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Se equivoca Carlos Peña con Piñera

por 2 agosto, 2011

Se equivoca Carlos Peña con Piñera
Así las cosas, en medio del actual proceso de globalización universal de los mercados, la democracia, la libertad de emprendimiento e información, clasificar ideas como de “derecha” o “izquierda” resulta tan confuso como haberlo hecho de “monarquistas” o “burguesas” durante la Guerra Fría.
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Hay gran diferencia entre nihilismo y pragmatismo. Se reputa nihilista a quien sostiene que la vida carece de significado objetivo, propósito o valor intrínseco, pues frecuentemente quien asume tal conducta hace negación de todo lo que predique finalidad superior, objetiva o determinista de las cosas, dado que éstas no tendrían una explicación verificable.

El pragmatismo, en cambio, apunta a una epistemología en la que son las consecuencias de nuestros actos el modo de caracterizar la verdad o significado de las cosas. Se opone, por lo tanto, a la visión formalista y racionalista según la cual los conceptos humanos -sostenidos en el lenguaje, que teniendo base neurobiológica es creación histórico-cultural- y su gestión intelectual, representan el significado de las cosas “en sí”. A mayor abundamiento, el pragmatismo estima que sólo en el debate entre seres dotados de inteligencia y dados los diversos ambientes que rodean a cada cual, es el lugar donde las teorías y datos adquieren significado, rechazando, en consecuencia, verdades absolutas, propias de ontologías totalizantes y constructos ideológicos axiomáticos que dan por verdaderas algunas ideas base que no se pueden confirmar ni desmentir, pero que habitualmente responden a profundos y muchas veces inconscientes intereses y voluntades de personas y grupos cuyo propósito es imponer una especial forma de ver el mundo.

Operacionalizar, pues, las tareas políticas siguiendo coordenadas de “derecha” e “izquierda” no nos lleva a nuevas soluciones. Más bien nos deja atascados en un pasado agrario y pre-industrial, de organizaciones políticas, sociales y culturales ad hoc, que con esos mismos cánones de lenguaje y comportamiento se han alejado de una ciudadanía que, mostrando su desacuerdo, las desintermedia cada vez más y prefiere actuar directamente por sus intereses.

La calificación del Presidente Piñera como nihilista formulada por Carlos Peña es errónea. Se sustenta en una cierta “mezquindad” –que no ausencia- de ideas “de derecha” del Gobierno en el tema educacional, no obstante que el propio autor enumera varias y reconoce que han sido utilizadas hasta por gobernantes de “izquierda”, afirmando, sin pruebas, que el Mandatario no las compartiría. Más equívoca aún es cuando relaciona su supuesto nihilismo con la ineludible prioridad que Piñera otorga al tema de los recursos para satisfacer las demandas en la materia. El articulista indica, sin juicio probatorio, que tal operación la efectúa “sin discernir si las ideas son o no correctas” y añade que “en vez de discutir, saca cuentas”. De allí que, según Peña, “el Gobierno y los intelectuales de derecha han renunciado a defender sus ideas y, de esa forma, han transformado el espacio público en un ámbito de puras demandas, en un lugar de negociación de intereses, donde las razones brillan por su ausencia”.

Es bien sabido que tras el alzamiento de Cromwell en Inglaterra y la revolución francesa, tradicionalmente se definieron los conceptos de “izquierda” y “derecha” según las ubicaciones que tenían en los parlamentos quienes estaban a favor o en contra de las ideas del monarca. Así de simple. Posteriormente, con el advenimiento del capitalismo industrial, estos conceptos se mantuvieron, aunque derivaron según se defendieran intereses de los nuevos sectores dominantes burgueses o los de la clase obrera o trabajadora explotada por los primeros. Tales definiciones coparon el lenguaje político de los siglos XIX y XX y se han extendido –aunque con cada vez más compleja operacionalidad- hasta hoy.

