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A veinticinco años de Chernóbil

por 26 abril 2011

Hace veinticinco años, el 26 de abril de 1986, ocurrió la catástrofe nuclear de Chernóbil. La gente se enteró días después de lo ocurrido por los periódicos y la televisión, pero la información no pasaba de generalidades. Las autoridades soviéticas fueron exitosas en su intento por evitar que se divulgaran los detalles de lo ocurrido: aun hoy, los informes oficiales dicen que sólo hubo 64 muertes atribuidas a la radiación, mientras que la World Health Organization señala 4.000 y la revista rusa Chernobyl llega a sugerir 900.000. Semejante divergencia es la consecuencia normal de una sistemática campaña para tapar la verdad. Enterarnos de lo que realmente sucedió resulta de suma urgencia porque permitiría que entendamos mejor catástrofes como la reciente de Fukushima en el Japón, y que incluso se eviten algunos errores que puedan llevar a nuevos accidentes nucleares.

Santiago Camacho, periodista conocido por sus trabajos de divulgación de temas a medio camino entre la realidad y la leyenda (conspiraciones, sociedades secretas), acaba de publicar Chernóbil: 25 años después (Debate). El libro es un buen punto de partida para los que quieran enterarse de lo que se sabe hoy sobre Chernóbil. Camacho habla del antes (la historia de la radiación), el durante (lo que pasó ese fatídico 26 de abril) y el después (un viaje a Chernóbil y sus alrededores hoy).

Lo mejor del libro de Camacho es la reconstrucción del accidente. La central nuclear Vladimir Ilich Lenin era la más poderosa del planeta y se hallaba a sólo tres kilómetros de Prípiat, una ciudad de casi 50.000 habitantes en Ucrania construida apenas una década antes del accidente para albergar a los trabajadores nucleares. Ese 26 de abril, pasada la medianoche, había problemas en el reactor número 4 de la central, y en solucionarlos se afanaban tres hombres en la sala de control: Anatoli Diatlov, jefe adjunto de ingeniería de la central; Alexandr Akimov, supervisor del turno de noche; y Leonid Toptunov, de apenas 23 años y ya responsable del funcionamiento adecuado del reactor.

Esa noche iba a haber una prueba de seguridad que simularía un corte en el suministro de electricidad; no se debía haber bajado de loa 700 megavatios, pero la primera caída fue hasta los 512. De acuerdo a Camacho, Diatlov se saltó los protocolos de seguridad y quiso que se siguiera bajando hasta los 200. El problema era que ni Diatlov ni nadie conocían verdaderamente todos los detalles del reactor 4, construido con un apresuramiento que hizo que se saltaran varios importantes detalles de seguridad (el sistema de sensores, por ejemplo, no captaba todo lo que ocurría en el interior del reactor). Así, cuando Diatlov ordenó que se iniciara la prueba y se cortara la electricidad, no sabía que la temperatura había aumentado en el núcleo, con lo que la presión fue subiendo y buscó escaparse por todas partes, llevando a la explosión de las cubiertas del reactor: "la tapa del reactor, de 1.200 toneladas de peso, salió proyectada hacia el cielo" y en la atmósfera se liberó "energía atómica en diversas formas, quinientas veces superior a la liberada por las explosiones de Hiroshima o Nagasaki".

La cadena de las equivocaciones continuó. Los bomberos que llegaron poco después no fueron informados de que se trataba de una explosión nuclear; sin equipamiento adecuado, esa misma noche murieron dos, y más de veinte en los meses siguientes. Al día siguiente, los militares descubrieron que en Prípiat la radiación era 600.000 superior a la normal, pero aun así no se ordenó la evacuación de la ciudad hasta 30 horas después de la explosión. Sólo tres días después, Moscú admitiría públicamente el desastre de Chernóbil. Luego llegaron los "liquidadores": 700.000 hombres "pobremente equipados" que no sabían mucho del peligro de la radiación. Enviados a recoger los escombros de la explosión, fueron héroes suicidas a pesar de sí mismos: se calcula que murieron unos 9.000 sólo en los primeros días (el Kremlin todavía no lo ha admitido).

Ocho semanas después del accidente, se decidió aislar al rector con un sarcófago de acero y cemento. Se evacuaron 500 pueblos y aldeas. Hoy hay en Chernóbil un monumento a los "liquidadores", y en el museo pueden verse restos de animales con malformaciones genéticas. 6.000 personas trabajan en el área, pero sólo por un tiempo, hasta que llegan al límite de radiación al que pueden exponerse. Invisible y fatal, la catástrofe nuclear sigue ocurriendo.

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