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Democracia Directa

por 11 septiembre, 2011

La elite política chilena se está madrugando con una ciudadanía que la mira de reojo, que no le cree como antes: ni a unos ni a otros. Pero lo peor de todo, me da la impresión, no tienen idea como seguir adelante frente al clamor de la calle. La desorientación es tal que de lo único que se aferran es en no compartir un ápice de soberanía, de futuro, y de responsabilidad.
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Se dice que la democracia directa (DD) es un desastre, que es la encarnación plena del chavismo u otro populismo autoritario, y casi-casi que es el fin del mundo. No creo que los eslovenos, uruguayos, eslovacos, italianos, suizos, inclusive islandeses crean lo mismo. No en vano, en aquellos lugares donde se practica, justamente son aquellos donde menos dilemas de legitimidad política hay. No es que sea la salvación de todos los males, no me interpreten mal; ¡que naive sería argumentar eso!

Los casos mencionados son democracias plenas donde justamente existen mecanismos de sincronización entre el deseo popular y la política de turno, para bien o para mal. Ojo, esto no tiene un centímetro de militantismo, de asambleísmo, ni nada por el estilo. Es simplemente a ser usada cuando un asunto en particular es crucial para un sector importante de la sociedad. Al fin y al cabo, tanto en Suiza o Uruguay, Oregón o Colorado, la actividad gubernativa es, en más de un 99%, como siempre: cotidiana, tediosa, y representativa con todo lo bueno (y malo) que esta tiene.

La elite política chilena se está madrugando con una ciudadanía que la mira de reojo, que no le cree como antes: ni a unos ni a otros. Pero lo peor de todo, me da la impresión, no tienen idea como seguir adelante frente al clamor de la calle. La desorientación es tal que de lo único que se aferran es en no compartir un ápice de soberanía, de futuro, y de responsabilidad.

La DD es una instancia de democratización política y va muchísimo más allá que las propias decisiones que ella produce. Vía DD llevamos las discusiones políticas a casa, al boliche, al trabajo y donde, indiscutiblemente, el sistema político juega un rol fundamental. La DD es justamente el cable a tierra del sistema político en general y de los partidos políticos en particular. Es, además, es una válvula de escape a la presión cívica.

¿Acaso la efervescencia loca de la que estamos siendo testigos estos meses se da en algún país que combine democracia representativa y directa? Ni España, ni Grecia, ni Inglaterra, ni Chile…no resulta extraño ver estas explosiones en aquellos países donde la gente no es dueña de su futuro, lugares con enormes problemas de representatividad y donde el llamado de atención a los políticos se da únicamente cada cuatro o cinco años.

La elite política chilena se está madrugando con una ciudadanía que la mira de reojo, que no le cree como antes: ni a unos ni a otros. Pero lo peor de todo, me da la impresión, no tienen idea como seguir adelante frente al clamor de la calle. La desorientación es tal que de lo único que se aferran es en no compartir un ápice de soberanía, de futuro, y de responsabilidad.

Indiscutiblemente, como cualquier institución política, la DD puede ser perversamente utilizada, e indiscutiblemente nunca, pero nunca, suplirá a la democracia representativa. Posiblemente su efectividad se plasme cuando decidimos sobre políticas públicas en concreto y no sobre estados de ánimo o políticas ambiguas.

Estos días he escuchado básicamente tres argumentos sobre la DD por parte de los políticos. Están aquellos que la quieren usar hoy y ahora, vía un plebiscito ad-hoc, para solucionar un problema que los supera, sobre el cual no pueden arribar a consenso alguno. Básicamente, quieren que les solucionemos sus incapacidades (un parchecito, digamos). Algunos dicen que hay que evitarla porque es “chavista”. ¿Deberíamos evitar los impuestos porque Chávez o Hu Jintao los cobra? Que algunos autoritarios la usen no significa que la DD no esté estadística y positivamente asociada a la democracia. Por último, otros argumentan que la gente es ignorante, que no somos responsables y últimamente que no somos capaces de decidir. Qué paradoja, cada cuatro años sin embargo nos vienen a pedir el voto religiosamente. Y cuando los elegimos se ungen en el aura de gloria que les otorgamos…no me cuadra: ¿Somos o no capaces de decidir?

La DD alcanza su máxima plenitud cuando nos permite cambiar el rumbo político sin pedir necesariamente permiso y cuando su uso no depende de la elite política de turno.

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