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Violencia escolar, SIMCE y pobreza

por Luis Flores González, Facultad de Educación PUC. 25 abril 2011

El Ministro de Educación ha señalado que estamos ante el primer análisis de violencia escolar a nivel nacional. La verdad es que no. Estamos ante el tercero. Y no podemos decir, ni en Chile ni en el resto del mundo que sea simple de vincular –incluso estadísticamente- la violencia escolar con el rendimiento escolar (SIMCE) ni menos con el nivel socioeconómico escolar (pobreza) como lo ha señalado el Ministro.

Afirmó, según las cifras, que la escuela más violenta en Chile es la escuela pública, municipal, de bajo SIMCE y que atiende a los más pobres.

Es una estigmatización más contra las escuelas municipales y públicas que no podemos sino atender y reflexionar, pero en su contrario. ¿Cuántas escuelas en Chile hay que NO trabajan para el SIMCE y que efectivamente tienen problemas de violencia escolar? ¿Cuántas escuelas hay en Chile que sus profesores trabajan día a día para “formar” a miles de estudiantes antes que “adiestrarlos” para el SIMCE o la PSU?

Una cosa no significa la otra.

Además, muy mal asesorado, el Ministro ha dicho que “es la primera vez que tenemos un análisis de la situación del Bullying a nivel nacional y exacto, colegio por colegio y con la seriedad que da un cuestionario entregado a más de 200 mil alumnos”. Nadie puede tener una información “exacta” sobre un fenómeno tan complejo e inexacto como este. ¿Es lo mismo la “violencia escolar”, que la violencia “EN” la escuela, que la violencia “DE” la escuela o que la violencia “CONTRA” la escuela? Para nada.

A no olvidarlo, este sistema escolar que tenemos, que por muchas justificaciones que demos (por la masificación, que por el crecimiento, que por los profesores, etc.) es uno muy desigual, injusto socialmente hablando y muy desintegrado. La semana pasada, gracias a la OCDE, por fin se oficializó la idea de que Chile tiene el sistema escolar más “desintegrado” del planeta OCDE: los ricos están con los ricos y los muy pobres con los muy pobres. Así ¿cuándo? Es la principal causa del fracaso que muestra el SIMCE respecto a nuestra desigualdad.

No obstante, es muy importante decirlo, hay profesores -cientos- que creen en los niños más pobres y vulnerables. Se esfuerzan día a día por construir ciudadanía, comprensión política, paz y crecimiento escolar con ellos.

Por esta razón, ante tan importante debate, nos permitimos como equipo de investigación en Violencia Escolar –llevamos más de 10 años investigando el fenómeno- aportar con una breve reflexión que consideramos urgente.

Durante la IV Conferencia Mundial sobre Violencia Escolar y Políticas Públicas realizada el 2008 en Lisboa y la V desarrollada hace muy poco en Mendoza, nos quedó claro –revisando muchas de las intervenciones- que para avanzar contra la violencia en las escuelas debemos evitar al menos dos vicios metodológicos que se repiten en muchos programas de intervención en el mundo: la creencia muy arraigada en los "expertos" que considera a la  violencia escolar como un fenómeno estructural entre individuos (víctima-agresor); y la creencia de que existe una causalidad lineal que explicaría etiológicamente el fenómeno (TV, videojuegos, familia disfuncional, etc.). Claramente estos dos vicios fundamentan una visión sobretodo criminológica que no ayuda en nada a intervenir pedagógicamente en las comunidades escolares. Urge cambiar ese paradigma.

Las investigaciones recientes muestran que debemos avanzar desde la acción comunitaria para generar un clima y un espacio escolar donde los conflictos no deriven naturalmente en violencia y se gestionen, en cambio, en un ethos de respeto mutuo, solidaridad, reconocimiento y compañerismo (verGottfredson, ya desde 2001.)

La comunidad escolar debe preguntarse entonces ¿son los estudiantes el verdadero objeto de nuestra atención profesional? (o sólo el rendimiento escolar para el SIMCE y la PSU); ¿creen los estudiantes que en la escuela hay justicia y equidad en sus procedimientos y acciones disciplinarias?; ante los desafíos pedagógicos ¿se sienten competentes y capaces?; la escuela ¿pone desafíos fáciles de cumplir o no pone simplemente desafíos?; ¿se sienten, los estudiantes, orgullosos de ser parte de sus colegios?.

Nosotros, los adultos, no debemos perder el horizonte respecto a que el fin de la educación es primariamente ético y político. Sólo un par de datos: le preguntamos a más 2500 estudiantes (el años 2007 y el año 2010 respectivamente) de diversos liceos si su palabra valía y era tomada en cuenta en el colegio y sólo un 8.6% respondió afirmativamente; además,  sólo el 30% cree que su colegio se preocupa  de que aprendan conocimientos pertinentes y valores ciudadanos. Es decir, estamos lejos, muy lejos.

Estas reflexiones son pertinentes a la hora de analizar, o siquiera hacer anuncios, sobre el fenómeno de la violencia escolar en nuestro país. No vaya a ser que de nuevo estigmaticemos a las escuelas públicas y busquemos otra causa más de su decadencia que nada o muy poco tiene que ver con las verdaderas razones de su crisis.

Luis Flores González
Dr. Filosofía Lovaina
Facultad de Educación PUC

Teresa Matus
Dra. Sociología Sao Paulo
Facultad de Ciencias Sociales PUC

Mario Sandoval
Dr. Sociología Lovaina
Facultad de Sociología UCSH

Daniel Tello
Dr. Ciencias de la EducaciónBielefeld
Facultad Educación Universidad del Bío-Bío

Jaime Retamal Salazar
Académico Facultad de Humanidades USACH

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