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Las escuelas no son fábricas

por 13 marzo 2014

Las escuelas no son fábricas
Si el nuevo enemigo número de uno de Chile es la desigualdad, entonces las causas de la desigualdad deben ser tratadas con la misma decisión. Nadie sensato, dada nuestra experiencia histórica, puede pensar que la educación puesta en el tránsito del mercado sea precisamente un vector de igualdad social, es todo lo contrario. El punto es saber hasta dónde se está dispuesto a llegar con la idea de que las escuelas no son fábricas.

Nunca sabremos si lo hizo porque recordó la estrategia de uno de los personajes más potentes que se haya visto en las series dramáticas para televisión del último tiempo. ¿Habrá visto la saga política de moda? Lo cierto es que el actual ministro de Educación, Nicolás Eyzaguirre, hizo exactamente lo mismo que aquel memorable personaje cuando se vio enfrentado a su primera protesta callejera.

Saliendo de una reunión con el Colegio de Profesores, cruzó la calle para ir de frente y hablar con los manifestantes cara a cara: padres, madres y apoderados que, dateados, fueron a esperarlo con gritos y consignas de indignación y protesta ante el cierre de escuelas públicas. La prensa consignó que lo que empezó como una protesta, terminó con aplausos a favor del ministro. ¿Qué les habrá dicho?

Pues algo simple y sencillo: “Cerrar un colegio no es como cerrar una fábrica; hay seres humanos, compañeros con tradición”. Simple y sencillo de decir, por cierto, pero con una fuerza retórica sin igual (porque en las fábricas los trabajadores también son seres humanos o porque tal vez quiso decir que las escuelas se cierran… pero de otra manera), con un manejo del tiempo-espacio que no habíamos visto en otro ministro de Educación antes. Lo claro es que parece que el ministro no está por el cierre de escuelas ni por que sean tratadas como fábricas, no por cualquier razón, sino por razones filosóficas de fondo (“seres humanos… compañeros… tradición”). Si esto es así y se adecúa con lo que él de verdad piensa, es decir, si se asumen todas las consecuencias de sus palabras (dejando a un lado mi cinismo) estaríamos ante un ministro con toda la intención de satisfacer las expectativas que la ciudadanía viene colocando en Michelle Bachelet, su programa y su nueva coalición política (Concertación + PC). Perfectamente podría ser una señal de cambio de paradigma.

¿De qué estamos hablando? Pues, si Harald Beyer o su panzer Ratzinger del capital humano, el ex subsecretario Fernando Rojas, o incluso el mismísimo Joaquín Lavín, que de neoliberalismo educacional sabe, hubiesen enfrentado la misma disyuntiva, seguramente las posibles respuestas hubiesen sido: “Esas escuelas dieron rojo en el semáforo SIMCE, por lo tanto, deben ser cerradas”; o “los padres tienen derecho a elegir los colegios para sus hijos y, aunque tengan que pagar, lo hacen porque están más seguros de su calidad : si los niños se van de las escuelas públicas es por su mala calidad”; o “es deber de la Superintendencia garantizar que todos los niños asistan a las escuelas de la más alta calidad posible y con los mejores profesores, si no es así, esas escuelas se deben cerrar”, etc., etc., etc.

No podemos decir que la Concertación no trató a las escuelas, a los estudiantes y a los profesores como “fábricas”. En rigor, nadie en la Concertación es capaz de autodefinirse como neoliberal de la educación, jamás lo hará. Pero no es lo que importa. Son sus prácticas las que importan, es decir, cómo a través de la política pública en educación han usado, desde el retorno de la democracia, instrumentos neoliberales para gobernar, ordenar, controlar y hasta reconfigurar el sistema escolar chileno.

