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Universidades Estatales en las regiones de O’Higgins y Aysén: fácil decirlo

por 20 enero, 2014

Debemos preguntar a quienes plantearon esta idea: ¿En qué estaban pensando? Pues una buena iniciativa, con justos propósitos, puede provocar efectos no deseados muy complejos, que finalmente retrasen una solución de fondo a un tema de tanta importancia para el desarrollo de las regiones.
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La propuesta programática de la Presidenta electa Michelle Bachelet anunció la creación de dos universidades del Estado en aquellas regiones que carecen de estas instituciones, a saber: O’Higgins y Aysén. Se trata de una materia importante, aunque invisibilizada en el debate hasta el momento, porque no atañe a Santiago, origen y fin de casi todos los temas.

Entendemos que las universidades del Estado, públicas en su sentido más propio, son un factor clave del desarrollo del país, y en forma paralela también por su contribución a la equidad social. Es difícil explicar el nivel de desarrollo de nuestra nación sin reconocer el aporte de las universidades del Estado en este marco y, en segundo lugar, del financiamiento público para todo el sistema universitario (hasta 1980 de las dos universidades del Estado y de las seis privadas), financiamiento que tras la reforma de la educación superior de 1980 –de inspiración neoliberal– mermó en forma considerable el hacer de las universidades del Estado, pese a lo cual los centros superiores públicos han mantenido, si no incrementado, su sitial de adhesión ciudadana y de reconocimiento internacional de sus diversos aportes.

La concreción de esta iniciativa universitaria es un tema importante. Primero, porque los centros superiores del Estado, exceptuando la Universidad de Chile en lo normativo, poseen un Estatuto de funcionamiento anacrónico en materia política, ciudadana y técnica, que requiere de un urgente y profundo cambio, atendiendo que no tendría sentido dar vida a estos nuevos centros superiores bajo un marco a todas luces obsoleto, y segundo, tampoco tendría sentido crear una nueva normativa solamente para estas instituciones, manteniendo el marco vigente para las restantes, en la lamentable situación en que se encuentran.

Debemos preguntar a quienes plantearon esta idea: ¿En qué estaban pensando? Pues una buena iniciativa, con justos propósitos, puede provocar efectos no deseados muy complejos, que finalmente retrasen una solución de fondo a un tema de tanta importancia para el desarrollo de las regiones.

Entendiendo que esta es una materia que –espero– más temprano que tarde las nuevas autoridades del sector habrán de enfrentar, lo cierto es que la instalación y sustentabilidad de estos nuevos proyectos universitarios tienen otras dificultades importantes a las que sería bueno poner atención, si es que a la fecha sus mentores no han reparado en ellas.

En primer lugar, se trata de dos realidades muy diferentes en todo plano, por ende, más allá de esta constatación, poseen muy poco en común. La región O’Higgins ha experimentado –tanto en la ciudad de Rancagua como de San Fernando– diversas iniciativas con grados muy desiguales de éxito, esencialmente bastante febles. Su capital regional ha concentrado iniciativas privadas, de universidades tradicionales públicas y privadas, todas con resultados discretos. Se han instalado sedes de universidades, como también programas ciclos básicos o primeros años, para después continuar estudios en otras ciudades. Ha habido iniciativas en diversas disciplinas, ingenierías, en salud, educación y otras. Carreras tradicionales y otras no tradicionales. También varios proyectos de crear una universidad de la región, de carácter privado. Las iniciativas en todo plano, han tenido derroteros difíciles, muy lejanos de los estándares de éxito que muestra el sistema universitario en otras latitudes del país.

La proximidad de Santiago y sus comunas dominantes, los estímulos para que la gente se traslade cotidianamente a estudiar y trabajar en ese sentido, las vías de comunicación, la atractividad de la macrociudad, etc., conforman argumentos poderosos que han impedido que estas iniciativas, por espacio de tres décadas, no hayan podido enraizarse. Por lo mismo, el desafío de instalar un centro universitario de calidad, es decir, acreditable, que se transforme en un agente de equidad en materia de oportunidades de estudio para la población, es una tarea más que compleja. Algunos de los proyectos señalados tuvieron capital financiero, no obstante no pudieron revertir los flujos de desplazamiento cotidiano de las personas, mirando entonces la región de O’Higgins como polo de desarrollo en este sentido, debiendo existir en esta materia razones poderosas que hay que estudiar más debidamente, para no incrementar la lista de iniciativas fallidas en este plano en la región.

El caso de la región de Aysén es muy diferente. A su aislamiento geográfico del resto de país, se ha de sumar además la compleja situación de comunicación regular intrarregión. Por lo mismo, en la región hay algunas iniciativas de educación superior, impulsadas incluso por universidades tradicionales privadas, más algunos institutos profesionales que se parecen, equivalentemente, más a lo que fue la oferta de las sedes regionales de las universidades en los años setenta –carreras profesionales de nivel medio, pero sin dictar profesiones tradicionales mayormente demandadas– que a lo que debería ser una oferta más rica para su desarrollo en todo plano.

La región de Aysén, aparte de estos factores, suma la rigurosidad de su clima, la endogamia sociocultural de su aislamiento histórico, los altos costos de vida y, para efectos de lo que estamos hablando, una baja densidad de población educativa. Es decir, un número reducido de potenciales estudiantes de educación superior que hace muy complejo disponer de una oferta sustentable de formación profesional en muchas disciplinas. No obstante, incluso aumentando la cobertura del sistema de Enseñanza Media y con una continuidad de estudios superiores, este problema es importante, afectando costos directos e indirectos del proceso.

Adicionalmente, la oferta de profesionales especializados en estos lugares –a modo de ejemplo, del área de salud, que ha tenido que realizar insignes esfuerzos para dotar de especialistas médicos en algunas materias– da cuenta de que, habiendo superado el problema de infraestructura, equipamiento, densidad de estudiantes, el problema es poder disponer de especialistas bien formados para realizar docencia e investigación de calidad en ese territorio, tratándose entonces la concreción de esta iniciativa de un tema mayor, quizás, algo parecido, en inversión y complejidad, al insigne puente sobre el canal de Chacao.

De esta forma, debemos preguntar a quienes plantearon esta idea: ¿En qué estaban pensando? Pues una buena iniciativa, con justos propósitos, puede provocar efectos no deseados muy complejos, que finalmente retrasen una solución de fondo a un tema de tanta importancia para el desarrollo de las regiones.

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