco electoral, el 48.3% no sólo fue un claro llamado a replantear sus posturas en los temas fundamentales de la nación, sino que además mostró que aquellos grupos que se pensaron representaban votos fieles a la Concertación, o no fueron fieles o no son tantos, lo que para el resultado electoral es lo mismo.

A propósito de la reforma educacional presentada por Lavín, la Concertación en su conjunto ha demostrado nuevamente una disociación entre retórica y acción, falta de cohesión entre sus filas, así como una incapacidad de liderar la discusión, limitándose a responder a la iniciativa gubernamental. De repetirse actuaciones similares en torno otros temas de interés nacional, la Concertación continuará su camino al despeñadero.

Qué duda cabe –como diría un histórico líder-, que la Concertación sigue siendo una marca donde la gente reconoce historia, democracia, valores y éxitos. Intangibles de enorme valor que no podrían ser traspasado a ninguna otra aventura política -para pesar de varios-. Sin embargo, el gran desafío radica en si es que éste nuevo mapa electoral reconocerá en ella más un factor de cambio que de continuidad, de futuro que de pasado.

Esta es la verdadera renovación de la Concertación y no si cuenta con rostros con diez años mas o diez años menos en el carné de identidad, con nombres punto cero o una nueva gráfica. Se trata de construir nuevas posiciones en torno a seguridad ciudadana, reformas laborales, energía, medio ambiente, emprendimiento y desarrollo humano, y aglutinar en torno a ellas a quienes honestamente estén dispuestos a respaldarlas.

En 1997 nadie pensó que el de Blair no fuese Laborismo, pero al mismo tiempo, nadie tuvo duda de que se trataba de algo completamente nuevo y distinto. De la misma forma, la Concertación necesita generar desde sus entrañas un cambio real, concreto y de similares magnitudes. Es de esperar eso sí, no tener que pasar por los largos años de Thatcher para lograrlo.

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