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Hacia una segunda renovación progresista

por 28 noviembre 2011

Una segunda renovación está naciendo en política, pero también se cristalizan las fuerzas de oposición al cambio. La primera vio el cambio global y el fin de los socialismos reales; la segunda que nace, descubre que debe reinventarse la democracia y establecerse nuevas relaciones entre actores sociales y políticos.

Existen escasos argumentos para invalidar el desarrollo y formación de un futuro conglomerado político que albergue al más amplio y plural espectro de actores políticos que se pongan como objetivo alcanzar un gobierno de unidad y reconstrucción democrática nacional. Quienes persisten en defender espacios o cupos, son quienes han profitado o lucrado en amplio sentido, de las bondades de la institucionalidad autoritaria que nunca logró asentarse en el imaginario colectivo.

Repasando los discursos públicos de la fase previa y posterior al plebiscito de 1988, debe asentirse en que la mayoría de los pronunciados por líderes políticos de lo que fue la Concertación de Partidos por la Democracia, manifestaron muchas esperanzas en que el orden a alcanzar por medio de una negociación o transición pactada, pudiera permitir avanzar hacia un orden auténticamente democrático.

Las negociaciones de 1989 que llevaron al plebiscito de reformas constitucionales mantuvieron el andamiaje político institucional y económico social incólumes, y las reformas que se hizo permitieron fortalecer el sistema de reproducción de clase política y los privilegios de la minoría opulenta del país. El actual desprestigio de la política institucional y la anomia frente a un orden que se lo ve distante y oligárquico, amenaza con devenir revueltas populares futuras de no alcanzarse un acuerdo político estratégico entre los actores políticos y nuevas fuerzas sociales. El escenario no será como en el pasado. Una vez periclitada la estrategia insurreccional del MDP que incluyó a comunistas, socialistas almeydistas y MIR, y fortalecida la vía de negociación pactada con la dictadura, se estructuró un arco político que hizo posible no sólo derrotar al candidato del dictador en 1989, sino exhibir en el primer periodo de esos gobiernos, una alta adhesión social, una legitimación si precedentes, donde los políticos eran los héroes de la transición.

Las lecciones dejadas son muchas así como sus insuficiencias. Pero políticamente constituye una fuente de inspiración para los actuales momentos de crisis, con formas de desgobierno, no porque Chile esté paralizado o ante amenazas superiores, sino porque la ciudadanía ha dejado de creer en la política existente; los sistemas de representación no operan y la maquinaria política está sin funcionar adecuadamente. Ningún orden soporta mucho esta sensación de vivir bajo algo que no es legítimo, que sólo subsiste por la fuerza de las armas o la coacción. Es un estado de pánico larvado.

Son amplias las opciones para recuperar el gobierno democráticamente, pero a diferencia de ayer, en que se debió pactar finalmente con la soberanía popular, hoy es posible reconstruir una convergencia de recuperación democrática, integrada por todas las fuerzas que deseen un nuevo Chile, humano, centrado en las personas y no en objetos o productos. En esa convergencia todas las actuales fuerzas y culturas de oposición son potenciales integrantes, no existiendo razones de vetos o exclusiones odiosas que impidan un nuevo acuerdo social de cara al siglo XXI. Este entendimiento amplio supone: a) plantearse una nueva constitución política, b) las bases para una profunda revisión del modelo económico depredador que impera, c) una revisión de los sistemas de protección de los derechos humanos en todos los campos; d) una modificación de la distribución de los excedentes en la sociedad, e) una política de inclusión de todos los actores sociales en los procesos de cambio. Chile demanda un nuevo acuerdo, nuevos rostros, nuevos discursos.

Una segunda renovación está naciendo en política, pero también se cristalizan las fuerzas de oposición al cambio. La primera vio el cambio global y el fin de los socialismos reales; la segunda que nace, descubre que debe reinventarse la democracia y establecerse  nuevas relaciones entre actores sociales y políticos.

Cómo esperamos que sea dependerá de la capacidad comprensiva y de la generosidad de quienes ya han completado un ciclo que muere con el proyecto derrotado por la coalición conservadora que gobierna.

Estamos a tiempo de promover los entendimientos entre actores sociales y políticos, de innovar en las formas.

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