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Tomas: de la universidad republicana a la universidad popular

por 12 octubre 2011

Tomas: de la universidad republicana a la universidad popular
Desgraciadamente los huertos orgánicos, los charangos del Quilapayún o las charlas del profesor Gabriel Salazar no vienen a complementar a la tradicional universidad republicana, sino a reemplazarla: en ello radica el vértigo de la situación. La ocupación de los recintos y la intervención de los calendarios académicos han significado en la práctica que las autoridades universitarias queden apartadas del poder real y se contenten ahora con desempeñar un poder nominal, un poco a la manera de los presidentes y parlamentarios de las democracias populares, donde quien manda de verdad no es el que firma los papeles.

El movimiento por la educación pública, que me cae muy bien, se me ha ido haciendo un poco antipático últimamente, y me pregunto por qué. Quizá el hecho central sea que en mi Facultad estamos desde hace cuatro meses en toma.

Para mí que cuando en una universidad pública empieza la toma, en ese instante queda suspendido el pluralismo. No pueden coexistir ambos, son incompatibles. La Universidad de Chile es una construcción republicana, y sus pilares son la equidad, la diversidad de identidades y opiniones, el sentido de colaboración con el país y la complejidad del conocimiento, todo ello garantizado por un gobierno institucional participativo y al mismo tiempo jerarquizado. Pero estos principios han quedado atrás, y lo que hemos vivido los académicos, estudiantes y funcionarios durante las movilizaciones ha sido el deslizamiento de una universidad republicana a una universidad popular.

Las universidades populares nacieron a fines del siglo pasado en Francia y fueron imitadas en España y en muchos otros países. Eran organizaciones que no estaban dentro de las universidades tradicionales, y que se habían propuesto llevar la cultura a los trabajadores, vecinos y gente que no lograba llegar a la universidad, casi siempre muy elitista y al servicio de los más poderosos. La universidad popular es a la vez un instrumento de difusión del saber y una herramienta de concientización, de lucha en contra del capitalismo.

Al final, si hay suerte, tendremos universidad gratuita, pero de carácter popular, orientada a sectores con menos recursos, en tanto que la gente más acomodada se formará en planteles privados, flotando con elegancia en los veloces flujos y redes del capitalismo globalizado, en la galaxia del éxito y los edificios de cristal, muy lejos de los subsidios, del Estado, de las tomas y las marchas. Por su purismo, por su radicalización simplificadora, el movimiento por la educación pública está validando en los hechos a la educación privada.

Este molde es el que opera hoy en nuestros recintos tomados o en paro indefinido no negociable. Pero desgraciadamente los huertos orgánicos, los charangos del Quilapayún o las charlas del profesor Gabriel Salazar no vienen a complementar a la tradicional universidad republicana, sino a reemplazarla: en ello radica el vértigo de la situación. La ocupación de los recintos y la intervención de los calendarios académicos han significado en la práctica que las autoridades universitarias queden apartadas del poder real y se contenten ahora con desempeñar un poder nominal, un poco a la manera de los presidentes y parlamentarios de las democracias populares, donde quien manda de verdad no es el que firma los papeles.

Y me refiero a las democracias populares, a las repúblicas populares, o sea países que son o fueron comunistas, porque muchos de los mecanismos operativos de la universidad en toma están calcados de allí: marchas, asambleas, plebiscitos, declaraciones colectivas, todo un movimiento que en la parte frontal se despliega como una magnífica movilización en contra de los poderosos de siempre, y que en la periferia o en los detalles traseros deja ver unos dispositivos menos gratos: control de puertas, compadres enojados, funas, tendencia a la opinión única, autogestión en los asuntos de orden público, capuchas, barricadas, desolación de los espacios, fortalecimiento de una nueva autoridad que sin dar mucho la cara va tomando el lugar de la anterior. La toma es un poco injusta –reconocen algunos estudiantes con las pupilas encendidas– pero es la única manera de que el poder nos escuche.

