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UDI: un demonio llamado Gramsci

por 6 mayo 2014

UDI: un demonio llamado Gramsci
Hoy Gramsci cobra inusitada actualidad a raíz de la decisión del jefe de la bancada de la UDI que pide a sus parlamentarios leer textos de Gramsci, dado que la aplicación de su pensamiento y método en Chile sería el responsable de la derrota de las ideas de la derecha y la base teórica del “socialismo” que se pretendería instalar en este país con la reformas tributaria, educacional y con la Nueva Constitución.

Hace 77 años, muere Antonio Gramsci. Por orden expresa de Benito Mussolini, Gramsci es encarcelado en 1926, violando su inmunidad parlamentaria. El Fiscal Michele Isgró, del Tribunal Especial Fascista que lo condenó, señaló en su requisitoria que “por 20 años debemos impedir que este cerebro funcione”.

No lo lograron, toda la obra filosófica y política de Gramsci fue escrita en la cárcel y está resumida en sus 32 Cuadernos de la Cárcel y en sus Cartas. Gramsci es liberado por orden de Mussolini cuando ya su organismo había sido consumido por la arteriosclerosis y el mal de Pott, del cual padecía, muriendo en 1937 de un derrame cerebral, pocos días después de su libertad definitiva.

Hoy Gramsci cobra inusitada actualidad a raíz de la decisión del jefe de la bancada de la UDI que pide a sus parlamentarios leer textos de Gramsci, dado que la aplicación de su pensamiento y método en Chile sería el responsable de la derrota de las ideas de la derecha y la base teórica del “socialismo” que se pretendería instalar en este país con la reformas tributaria, educacional y con la Nueva Constitución.

Esta idea conspirativa de Gramsci no es nueva en la UDI, pues ya en su declaración de principios de 1991 señala que “el marxismo modifica  su fisonomía hacia enfoques más sutiles como el de Gramsci, que preconizan apoderarse de las sociedades libres a través de la erosión de sus instituciones fundamentales y del dominio de la cultura”, agregando que el pensamiento de Gramsci es fomentado por “el debilitamiento del matrimonio, la legalización del aborto y la permisividad frente a la pornografía y a las drogas”.

Estos apuntes sobre el pensamiento del filósofo sardo tienen la intención de contribuir al debate, esperando que este se dé en términos no conspirativos, como lo plantea la UDI, sino valorando el enorme aporte de Gramsci a la filosofía y a la ciencia política.

1.- La elaboración de Antonio Gramsci, desde sus escritos en el periódico Orden Nuevo a aquella de los Cuadernos de la Cárcel, implica una vuelta al marxismo de Marx pero también una reformulación de la teoría política.

La obra de Marx fue pensada y elaborada en el escenario de los países que ya alcanzaban un desarrollo capitalista y donde estaban en plena expansión tanto los sujetos sociales característicos de esta sociedad como el nuevo tipo de Estado en capacidad de construir procesos hegemónicos durables y sostenidos en la sociedad.

Sin embargo, la primera revolución se produjo en Rusia –Revolución contra El Capital de Marx, como la llamó Grasmci, utilizando una metáfora–, país sin desarrollo capitalista y un régimen político zarista que ya no existía en Occidente y basado únicamente en un tipo de dominio construido sobre el uso represivo del aparato estatal y apoyado en una fórmula religiosa de la alegación de los subalternos, es decir, en la consideración de que el Zar en sí mismo encarnaba la divinidad.

Lo que hace Gramsci es partir de nuevo, es reelaborar una teoría política para el cambio en Occidente que ya, en ese tiempo, distaba del Occidente que el propio Marx y Engels habían conocido y, por tanto, realiza, desde el punto de vista conceptual, una verdadera revolución copernicana de las ideas socialistas, con una visión de la filosofía cuyo objetivo era analizar las relaciones de poder de la sociedad en  las nuevas condiciones que el proletariado y las clases subalternas enfrentaban y que, en el caso de Italia, agrega el surgimiento y el predominio del fascismo como régimen de masas.

