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El referéndum: la alternativa al modelo de la Constitución de Jaime Guzmán

por 17 julio, 2011

A estas alturas podemos concluir que el modelo “participativo” de Guzmán fracasó, no sólo porque el plebiscito comunal se ha utilizado una sola vez en la comuna de Vitacura, sino también por el hecho evidente de que la ciudadanía no se ha despolitizado.
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Es evidente como el referéndum en los últimos años ha cobrado una notoriedad inusitada en el mundo occidental. En Europa, sólo en el último mes se consultó la continuidad del sistema electoral en Gran Bretaña y en Italia la privatización del agua, la producción de energía nuclear en territorio nacional, entre otras materias. Si sumamos a esto los referendos que se vienen sucediendo desde la década del setenta en el marco de la integración europea, encontramos 36 referendos que suponen la participación de más 500 millones de personas. En este mismo sentido, los 21 Estados de la Unión han adaptado sus cartas fundamentales para que sus ciudadanos decidan directamente materias que comprometen a más de una generación, como es el caso de la entrega de competencias a esta plataforma supranacional.

En nuestro continente la situación no ha sido tan distinta. Estados Unidos, por ejemplo, registra a la fecha más de 2 mil consultas directas en los estados que reconocen este mecanismo. En Latinoamérica, sólo dos países no establecen esta institución en sus constituciones: México (sólo lo reconoce a nivel de las entidades federativas en 23 estados) y República Dominicana. Mientras, otros 5 casos como Chile, su inserción constitucional es sólo decorativa y nunca han sido utilizados. Con todo, desde la década de los 80 se vienen desarrollado importantes reformas en varios países como Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, Costa Rica, Ecuador, Guatemala, Panamá, Perú, Uruguay y Venezuela.

A estas alturas podemos concluir que el modelo “participativo” de Guzmán fracasó, no sólo porque el plebiscito comunal se ha utilizado una sola vez en la comuna de Vitacura, sino también por el hecho evidente de que la ciudadanía no se ha despolitizado.

La característica común de estos mecanismos es que surgen a partir del modelo de democracia liberal. Esto se concreta en la reproducción del modelo “kelseniano” en la constitución austriaca de 1920, que se traduce en el reconocimiento de mecanismos de democracia directa y participativa que se encuentran subordinados a los órganos constitucionales. Las consultas se insertan dentro del proceso formativo de la ley (en sede parlamentaria) y su iniciativa supone la participación de varios órganos constitucionales (para que no sea manipulada por ejemplo, por los jefes de Estado frente a un parlamento adverso).

Claramente, Chile no ha estado dentro de esta tendencia occidental que asigna un rol importante a la participación de la ciudadanía en el proceso deliberativo. Yo diría que la intensión de Jaime Guzmán fue justamente la contraria, es decir, inhibir la participación del ciudadano en política. Esto se expresa en la carta del 80 a través de numerosas fórmulas que buscaban despolitizar al país, orientando la acción de las organizaciones de la sociedad civil hacia sus fines específicos y que se los aparta de la acción de la política coyuntural. Se privilegia dentro de este diseño la participación en los temas cotidianos que afectan al ciudadano como es el ámbito local (a través del plebiscito comunal).

Pues bien, a estas alturas podemos concluir que el modelo “participativo” de Guzmán fracasó, no sólo porque el plebiscito comunal se ha utilizado una sola vez en la comuna de Vitacura, sino también por el hecho evidente de que la ciudadanía no se ha despolitizado. Más aún, las movilizaciones de este año nos demuestran una tendencia diferente: las prácticas políticas en Chile han ido mutando en nuevas expresiones cada vez más desconectadas de los partidos políticos, y porque no decirlo, de toda forma institucional.

Mientras, los procesos electorales manifiestan un sostenido decaimiento. En Chile se fortalecen expresiones ciudadanas informales de protesta mediática, como las movilizaciones secundarias del 2006, o las más recientes vinculadas a temas medioambientales, minorías sexuales y estudiantiles. Esta última tendencia participativa, muy de moda en Europa, es descrita por Pierre Rosanvallon como un fenómeno complejo que deslegitima transversalmente a las autoridades públicas que fortalecen la desconfianza y que resulta muy difícil de oriental institucionalmente (Rosanvallon, Pierre: La Contrademocracia, la política en la era de la desconfianza, Ediciones Manantial, Buenos Aires, 2007, págs. 181y sig).

Se hace imprescindible que la derecha asuma el fracaso del modelo constitucional y que se establezcan nuevos mecanismos capaces de dotar a los partidos políticos y organizaciones sociales de fórmulas que permitan canalizar el actual descontento. Pienso que hoy en día los mecanismos de democracia directa y participativa son herramientas que desde la perspectiva comparada llevan varias décadas de buen funcionamiento. Sólo un ejemplo, en Argentina en medio de la crisis económica generada en el 2001 durante el gobierno de De la Rúa, y que llevó a los ciudadanos a tomarse las calles y sedes de numerosos servicios públicos, se presentaron dos iniciativas legislativas populares que lograron orientar las expectativas en el debate parlamentario. El proyecto de “derogación de las jubilaciones de privilegio” y el conocido como “El Hambre más Urgente”. Ambas iniciativas lograron comprometer a más de un millón de firmas y fueron rápidamente aprobadas.

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