Hace unas décadas me tocó vivir casi medio año en una república socialista de verdad, una democracia popular centroeuropea, hermoso país. Agradezco de corazón el que me hayan ayudado en tiempos de aflicción, pero no puedo olvidar mi experiencia de desencanto con el socialismo real. Aquello era, banderas más o ideales menos, una dictadura, y las dictaduras, aunque sean del proletariado, no sólo son catetes y latosas, muy humillantes, sino también peligrosas. O se traga uno las consignas y se va deprimiendo, o alega y se convierte en enemigo del sistema, con las consecuencias fáciles de prever.

La lógica del amigo-enemigo, ya lo hizo notar Eduardo Sabrovsky hace unos días en uno de sus artículos, supone una atroz simplificación. Todo con la revolución, nada contra la revolución, anunciaba por su parte Fidel, sin aclarar jamás qué era exactamente la revolución, con lo cual quedaba cada cual expuesto a lo que de modo caprichoso dispusiera día a día el Comandante.

Hoy vemos que todo el país está alineado con el movimiento por la educación pública y nadie en su contra, por lo que ya tenemos a una larga fila de personas, yo mismo en este artículo, proclamando antes que cualquier otra cosa su fidelidad al movimiento, no sea cosa que se nos complique la vida.

A la gente le gusta que las universidades se transformen en populares. Hay en este país tanto abuso instalado, tanta injusticia, tanta entrega al neoliberalismo extremo, que todo el mundo quiere creer en lo popular. Por eso es que cuando vemos a unos carabineros golpear a los jóvenes nos enfurecemos con los carabineros, y cuando es al revés, que son los cabros los que aporrean al paco, igual nos enojamos con los carabineros. Periodistas, jueces y vecinas disfrutan de la suave brisa de la libertad, y la impulsan. Los claustros académicos están también por lo popular, como corresponde.

El planeta vive hoy globalmente tiempos inquietos. La revolución digital está llegando a la política, a la vida ciudadana. Nuestros antiguos sistemas presidenciales o parlamentarios no logran hacerse cargo de la situación. El poder se ha movido, no está ya donde creía Piñera, en el sillón presidencial, y opera por ahora sin reglamentos. Y aparte de ello los chilenos vivimos el fraude del sistema binominal, que apaga todo deseo de estar en el sistema. Nuestro actual gobierno no es para nada una guía moral, y la oposición tampoco. Carecen de aura. En este ambiente, saludamos con entusiasmo a la insurrección estudiantil chilena, y los aplausos llegan desde todas partes del mundo.

Los estudiantes han traído la festividad vital y el despliegue digital a la protesta, han levantado un desafío político imposible de esquivar, y esa ha sido su genialidad. La causa popular, sin embargo, sigue operando con el bagaje ideológico de la izquierda de siempre, tantas veces derrotada o si no vencedora con un producto finalmente más amargo que aquello que criticaba. La lucha en contra de la injusticia no ha logrado hacer suyos los valores democráticos, quizá porque se alimenta primariamente de una visión negativa de la condición humana según la cual o te aplastan o debes aplastar a los demás. En esa lógica de lucha libre ni la democracia ni el pluralismo tienen mucho sentido.

Es así que la universidad popular, amarrada operativamente a la izquierda vintage con su lógica de ocupación progresiva de espacios y posiciones de poder, supone que quienes le hacen resistencia no son discrepantes, sino enemigos. Es una manera muy latosa de funcionar. Los burgueses no tienen cabida en ella, ni los conservadores, ni los tibios, ni las almas poéticas o galácticas, ni el sentido del humor. Son mirados con sospecha los que se restan de los huertos orgánicos ejemplares, de los talleres de volantines o de los conversatorios en los cuales el sólo hecho de asistir significa cuadrarse de antemano con las conclusiones.

Pero aparte de enfrentar cotidianamente al enemigo interno, las universidades populares, como las democracias populares, necesitan derrotar al enemigo externo. Las redes sociales ayudan ahora a conseguir apoyos dentro y fuera del país. El movimiento, para no detenerse y morir, debe expandirse, convocando marchas cada vez más contundentes, y desafiando de modo crecientemente frontal a los poderes políticos y económicos. Camila Vallejo ha anunciado ya que esta es una lucha de varios años. Arturo Martínez declara que su meta es sacar a la derecha neoliberal y autoritaria del palacio de La Moneda. Un dirigente del norte ha llamado a los estudiantes a radicalizar la movilización y prepararse para tiempos difíciles.

