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La desafección en nuestra democracia limitada

por 21 marzo 2011

Si para el liberalismo la política era consustancial a su desarrollo, para el neoliberalismo, como ideología, la política y la ciudadanía representa un elemento secundario dado que todo está entregado a las leyes del mercado y el actor privilegiado es el consumidor.

La Encuesta del Barómetro Latinoamericano realizada en todos los países de América, entrega datos preocupantes sobre el estado de la política y de los partidos, incluso más grave en Chile que en otros países del continente. Si bien hay un alto grado de adhesión a la democracia como sistema político (76,1%), este dato baja significativamente cuando se habla de los grados de satisfacción con la democracia a poco mas de la mitad de los encuestados (53,9%), a un tercio cuando se refiere a la satisfacción con los partidos (37,6%) , a un cuarto cuando se pregunta por el interés de los ciudadanos hacia la política y por jugar roles en ella (24,8%) y a poco mas de un décimo cuando se pregunta por la simpatía hacia los partidos políticos (11,6%).

Es obligatorio el debate con la ciudadanía sobre la calidad de la política y el represtigio de las instituciones sobre todo cuando, como lo muestra esta encuesta y otras, se observa una drástica desafección de la ciudadanía hacia lo político, sus instituciones y en particular hacia los partidos políticos que aparecen muy mal evaluados por los chilenos. Esto es preocupante porque los partidos políticos continúan siendo esenciales para el funcionamiento del sistema democrático y si por estos solo se sienten representan poco mas de un 11% de la población eso revela un grave problema de fondo del funcionamiento de nuestra democracia.

Es cierto que esta es una tendencia global y que las causas son múltiples. En Chile, como en otros países del mundo, se observa una creciente desideologización y personalización del voto. Electores  que “vitrinean”, que votan más por las ofertas puntuales de los candidatos y por como ellas responden a sus aspiraciones personales o por la empatía y carisma del candidato, relativizando la importancia de su pertenencia a un determinado sector político o ideológico.

Si para el liberalismo la política era consustancial a su desarrollo, para el neoliberalismo, como ideología, la política y la ciudadanía representa un elemento secundario dado que todo está entregado a las leyes del mercado y el actor privilegiado es el consumidor.

El ejemplo de Francia es claro. Los mismos electores que votaron con entusiasmo por Sarkosy, hace muy pocos años, hoy se mueven, y sin mirar las fronteras ideológicas, hacia la extrema derecha de Marine Le Pen o hacia la candidatura socialista y, en este caso, solo si el candidato es Dominique Strauss – Khan que derrotaría con amplitud, de acuerdo a las encuestas, sea a Sarkosy que a  Le Pen. No ocurre lo mismo con Royal u otro candidato socialista.

Por tanto, mundialmente el escenario de la política se ha modificado, hay franjas de la población que ya no vota atraído por grandes valores, identidades y utopías y se genera una alta volatilidad en el voto y en los comportamientos políticos. Esto, probablemente porque los propios partidos se han encargado de diluir esas fronteras y los proyectos de largo plazo o no existen o han sido reemplazados por un paquete de consignas y promesas electorales ambivalentes, más o menos bien comunicadas.

Los partidos, en muchos casos, habiendo renunciado a conferir idealidad a los proyectos políticos y refugiándose en los liderazgos personales y en la comunicación, no están en condiciones de pedir fidelidad y coherencia a electores que se mueven con los mismos criterios posmodernos que ellos han utilizado para disminuir la densidad ideal de sus políticas.

La encuesta del Barómetro Latinoamericano revela que la democracia es considerada en Chile por la gran mayoría de los ciudadanos como el mejor sistema de gobierno. Sin embargo, a la vez, se expresa una enorme  insatisfacción con la democracia tal como ella existe en nuestro país. La ciudadanía se considera fuera de las decisiones y siente que no tiene canales para hacer valer su voz. La democracia se presenta ante ellos como una “democracia de los políticos”, con partidos autoreferentes, cerrados, preocupados mas de la defensa de sus propias cuotas de poder que de escuchar a los ciudadanos y de trabajar por resolver sus problemas.

