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Tolerancia Cero

por 23 marzo 2011

Como se trata de una víctima, la parcialidad del médico o su ímpetu pueden ser comprensibles; pero cuando la opinión pública hace gala de la misma falta de objetividad, cuando los sacerdotes pasan a ser por definición unos abusadores; cuando un panelista es tildado de gangster porque llama a su invitado a la responsabilidad, cuando hacer cualquier matiz implica estar del lado oscuro de la fuerza… entonces la cosa es seria y preocupa.

Nadie duda del carácter de víctimas de los querellantes en el caso Karadima: ni la justicia, ni la opinión pública, ni la Iglesia; y por eso fue el mismo Vaticano el que emitió un fallo contundente en este caso, análogo al de cualquier tribunal civil. Nadie duda tampoco de que el proceder del Cardenal fue inaceptable: ni católicos, ni ateos ni el mismísimo Errázuriz; y por eso se disculpó por no haber creído el testimonio de las víctimas.

En eso todos estamos de acuerdo, pero el caso está lejos de estar cerrado porque quedan todavía cuestiones importantes que resolver.

La primera de ellas es si el Cardenal fue negligente ante las acusaciones o derechamente, un encubridor de los hechos. A mí me cuesta creer esto último, pero hay derecho a investigarlo; y aunque se tratara sólo de una omisión de deberes, no deja por eso de ser grave dado el tenor de las acusaciones. Lo paradójico es que quien le niega el beneficio de la duda llamándolo de antemano “criminal” es justamente uno que se queja de no haber sido considerado fiable al momento de dar su versión de los hechos.

Como se trata de una víctima, la parcialidad del médico o su ímpetu pueden ser comprensibles; pero cuando la opinión pública hace gala de la misma falta de objetividad, cuando los sacerdotes pasan a ser por definición unos abusadores; cuando un panelista es tildado de gangster porque llama a su invitado a la responsabilidad, cuando hacer cualquier matiz implica estar del lado oscuro de la fuerza… entonces la cosa es seria y preocupa.

La segunda cuestión abierta, y la más preocupante, tiene que ver con la posibilidad de que Karadima no sea sólo Karadima. Se trata de una hipótesis fundada, pero como hay contenida en ella una grave acusación, las normas de prudencia al momento de expresarla tienen que ser extremas. Esta fue la precaución que Hamilton no tuvo en el programa Tolerancia Cero, y junto con decir que no tenía pruebas concretas, afirmó que en la Iglesia había muchos obispos homosexuales y abusadores. No se trata de amordazar a nadie ni de cultivar el secretismo, sino simplemente de no acusar directamente sobre la base de especulaciones; razonables, si se quiere, pero especulaciones. Fue eso, justamente, lo que Eichholz le advirtió a Hamilton durante el programa, después de que éste hubiera lanzado ya sus acusaciones.

Como se trata de una víctima, la parcialidad del médico o su ímpetu pueden ser comprensibles; pero cuando la opinión pública hace gala de la misma falta de objetividad, cuando los sacerdotes pasan a ser por definición unos abusadores; cuando un panelista es tildado de gangster porque llama a su invitado a la responsabilidad, cuando hacer cualquier matiz implica estar del lado oscuro de la fuerza… entonces la cosa es seria y preocupa porque excede el ámbito del caso concreto.

Y lo excede porque revela deficiencias serias en materia de debate y demuestra la forma que tiene la opinión pública de enfrentar los temas: o se está a favor de la víctima, o del victimario; o se es inmaculado, o perverso; o es blanco, o negro. El debate se resuelve entonces en dilemas extremos y lo que podría dar origen a una reflexión seria se transforma en una capotera hacia el que es capaz de hacer algún matiz, cosa que es lo mínimo que se le puede pedir al que oficia de analista.

No sé si sea por fanatismo o tontera, por falta de objetividad o abierta odiosidad, pero yo diría que, por lo menos, por tolerancia cero.

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