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La izquierda que vos matasteis, goza de buena salud

por 8 junio, 2011

Lo anterior debiera ser leído con cuidado y tomado como lección para una cierta izquierda chauvinista y auto-referente. Esa izquierda que no solo tiende al testimonialismo como norma de conducta sino que a demás gusta de hurguetear en las militancias pasadas de las personas. Es decir, aquella izquierda que carece de generosidad y a la que le sobra chauvinismo partidario y auto referencia, por lo cual opta conscientemente por perder, pudiendo ganar.
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Más allá de cualquier intento por matizar o relativizar, la reciente victoria de Ollanta Humala representa un claro triunfo  para la izquierda peruana, aglutinada en torno al proyecto político que encarna la alianza Gana Perú.

La fuerza que ha logrado imponerse por estrecho margen y contra  el  viento y marea representada por la suma de todos los poderes fácticos e intereses creados en mantener el statu quo,  constituye la expresión de una izquierda diversa y plural. Hoy  completamente  alejada de toda tentación voluntarista y fuertemente anclada en convicciones democráticas.

Como toda izquierda que se respete, la peruana proviene de distintas  vertientes ideológicas, algunas más tradicionales y otras más renovadas. Toda ella, sin embargo, se reconoce  como tributaria del pensamiento de José Carlos Mariátegui, el más alto y brillante exponente de la intelectualidad política peruana domiciliada en la izquierda.

Lo anterior debiera ser leído con cuidado y tomado como lección para una cierta izquierda  chauvinista y auto-referente. Esa izquierda que no solo tiende  al testimonialismo  como norma de conducta  sino que a demás gusta de hurguetear en las militancias pasadas de las personas. Es decir, aquella izquierda que carece de generosidad y a la que  le sobra  chauvinismo partidario y auto referencia, por lo cual opta conscientemente por perder, pudiendo  ganar.

La izquierda peruana, luego de una larga y penosa travesía por el desierto,  tras   décadas de división y dispersión, de sucesivos intentos fallidos por reconstituirse como fuerza política decisiva y casi siempre colocada al borde de la irrelevancia política y del descrédito,  ha logrado al fin encontrar su camino al Palacio Pizarro. Y con este triunfo, enfrenta una oportunidad única para hacer posible su unidad de propósitos  y su recomposición en torno a un proyecto unitario de carácter nacional con vocación latinoamericanista.

Hay que convenir, no obstante, que la izquierda peruana llega al gobierno con un abanderado que no es propiamente un hombre de sus filas. Humala es, sin duda alguna  un individuo de convicciones progresistas, pero es en esencia un político  de vocación nacionalista y populista. Aunque con una  voluntad transformadora derivada  de su reivindicación  de lo popular, a partir de lo cual intenta configurar un proyecto político que promueve la justicia social,  la equidad económica y el respeto por las  diferencias propias de un Estado diversamente constituido desde el punto de vista étnico y cultural.

Es decir, la izquierda peruana ha conquistado el gobierno de la mano de un líder que funda su discurso y su proyecto político en aquello que la intelectualidad progresista peruana denomina “la peruanidad”, definida  como rasgo distintivo de  una cierta entidad de sello étnico, histórico, social y cultural propio y característico.

Como se ha señalado, la circunstancia política peruana más actual, aquella  que terminó enfrentando a Keiko Fujimori y Ollanta Humala en una segunda vuelta de vértigo se funda en el agotamiento, por la vía del descrédito, de la  impotencia  y el posterior estallido en pedazos del sistema político peruano de partidos.

Un sistema de partidos e incluso un sistema político que tuvo al APRA como eje dominante y casi sin contrapesos en el panorama político peruano por muchos años.  Un APRA que  hoy yace caído y en la bancarrota  política y orgánica total e irrecuperable,  no sin antes devenir desde el partido  social demócrata de masas que un día fue,  en una entidad hoy representativa de la centro derecha. Todo lo anterior,  por obra y gracia de Alan García y sus adláteres.

El que la izquierda peruana optara por jugarse por la opción de  alguien que no hace parte de su ADN más íntimo, no representa sin embargo   una situación única ni excepcional  en la política latinoamericana. Casos semejantes están representados  por el presidente Rafael Correa en Ecuador, y por  el presidente Mauricio Funes en El Salvador, respectivamente, los cuales encabezan  sendas  coaliciones de izquierda triunfantes, pero sin que los respectivos líderes hayan  formado parte  de las principales entidades  políticas coaligadas que los llevaron al gobierno.

Lo anterior debiera ser leído con cuidado y tomado como lección para una cierta izquierda  chauvinista y auto-referente. Esa izquierda que no solo tiende  al testimonialismo  como norma de conducta  sino que a demás gusta de hurguetear en las militancias pasadas de las personas. Es decir, aquella izquierda que carece de generosidad y a la que  le sobra  chauvinismo partidario y auto referencia, por lo cual opta conscientemente por perder, pudiendo ganar.

El triunfo de Humala representa  simultáneamente otro  avance significativo para la izquierda latinoamericana en su conjunto. Hay que enfatizar  que la izquierda latinoamericana, en sentido amplio, hoy gobierna por si misma o formando  coaliciones como fuerza decisiva  en Argentina, Uruguay, Paraguay, Bolivia, Ecuador, Brasil, Venezuela, El Salvador, Nicaragua y  Cuba.

Como consecuencia, en América del Sur  la derecha solamente gobierna hoy en Colombia y Chile, y es indudable que este factor tiene su peso al momento de la conformación de las alianzas regionales y en la definición del contenido y la dirección política de las mismas.

El ex presidente Lula Da Silva lo acaba de decir. La izquierda  crece porque ha entendido que su fortaleza reside en su unidad, y porque viene demostrando que es capaz de gobernar  mejor que la derecha a la que viene derrotando democráticamente una y otra vez. La izquierda crece, ha dicho  Lula, porque es capaz de ganar sin cambiar de bando, ni dejar ser fiel  a sí misma en lo más esencial e irrenunciable.

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