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En vísperas del fallo del tribunal de La Haya

por 9 enero, 2014

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A pocos días de conocer la sentencia del tribunal, se han escuchado prudentes declaraciones que buscan preparar el ambiente para digerir ese fallo. Nadie se atreve a adelantar un pronóstico, pero se percibe un clima más bien pesimista.

El próximo evento me trae a la memoria un hecho que viví durante los días en que desde Holanda nos llegaban ecos de los alegatos de las partes contendientes y alguna frase dicha en esa instancia generaba reacciones en uno u otro lado de la línea de la Concordia y, con mayor o menor intensidad, todos estábamos pendientes de lo que allí ocurría.

Me encontraba en Temuco y me aprestaba a subir a un taxi colectivo que me conduciría a la universidad donde imparto clases, entre otras materias, de derecho internacional público. Ya arriba del vehículo el conductor me miró como tratando de reconocerme y después de un par de minutos me preguntó: “¿abogado, qué cree usted, vamos a ganar o perder en La Haya?”. La pregunta era directa e ineludible por lo que pensé que mi respuesta no podía ser elusiva. Era la pregunta de un conductor de taxi que en esos momentos representó para mí la pregunta que muchos chilenos y chilenas comunes y corrientes se hacían en esos días bombardeados por los medios de comunicación de las diversas alternativas del mentado pleito.

Se me vinieron a la mente también los nombres de dos personas que estaban representando nuestros intereses en esa corte internacional y con quienes había compartido aulas en la facultad de derecho de la Universidad de Chile como compañeros de curso. Me refiero a María Teresa Infante y Alberto Van Klaveren. El recuerdo de sus nombres pesaba al responder al taxista. En suma, mi respuesta ante tan claro requerimiento debía estar a la altura de mis convicciones, las cuales  no eran muy optimistas respecto al resultado de ese pleito para los intereses de Chile. Derecha y escuetamente le respondí al taxista que yo pensaba que Chile perdería y que ganaría la posición peruana. Luego intenté argumentar el por qué de mi conclusión, agregando una serie de consideraciones entre jurídicas e históricas, no sin sentir una especie de culpa por pensar así.

El taxista me escuchaba con mucha atención y respeto mientras yo desarrollaba mis argumentos. Sólo percibía en él un movimiento de cabeza como negando lo que yo sostenía. Cuando concluí mis argumentaciones me miró y me dijo: “Yo creo que está equivocado, abogado, Chile no va a perder, los que van a perder son los Luksic”. Su respuesta tan simple, pero llena de sabiduría popular me martilló con brutalidad en la mente y no pude menos que reconocer que más allá de los conocimientos eruditos que se han desplegado para construir la defensa de la posición chilena, la percepción de un simple ciudadano estaba llena de sentido común y daba cuenta de un conocimiento de nuestra realidad mucho más profunda de lo que la élite supone.

Me bajé del taxi y había recibido una lección que hoy comparto con ustedes en vísperas del fallo que esperamos con expectación.

(*) Texto publicado en El Quinto Poder.cl

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