La historia reciente nos advierte, sin embargo, que cada vez que la lógica simplificada de amigos y enemigos se apodera de la vida política y social, las sociedades ingresan en un torbellino emocional y noticioso que termina finalmente o en una guerra, o en una dictadura, o en ambas. Rara vez los caídos o humillados son los poderosos de siempre.

En las universidades populares que reemplazan hoy a las universidades públicas los carabineros no entran, y donde los carabineros no llegan florece naturalmente la capucha. No existe jamás un espacio sin alguien o algo a cargo del garrote, el cual se administra más o menos conforme a la ley o si no de cualquier manera, arbitrariamente. Como bien saben explicar los antropólogos, la tribu humana necesita siempre de un sistema de orden, y cuando el que había no opera viene otro a desempeñar su rol.

Las autoridades universitarias perdieron hace rato el control del llavero y del calendario, y se han avenido a considerar como verdadera la paradoja matemática de que un semestre no tiene, como podría creer cualquier lego, 24 semanas, ni tampoco 18 como sostienen habitualmente las universidades, sino 12 como han dispuesto los sindicatos estudiantiles. De la calidad nadie se acuerda al hacer estas mariguanzas. Los Consejos de distinto nivel se reúnen ceremoniosamente para ratificar con mucha acuciosidad administrativa lo que van disponiendo las asambleas mediante megáfonos y plebiscitos. Los reglamentos existentes son letra muerta, o letra comestible. Los académicos vagamos por ahí sin que nadie nos pesque salvo para reuniones y trámites un poco ficcionales donde lo más prudente, en general, es estar de acuerdo sin por ello renunciar a una digna expresión de distancia en el rostro. Y a ver en qué mes o semestre -oh modesta condición de los asalariados-, dejarán de pagarnos el sueldo, que los profes a honorarios ya están con dificultades. Cientos de alumnos, especialmente de altos puntajes, están emigrando hacia universidades privadas. Como bien decía un delegado estudiantil en una de las reuniones del Consejo de Pregrado de mi Facultad, lo que se está buscando es reventar el sistema.

Del mismo modo que las repúblicas populares en su tiempo, las universidades populares se cuidan ante todo de controlar la puerta, el recinto y el calendario de actividades, o sea un poco el ministerio del Interior, el dispositivo de seguridad. Respecto de la economía, y siguiendo también a ese tipo de países, da un poco igual. Y lo académico, bueno, eso siempre es conversable.

Rectores y decanos sacan cuentas afligidas porque saben que el sistema de universidades públicas chilenas depende de flujos de caja que, diversamente a lo que ha ocurrido con largos paros universitarios en México o en Argentina, no están garantizados por el Estado, sino por los pagos de las familias, que están comenzando a mermar. Del mismo modo, están conscientes de que perder masivamente el año o un semestre hará imposible atender a la vez a esos repitentes y a las cohortes del próximo año, lo que para mi universidad representaría un menor ingreso de aproximadamente 15 mil millones de pesos al año, menor ingreso que se prolongaría en el tiempo durante unos cinco años, un hoyo de unos setenta mil millones. Ello puede llevar al default. Una quiebra que no lamentarían mucho ni el gobierno, emocional y socialmente ligado a las universidades privadas o católicas y ciego en su mirada al futuro, ni tampoco el movimiento estudiantil, que se siente más cerca de la universidad popular que de la aporreada universidad republicana. Es más fácil, pues, degradar los semestres y aprobar los ramos por secretaría.

Al final, si hay suerte, tendremos universidad gratuita, pero de carácter popular, orientada a sectores con menos recursos, en tanto que la gente más acomodada se formará en planteles privados, flotando con elegancia en los veloces flujos y redes del capitalismo globalizado, en la galaxia del éxito y los edificios de cristal, muy lejos de los subsidios, del Estado, de las tomas y las marchas. Por su purismo, por su radicalización simplificadora, el movimiento por la educación pública está validando en los hechos a la educación privada.

¿En qué ha fallado el modelo republicano de universidades para encontrarse en esta situación tan desfavorable? ¿Qué factores explican su deterioro justo en el momento en que parecía haber conquistado los recursos y las herramientas para funcionar debidamente? No logro aún entenderlo. Y qué bonita está la primavera.

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