La democracia es vista como elitista, sin participación de la ciudadanía ya que esta no tiene canales efectivos para hacer pesar su opinión. En un país como el nuestro, con un sistema electoral que no garantiza un estricto respeto a la voluntad de los electores, real competencia, pluralismo e integración, donde están excluidos por desinterés cuatro millones de chilenos no inscritos e impedidos de votar los chilenos que viven en el exterior, donde no existen los plebiscitos vinculantes que entreguen a los ciudadanos la capacidad de decisión sobre los grandes temas ( nuclear y política energética en general, derechos reproductivos, sistema electoral y reformas políticas, laborales, entre otros) la ciudadanía siente que se gobierna y legisla al margen de sus aspiraciones y que sus derechos ciudadanos se reducen a votar cada cuatro años para elegir al gobierno y a sus representantes.

Es evidente, que para la ciudadanía del siglo XXI, informada por los medios televisivos satelitales a nivel global y crecientemente conectada en red, ello es insuficiente. Es una ciudadanía mas exigente a la cual el sistema político no ofrece respuestas y ello aleja a las personas de la política y de los partidos, creando un malestar subterráneo que hoy se expresa esencialmente a través de la desafección, del desinterés y del apoyo a liderazgos personales mas que a los partidos, bloques y a grandes ideas y proyectos. Cursa en Chile, como en otros lugares del mundo, el fenómeno creciente de la personalización de la política.

Para muchos, en la sociedad actual, la política no está en el centro de sus vidas. Ello es parte de la esencia del modelo. Si para el liberalismo la política era consustancial a su desarrollo, para el neoliberalismo, como ideología, la política y la ciudadanía representa un elemento secundario dado que todo está entregado a las leyes del mercado y el actor privilegiado es el consumidor, la sociedad de los consumidores por sobre la sociedad de los ciudadanos y sus derechos. Por ello, los ciudadanos llegan a no creer que la política resuelva sus problemas reales, que entregue protección frente al predominio de un mercado totalizante y de su lógica que cierra espacios, atomiza y homogeniza.

A la ideología neoliberal, que no es pura economía, le interesa una sociedad debilitada, menos sindicatos, partidos más débiles, instituciones desprestigiadas sin capacidad fiscalizadora, sociedad civil disgregada, pensamiento acrítico e intelectuales adormecidos, medios de comunicación monopolizados,  que no presenten obstáculo alguno para su predominio absoluto y para el libre desarrollo de sus intereses. Hegemonía que es, por tanto, ideológica y donde la política es un obstáculo si ella no sirve a consolidar el modelo.

A ello debe reaccionar la política en medio de un retraso  filosófico, estructural, frente a la velocidad de la revolución tecnológica que impone su propia lógica. Pero para que los ciudadanos vuelvan a confiar en que lo político es una esfera digna y que lo público es importante en sus vidas, se requiere de una profunda reforma de la política y de sus instrumentos. Se requiere a cada paso demostrar la superioridad de una democracia que no puede solo limitarse, como diría Bobbio, a contar las cabezas, y que debe impregnar la sociedad de una cultura participativa, horizontal en las decisiones, abierta en lo valórico, transparente, con autoridades que dicen la verdad, que no instrumentalizan a los ciudadanos, con sociedades civiles sensibles y movilizadas mas allá del metro cuadrado.

El desafío es enorme, porque los enemigos de una democracia viva y transformadora son muchos y poderosos. Es este desafío el que deben asumir los partidos si quieren salir del 11% de aceptación ciudadana, y sobrevivir en un siglo que impone estándares más altos y más exigentes en los procedimientos y en las formas de actuar. Para ello, para volver a encantar y crear afectos y comunidades que sobrepasen el individualismo, deben proponer proyectos de sociedad claros, diferenciados, capaces de interpretar y dar respuestas a las aspiraciones de esta nueva ciudadanía y deben actuar bajo la norma que la soberanía reside exclusivamente en el pueblo y no en ellos mismos.

El espacio de las redes  sociales y las nuevas formas de intercomunicar a nivel global, son ciertamente, como se demuestra en estos días en la revuelta árabe, una gran oportunidad para refundar una sociedad civil activa, democrática, que no acepta el dominio de un mercado avasallador ni decisiones políticas que hipotequen la vida de las personas y el futuro del planeta.

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