Esta idea conspirativa de Gramsci no es nueva en la UDI, pues ya en su declaración de principios de 1991 señala que “el marxismo modifica  su fisonomía hacia enfoques más sutiles como el de Gramsci, que preconizan apoderarse de las sociedades libres a través de la erosión de sus instituciones fundamentales y del dominio de la cultura”, agregando que el pensamiento de Gramsci es fomentado por “el debilitamiento del matrimonio, la legalización del aborto y la permisividad frente a la pornografía y a las drogas”.

Gramsci rechazaba la visión teleológica de la historia humana y la reducción de la “filosofía de la praxis” al determinismo naturalístico. Para él, dicha filosofía debía ser considerada como una nueva síntesis cultural que capturaba los momentos teóricos, económicos y políticos de la era capitalista con todas sus contradicciones y, por tanto, que es provisoria en sus formulaciones.

Gramsci exalta, por tanto, el carácter filosófico del marxismo y con ello fija, como también lo haría Korcsch, el objetivo del socialismo, en su fin y durante todo su camino, como una batalla para la realización de la libertad. Esto lleva a Gramsci a leer la dimensión materialista del marxismo en un nexo entre filosofía y política, práctica y libertad. Esto es esencial, toda vez que le permite a Gramsci liberar el factor económico que fue tan predominante en la elaboración de Marx.

Pero Gramsci cumple otro paso en el desarrollo de la filosofía de la praxis. Nacionaliza culturalmente las ideas socialistas, busca desentrañar de la historia aquellos elementos que la ligan a la filosofía y a la cultura de una determinada realidad, integra el marxismo a esa cultura nacional, busca construir un horizonte teórico “fur ewing”, trascendente, de manera que el socialismo se enraíce en una interpretación de la historia.

Cuando Gramsci estudia el Renacimiento en una perspectiva de enriquecimiento de la filosofía de la práctica, lo hace porque este representó una gran revolución cultural cuyo propósito era crear un  movimiento humanista elitista, y que daba luces de la portada histórica que debía adquirir la revolución en Occidente a partir del propio iluminismo del cual desciende también la cultura socialista.

2.- El aporte general más relevante de Gramsci a la filosofía y a las ciencias políticas, consiste en producir el paso de la economía –que había sido el terreno base de la elaboración de Marx– a la supremacía de la política.

Para ello, Gramsci realiza una operación filosófica de magnitud: cambia la visión negativa de Marx de la ideología a un concepto positivo de ella y de la superestructura. Para Marx, la ideología era “falsa conciencia” y la percibió como un fenómeno derivado y dependiente de la estructura económica.

Como bien lo dice el sociólogo Jorge Larraín, “el problema principal de Lenin y Lukács es que no pudieron resolver convincentemente la oposición entre la conciencia espontánea y la ideología socialista, entre la conciencia imputada y la conciencia psicológica, entre la filosofía y el sentido común. Estos pares se convirtieron en dicotomías…”

Justamente el valor de la elaboración de Gramsci es que supera esa dicotomía e instala una visión mucho más creativa del concepto positivo de la ideología y le construye un escenario para su desenvolvimiento. Ello, porque Gramsci liga ideología a hegemonía, a una nueva definición de sociedad civil y produce un novedoso paso desde lo económico al momento ético político, a una revolución que debía adquirir la calidad ética suficiente para ser hegemónica. Este paso de lo objetivo a lo subjetivo, que caracteriza la definición positiva de ideología en Gramsci, es lo que él denomina “catarsis”.

Ello es clave, dado que Gramsci llegó a la conclusión de que la visión negativa de la ideología estaba ligada estrechamente a una concepción economicista, dominante en el marxismo, incapaz de cambiar la estructura y ese sentido era sólo apariencia. La fuerza de la interpretación gramsciana de ideología, en tanto concepto positivo, se deduce de la necesidad que tiene el momento hegemónico de considerar e incorporar las creencias populares, que para Gramsci son tan poderosas que tienen la misma energía que una fuerza material.

