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Trabajo decente e igualdad de género: una tarea pendiente

por 27 enero, 2014

Las desigualdades de género son consecuencia directa de las perspectivas tradicionales sobre el papel que deben ocupar las mujeres en la sociedad, basadas en prejuicios y discriminaciones, que no sopesan los avances que ha experimentado la región y sus efectos en las sociedades.
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Sin duda la primera década del milenio ha mostrado significativas mejoras para las mujeres en el mercado laboral y reducciones importantes en las brechas de género en América Latina y el Caribe. Así también lo corrobora el informe Trabajo Decente e Igualdad de Género: Políticas para mejorar el acceso y la calidad del empleo de las mujeres en América Latina, que fue elaborado por 5 agencias de Naciones Unidas – entre ellas la OIT – y que fue presentado recientemente en toda la región.

Sin embargo, si bien vemos cómo las tasas de participación laboral se han incrementado y las brechas salariales por sexo parecen estar cerrándose, los promedios esconden una gran diversidad de problemáticas que aún persisten.

Por ejemplo, el informe revela que la tasa de participación femenina en la región fue de 52,6% en 2010, aún muy por debajo de la masculina (79,6%). Además, las mujeres tienden a tener tasas de desempleo mayores que los hombres. En 2010, las mujeres en América Latina tenían una tasa de desempleo de 9,1%, superior al 6,3% de los hombres. Así, a pesar de las mejoras, aún se observa una marcada segmentación laboral por sexo, donde las mujeres y los hombres están distribuidos en una forma desigual en el mercado laboral.

Las desigualdades de género son consecuencia directa de las perspectivas tradicionales sobre el papel que deben ocupar las mujeres en la sociedad, basadas en prejuicios y discriminaciones, que no sopesan los avances que ha experimentado la región y sus efectos en las sociedades.

La segmentación laboral por sexo no es menor y contribuye a la persistencia de brechas que implican que la mujer tienda a ganar menos que los hombres. En promedio, en 1990 las mujeres ganaban el 59% de lo percibido por los hombres; en 2000, se aumentó a 67% y, en 2010, llegó a 78%. Si se controla por niveles de educación formal, la brecha salarial de género más pronunciada se observa justamente entre aquellos que tienen estudios postsecundarios.

El informe además subraya que no sólo hay desigualdad de género, sino que también se observan enormes desigualdades entre las mujeres. En América Latina no es lo mismo ser una mujer indígena o afrodescendiente, residir en zonas urbanas o rurales, vivir en su país o ser migrante, tener o no hijos, o estar en la tercera edad. Las desigualdades de género son consecuencia directa de las perspectivas tradicionales sobre el papel que deben ocupar las mujeres en la sociedad, basadas en prejuicios y discriminaciones, que no sopesan los avances que ha experimentadola región y sus efectos en las sociedades.

El informe resalta que la superación de estos y otros problemas que afectan a las mujeres requiere caminar en la dirección de sociedades más inclusivas e igualitarias. Para ello es prioritario y urgente invertir en la construcción de la igualdad de género, donde la autonomía económica de las mujeres juega un papel fundamental.

En este esfuerzo, deberían concurrir políticas públicas orientadas al trabajo, fortaleciendo la inserción, la permanencia y el ascenso de las mujeres en el mercado laboral, en condiciones de igualdad y conciliación entre la vida laboral y familiar. Sólo con políticas que contengan tales ingredientes, los problemas estructurales pueden comenzar a ser superados.

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