Es el lenguaje empresarial que promueve el neoliberalismo educacional para tratar a las escuelas públicas, lenguaje que no está tampoco muy lejos del club de expertos que presiona hoy a la Nueva Mayoría desde adentro y desde afuera, es decir, desde José Joaquín Brunner a Andrés Velasco, o desde Mariana Aylwin a Ignacio Walker, con su férrea defensa por lo que ellos entienden como libertad de enseñanza, más cercana a la idea de los padres como consumidores que a la idea liberal de respeto por las libertades.

¿Acaso no sabemos por experiencia que la educación transformada en negocio, y la escuela en empresa, y los padres en consumidores, y los estudiantes en clientes, y el currículum en producto… acaso no sabemos, por la experiencia de haber sido gobernados por la misma Concertación, que esa compleja realidad no termina sino en limitar las libertades de unos respectos de otros? No está de más recordar la famosa cita de Norberto Bobbio cuando afirma que “tener una libertad igual a la de todos los demás quiere decir no sólo tener todas las libertades que los demás tienen, sino también tener igual posibilidad de gozar de cada una de estas libertades” (ver su extraordinario libro Derecha e izquierda. Razones y significados de una distinción política). Ese es el punto, sobre todo porque los que terminan perjudicados son los más pobres: niños, jóvenes, profesores, funcionarios y escuelas más pobres.

Si el nuevo enemigo número de uno de Chile es la desigualdad, entonces las causas de la desigualdad deben ser tratadas con la misma decisión. Nadie sensato, dada nuestra experiencia histórica, puede pensar que la educación puesta en el tránsito del mercado sea precisamente un vector de igualdad social, es todo lo contrario. El punto es saber hasta dónde se está dispuesto a llegar con la idea de que las escuelas no son fábricas. ¿Cuál es el verdadero compromiso y la verdadera decisión que se tiene en la Nueva Mayoría para dar el salto paradigmático a favor de lo público, único garante de los derechos de igualdad educativa?

La Nueva Mayoría tiene en sus bases de influencia más significativas y en sus elites más decisivas ese lenguaje neoliberalizante que ha hecho de la educación un negocio muy rentable e inescrupuloso: no podemos decir que la Concertación no trató a las escuelas, a los estudiantes y a los profesores como “fábricas”. En rigor, nadie en la Concertación es capaz de autodefinirse como neoliberal de la educación, jamás lo hará. Pero no es lo que importa. Son sus prácticas las que importan, es decir, cómo a través de la política pública en educación han usado, desde el retorno de la democracia, instrumentos neoliberales para gobernar, ordenar, controlar y hasta reconfigurar el sistema escolar chileno. La evidencia es contundente y sólo ayer conocíamos de proyectos que pretenden obligar a las escuelas a buenos resultados SIMCE si quieren conseguir más recursos o, siguiendo la misma lógica, obligando a los profesores a someterse a evaluaciones estandarizadas y obtener buenos resultados si lo que quieren es aumentar sus remuneraciones. Sólo dos ejemplos de Performance Based Pay que parte importante de la Concertación apoyó (¿y sigue apoyando?) a ciegas, como si no supiera cuál es el paradigma que hay detrás de esos instrumentos, que por lo demás, como en el caso de los profesores, son ineficientes y desnaturalizantes de la función docente (ver por ejemplo  Dolton, P., McIntosh, S., Chevalier, A., 2003, Teacher Pay and Performance, Institute of Education, University of London.).

¿Es que la respuesta del ministro Eyzaguirre obedece a un nuevo paradigma, es decir, a un nuevo trato con la educación pública? Sin cinismo, es muy fácil advertir que es muy prematuro decirlo. Casi como anécdota y para que lo tenga presente en su retórica, sería bueno que alguien le diga al ministro que si se quiere tomar en serio lo del cambio de paradigma, que empiece por advertir que, cuando hablamos de educación pública básica, hablamos por tradición en Chile de “escuelas”… lo de “colegios” que lo reserve para los privados. Un detalle menor, pero se entiende y se le perdona. Las élites en Chile hace rato que no llevan a sus hijos a las “escuelas públicas”: las tratan como fábricas y son de muy mala calidad.

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