Por ello es que Gramsci estudia la ideología en cuatro momentos distintos, pero a su vez asociados, de presencia: la filosofía, la religión, el sentido común y el folclore. Es esta simbiosis lo que permite establecer estadios distintos del desarrollo de la ideología.

En los Cuadernos de la Cárcel, Gramsci reelabora, reinterpreta y crea un nuevo léxico teórico para la revolución en Occidente, que constituirá su gran aporte a la ciencia política, a la filosofía, a la antropología, pero sobre todo a la lucha popular.

3.- Un concepto esencial del nuevo léxico gramsciano es el de “bloque histórico”, situándolo en una determinada fase dentro de una misma formación social, comprendiendo, con ello, el desarrollo no sólo como una ruptura, sino también en un sentido evolutivo e histórico.

Gramsci sostiene que, para entender con precisión un determinado período histórico, es necesario conocer las particularidades de la articulación entre estructura y superestructura, es decir, del bloque histórico específico, lo cual varía no sólo de una formación socioeconómica a otra, sino dentro de un mismo modo de producción.

Para ello, estableció la variante tiempo histórico, prefiriendo siempre estudiar tanto la estructura como su expresión superestructural en el contexto del conjunto de las relaciones sociales. Esta relación es la que permite efectivamente trasladar el desenvolvimiento de la superestructura ideológica al plano social, es decir, realizar una traducción del nexo en una organización social concreta.

En este aspecto, lo que constituye la novedad de Gramsci es, en primer lugar, el carácter orgánico y de interacción que atribuye a las esferas del bloque histórico y, en segundo lugar, el hecho de considerar que la unidad, la relación entre ambas esferas, está fusionada por la ideología, por lo que resulta obligatorio hacer un análisis concreto de cada bloque histórico y de los cambios que en ellos se producen para distinguir entre lo orgánico y lo ocasional.

Lo nuevo en Gramsci está dado por el carácter filosófico que le atribuye al desenvolvimiento de la estructura y él trasciende, en sus escritos últimos de los Cuadernos de la Cárcel, esta división simplificada y estratifica en que se presentan en el marxismo clásico estas categorías, ya que las cruza, en su conjunto, con el rol de la filosofía, de la cultura, dado que la propia estructura representa un conjunto de relaciones sociales.

Esto implica que Gramsci desarrolla dos procesos completamente novedosos para la cultura política. De una parte, confiere una dialéctica de autonomía a las ideas, que pueden avanzar, estar más allá, de la estructura y con la cual no hay una relación de dependencia, o sea, las libera del determinismo economicista, y, de otra parte, establece que las propias relaciones materiales no pueden ser abordadas como si fueran fenómenos a estudiar por la física, la química o las ciencias naturales, sino en su dimensión filosófica, política, en cuanto relación social entre seres humanos.

4.-  Clave, en la redefinición de la nueva estrategia diferenciada para Occidente que elabora Gramsci, es determinar el alcance del concepto de sociedad civil y el vínculo que esta establece con la sociedad en general. Gramsci separa, de una parte, la sociedad civil de la esfera de las relaciones económicas y la coloca en la superestructura, concediendo a ésta un papel autónomo y dinámico radicalmente distinto del que tiene la visión clásica.

De otra parte, distingue, en la superestructura, el momento fundamental del consenso, que es típico de la sociedad civil, del momento coercitivo de la ley, que por el contrario es típico de la sociedad política, es decir, del Estado, del cual elabora una visión ampliada de su carácter.

La reconceptualización gramsciana de la sociedad civil representa una novedad no sólo respecto de Marx sino también de la cultura filosófica y política en general.

Gramsci confiere al concepto de sociedad civil un ámbito más restringido que el de Marx, dado que excluye de ella la estructura económica, y le da un contenido absolutamente moderno, radicado totalmente en la superestructura. La sociedad civil es el lugar específico de la producción del consenso y, por tanto, la base real, la garantía de la estabilidad del Estado, la sede del desarrollo de la hegemonía.

