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La incompetencia del libre mercado

por 6 julio, 2011

El libre mercado, el capitalismo o como se le quiera llamar, es un sistema creado para resolver cuestiones bien concretas. Por eso, si lleva dentro de sí el germen de su propia destrucción es porque muchas veces se transforma en un estilo de vida, en un modelo político e incluso en un código moral. Pero no es justo achacarle al capitalismo los costos de algo que excede el ámbito de su competencia.
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Hace unas semanas leí el comentario de un lector de mi blog que me pareció particularmente interesante (link a columna de la Polar). Tenía dos grandes aciertos; el primero es que reconocía lo evidente: “¡Excelente columna!”. El segundo es que hacía hincapié en un buen punto: “La profecía de Schumpeter -me decía- se está cumpliendo, y el capitalismo se destruye a sí mismo. La gente ya no cree en el mercado ni en las instituciones, que funcionen no es suficiente”.

El lector en cuestión hacía referencia en su comentario a una frase de Schumpeter que me pareció interesante: “el capitalismo lleva dentro de sí el germen de su propia destrucción”. Interesante porque plantea un dilema, el mejor sistema económico conocido, promovería algo que finalmente atentaría contra lo mismo que pretende impulsar: la economía.

Lo que el lector quería decirme era que los límites entre el afán de lucro y la codicia eran tan difíciles de distinguir, que cuando una cosa ha devenido en la otra, es fácil traspasar las barreras de la ley, de la moral ¡e incluso de la razón! El caso de La Polar es un buen ejemplo (de lo que digo).

El libre mercado, el capitalismo o como se le quiera llamar, es un sistema creado para resolver cuestiones bien concretas. Por eso, si lleva dentro de sí el germen de su propia destrucción es porque muchas veces se transforma en un estilo de vida, en un modelo político e incluso en un código moral. Pero no es justo achacarle al capitalismo los costos de algo que excede el ámbito de su competencia.

El dilema no parece tener solución, no al menos desde la economía porque la distinción entre un deseo legítimo y un vicio es, ante todo, una cuestión moral.

No faltan los ingenuos que creen encontrar el remedio a este tipo de problemas en llevar la cadena de regulaciones al infinito. No sé por qué piensan que, habiendo fallado todos los mecanismos de fiscalización, se puede esperar con gran optimismo que no lo haga el último que se agrega en la línea.

Están también los libremercadistas recargados, esos que no entienden que la ley de la oferta y la demanda requiere -por su propio bien- de la existencia de reglas del juego claras y definidas que permitan el fair play. Resistirse a ellas no parece ser una defensa del modelo sino un desconocimiento del mismo. Cuando en una competencia hay uno que va ganando, no es raro que le interese dar el juego por terminado; por eso justamente es que el capitalismo contempla la necesidad de que existan sistemas para defenderse de la competencia desleal, del engaño, de la especulación o la colusión.

Por último, están las conclusiones que sacan los tontos: esos que proclaman a propósito de cualquier accidente el fracaso del modelo, mientras anuncian con caras y voces nuevas la llegada de uno añejo y agónico cuya implementación fracasó desde Cuba hasta Corea del Norte (fracaso tan evidente que pedir estudios para corroborarlo es risible).

Y es que el libre mercado, el capitalismo o como se le quiera llamar, es un sistema creado para resolver cuestiones bien concretas. Por eso, si lleva dentro de sí el germen de su propia destrucción es porque muchas veces se transforma en un estilo de vida, en un modelo político e incluso en un código moral. Pero no es justo achacarle al capitalismo los costos de algo que excede el ámbito de su competencia.

La pregunta por la vida buena o por lo que es justo, se vuelve entonces ineludible. Y la respuesta del liberal, absolutamente insuficiente. La idea de que “es bueno lo que me parece bueno, siempre y cuando no afecte al vecino”, es una idea falaz. Falaz porque a poco andar se vuelve imprescindible buscar criterios comunes que hagan posible la vida en común, y con el concepto de libertad no se alcanza a darle contenido. Falaz también porque es una especie de extensión del libre mercado al plano social y político, una especie de moral basada en la idea de la oferta y la demanda.

El germen de destrucción no está por eso dentro del modelo. Está en el hombre, y en cristiano se llama pecado original. ¿La solución? También está fuera del modelo.

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