Pero los avances en ciencias de nuevos materiales, la neurociencia, genética, nanotecnología,  ingeniería espacial, física cuántica, propiciaron la irrupción de nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones (TIC), que impulsaron a fines del siglo XX e inicios del XXI uno de los períodos de crecimiento económico más acelerado de la historia de la humanidad. Más allá de la actual crisis financiera, este conocimiento y acceso amplio a la información están suscitando un cambio en las relaciones sociales de enorme magnitud, cuyas consecuencias estamos viviendo no sólo en Chile, sino en todo el orbe. Para muestras baste citar las recientes revoluciones en Medio Oriente en contra de dinastías reales y de gobiernos totalitarios, los “indignados” hispanos, griegos o italianos en contra de los abusos del sistema financiero mundial y las pragmáticas declaraciones del Premier chino, Deng Xiaoping, quien dijo que no importaba mucho el nombre del modelo económico que estaba aplicando el gigante socialista asiático, sino que, como los gatos, lo que importaba no era su color, sino que cazara ratones.

Así las cosas, en medio del actual proceso de globalización universal de los mercados, la democracia, la libertad de emprendimiento e información, clasificar ideas como de “derecha” o “izquierda” resulta tan confuso como haberlo hecho de “monarquistas” o “burguesas” durante la Guerra Fría. Se afirma que se pueden encasillar posiciones en economía según sea la adhesión de los actores a una mayor o menor presencia del Estado o los particulares en ella., Pero, en los hechos, no hay sociedad humana actual que no se esté moviendo en un equilibrio inestable entre ambos ejes y tanto gobiernos socialistas, socialdemócratas o socialcristianos, como liberales, conservadores, neoliberales y nacionalistas, se ven obligados a conducir los asuntos de la polis bajo idénticas presiones del mercado, es decir, de las demandas que surgen de millones de personas que concurren diariamente a la satisfacción de sus necesidades materiales y espirituales en todo el orbe, sin importar el color del gato.

No sirve pues, para la "negociación de intereses", ni "da brillo a las razones" impetradas por Peña, calificar al Mandatario como nihilista, sólo porque muestre disposición a conversar ideas ciudadanas circulantes en los diversos campos del quehacer político, social y cultural, sean estas de “izquierda” o “derecha”, a la espera de escuchar alguna mejor, creativa y nueva, que sea consistente con la sociedad de libertades que estamos construyendo y que vendría siendo la finalidad superior que guía al “nihilista” Piñera.  Tal predisposición política no significa ninguna negación de fin superior, sino solo un sano pragmatismo, una hermenéutica de la facticidad, una fenomenología que humildemente reconoce las limitaciones del pensamiento humano, pero que es perfectamente asimilable a una sociedad que rompe con las viejas tradiciones industriales, verticales, jerárquicas y aristocráticas y comienza a transitar por una a “modus hodiernus” (a la manera de hoy), en que una ciudadanía más libre, se empodera, crece, se informa, conoce, exige e impulsa mayor participación, ampliando sus redes y conexión al mundo.

Operacionalizar, pues, las tareas políticas siguiendo coordenadas de “derecha” e “izquierda” no nos lleva a nuevas soluciones. Más bien nos deja atascados en un pasado agrario y pre-industrial, de organizaciones políticas, sociales y culturales ad hoc, que con esos mismos cánones de lenguaje y comportamiento se han alejado de una ciudadanía que, mostrando su desacuerdo, las desintermedia cada vez más y prefiere actuar directamente por sus intereses. Lo recomendable es, por consiguiente que, dado que la representatividad institucional actual está en entredicho; que nadie puede prever el futuro y que no obstante ser éste posible o probable, es inexistente hasta que lo pergeñemos en el presente y lo construyamos entre todos, parece más cuerdo el sano pragmatismo que ha mostrado el Presidente –que no nihilismo- que esa tendencia aristocrática de la academia medieval y sus verdades absolutas, que aún pervive inercialmente en parte de nuestra intelectualidad.

Es en la discusión sobre las eventuales consecuencias de tal o cual política en educación -en la que “sacar cuentas” será ineludible para de evitar caer en el absurdo del Burro de Buridán que se murió de hambre por no poder elegir entre el heno de su izquierda y derecha- que vía acierto y error, como ha sido todo el proceso de desarrollo de nuestra especie, podemos ir evaluando y corrigiendo, en la medida que ya no es posible que ningún cerebro humano individual reúna todas las respuestas a la enorme complejidad de la sociedad universal que se gesta y que, dada la crisis que esta viviendo, exige cada vez más colaboración entre Estado y particulares, entre Gobiernos y  ciudadanía, sea esta de “izquierda” o “derecha”.

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