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Latinoamérica, narcotráfico y la legalización de las drogas

por 12 marzo 2011

Portugal ha dado el ejemplo. Por medio de políticas pragmáticas descriminalizaron las drogas ilícitas imponiendo fuertes sanciones sobre la distribución y el tráfico. El resultado: el uso de drogas entre estudiantes, las muertes relacionadas y el número de presos por ofensas relacionadas con drogas han disminuido, mientras la cantidad de drogas incautadas por las autoridades han aumentado.

Mientras en Latinoamérica sigamos enfrascados en el romanticismo, la adicción a la historia y la reverencia a las ideologías, no podremos avanzar con pragmatismo hacia el futuro. En estos meses un gran número de actores sociales y políticos están predicando, con melancolía de tango y tremenda miopía, que esta será la década de la región.

Pero se equivocan. Antes de seguir soñando tenemos que superar grandes obstáculos como son la escandalosa desigualdad que hoy tiene a más de un tercio de nuestra población en la pobreza; los caudillos y líderes que se perpetúan en el poder y subestiman la participación de los ciudadanos; el crimen organizado y el narcotráfico. Urge que nos enfoquemos en este último.

El reciente asesinato de 52 personas en menos de 72 horas en Ciudad Juárez, encarna uno de los tantos gritos desesperados con los que Latinoamérica pide el fin de esta incoherente guerra contra las drogas. Solo en México más de 12 mil personas murieron a raíz de los conflictos asociados con la droga durante el 2010. Pero este es solo un caso en una región que se asemeja cada día más al juego de la silla musical. Donde carteles mexicanos, células de güerillas colombianas, mafias centroamericanas y redes de producción y venta se mueven casi libremente de un país a otro arrancando de la represión en busca de nuevos paraísos para operar y extender sus tentáculos.

Portugal ha dado el ejemplo. Por medio de políticas pragmáticas descriminalizaron las drogas ilícitas imponiendo fuertes sanciones sobre la distribución y el tráfico. El resultado: el uso de drogas entre estudiantes, las muertes relacionadas y el número de presos por ofensas relacionadas con drogas han disminuido, mientras la cantidad de drogas incautadas por las autoridades han aumentado.

Lo mismo ocurre con las cambiantes rutas de tráfico, que mutan entre silenciosos movimientos para sacar toneladas de droga desde los puertos chilenos hasta el uso de cientos de canales fluviales que distribuyen materias primas y drogas por el amazonas antes de salir rumbo al norte. Dejando a su pasar cientos de muertes y violencia producto de un negocio que genera billones de dólares anualmente y que ha logrado penetrar los más importantes círculos de poder político y económico. Esta es una eficiente empresa casi imposible de destruir y un cáncer que nadie quiere diagnosticar.

Para erradicar este mal no hay una sola receta. Pero es necesario partir por reconocer que las estrategias implementadas hasta ahora, basadas en la represión y el prohibicionismo, sólo han logrado aumentar el poder de los narcos, la violencia, cobrado miles de vida y encarcelado a millones injustamente. Todo con un costo que se dispara sobre trillones de dólares.

Por esto es momento de iniciar un debate serio hacia la legalización de ciertas drogas. La ilegalidad es la responsable de que los carteles se hayan empoderado y que la violencia se transformara en un mecanismo para competir. Debemos partir por legalizar el consumo de marihuana para luego avanzar en conversaciones sobre la cocaína y otras drogas. Cada una de estas y otras drogas se merece un debate independiente, pero siempre teniendo en cuenta la realidad de nuestras sociedades y no las utopías  y tabúes sobre los que se construyen. Un ciudadano educado puede y debe tener el derecho de consumir con libertad, sin ser oprimido ni temer por su seguridad.

Portugal ha dado el ejemplo. Por medio de políticas pragmáticas descriminalizaron las drogas ilícitas imponiendo fuertes sanciones sobre la distribución y el tráfico. El resultado: el uso de drogas entre estudiantes, las muertes relacionadas y el número de presos por ofensas relacionadas con drogas han disminuido, mientras la cantidad de drogas incautadas por las autoridades han aumentado. Mientras en Portugal el tema se discute y la ciudadanía se educa, en Latinoamérica lo tratamos de erradicar a balazos y cubrir con silencios. Afortunadamente países como Argentina y Uruguay nos han demostrado que articular un debate a la vanguardia y mucho más avanzado es posible.

Al mismo tiempo es necesario reducir drásticamente los niveles de encarcelamiento y suavizar las penas. La cárcel es para los delincuentes, no los ciudadanos que consumen y portan. En ciudades como México DF el 75% de quienes van tras las rejas con cargos relacionados a drogas son detenidos por posesión de pequeñas cantidades. En Argentina, Brasil y Ecuador políticas similares tienen las cárceles hacinadas.

Sin ir más lejos, en Chile casi cualquiera puede ser acusado de ser un microtraficante, detenido y procesado. Esto dado que la figura de microtráfico es una mera interpretación que queda en manos de un agente policial o un juez. Los arrestos por porte y consumo, disfrazados bajo esta figura, son un mecanismo opresivo que vulnera diariamente los derechos civiles de miles de personas y arresta a millares de chilenos al año. Muchos de ellos sólo porque se quieren fumar un pito. Chile requiere urgente una nueva política de drogas basada en la ciencia, la salud y los derechos humanos y no basada en la represión y el cinismo.

No podemos dejar que el errado enfoque que le hemos dado a las drogas prive a Latinoamérica de la prosperidad. Este no es sólo un debate que debe ser ciudadano, sino que también encabezado por los líderes del futuro. Pretender que el problema no existe y cobijarse tras las armas y la mano dura, es sin duda el error más grande que cometemos. El momento de cambiar el rumbo es ahora, antes que muchas de nuestras ciudades se empiecen a parecer a Ciudad Juárez.

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