Es el contenido ético del Estado. A través de la sociedad civil, el Estado forma el consenso, trata de elevar a la población al nivel de las exigencias del modelo productivo. Es aquí donde se produce el paso de lo objetivo a lo subjetivo, de la economía al programa político, y a la ética, de la necesidad a la libertad, y a este proceso Gramsci le llama “catarsis”, con lo cual logra un punto de partida más elaborado que el de Marx.

En definitiva, la elaboración gramsciana implica la superación de la dicotomía entre superestructura y estructura, lo que en el plano filosófico representa la superación de la subordinación de la ideología de la materia, que es el punto de partida de muchos de los elementos conflictuales y unilaterales presentes en la “esencia” del marxismo, la superación de una visión reductiva del Estado que fue visto sólo como un órgano coercitivo.

5.- El centro de toda la concepción de la superestructura de Gramsci y de su extensión del concepto de Estado, ya sea respecto de Marx o, en general, de la filosofía política de la época, reside en el tema de la hegemonía.

A través de ella se expresa la relación entre sociedad civil y Estado, la dialéctica entre consenso y autoridad, la diferencia entre “guerra de posición” –que comporta una profunda reforma intelectual y moral como la difusión de una nueva hegemonía que transforma la filosofía en “sentido común” de la sociedad– y “guerra de maniobras” –que era el modelo típico de las revoluciones jacobinas, pasando por la francesa, la rusa y por la mayoría de eventos de los últimos dos siglos–. Ellos comportaron siempre, como común denominador, la idea del asalto, del acto palingenético, la utilización de la violencia como “partera de la historia”.

Este conjunto de nuevas definiciones o la reformulación moderna de ellas, es el nudo de la elaboración gramsciana y, sin duda, su mayor aporte filosófico a la teoría política en general.

Al respecto, hay que siempre tener presente que el centro de la atención teórica de Gramsci fue indagar sobre las relaciones de poder y la formas en cómo la cultura era capaz de elevar a las clases subalternas a clase dominante, construyendo hegemonía antes de ser dominante y después de haber alcanzado este objetivo, como un proceso, por tanto, perenne.

Aquí se vincula a Maquiavelo para tomar en su propia noción de hegemonía esta doble naturaleza del centauro maquiavélico, “de la bestia y del hombre”, de la violencia como factor que, en definitiva, por sí solo, no logra construir una nueva civilización.

Hay que tener presente que, para Gramsci, Maquiavelo representó una alternativa progresista y moderna al feudalismo.

Gramsci presenta a Maquiavelo como un verdadero jacobino, adelantado a su tiempo, ya que la idea del príncipe unificador encarna una voluntad colectiva de romper con la estructura feudal, con el papado –que representaba una de las dificultades para la unidad de los diversos estados italianos–, al tiempo que veía en la organización de las clases productivas de la época el motor de esta acción.

Sin embargo, el concepto de hegemonía en Gramsci no es reducible a una contraposición entre el consenso y la fuerza, toda vez que aún cuando este se da en la sociedad civil, se da en la perspectiva de convertirse en Estado y el Estado es coerción legalizada, y es consenso, cuando el Estado es democrático. Por tanto, en Gramsci el concepto de hegemonía es flexible y no reducible a una sola impostación.

Pero hegemonía es en Gramsci un poder basado en la persuasión, en la creación de una voluntad colectiva nacional popular, es sinónimo de dirección cultural, es el componente obligatorio de la ampliación social e ideológica del Estado en general, es un momento de medición entre teoría e historia, un momento de tránsito de la filosofía de la praxis a la ciencia política. Es decir, no es sólo ideología, es movimiento social con las complejidades que ello expresa.

La hegemonía, rememoro lo que afirmaba también el sociólogo Antonio Cortés, no es un proceso único y para siempre, debe renovarse constantemente antes y después que los sectores subalternos acceden al poder. Esta hegemonía debe expresarse en un proyecto nacional y popular, es decir, en historia y en pueblo en general más allá del proletariado, y debe además, generar un Estado que represente el interés general, o sea, el interés de todos los ciudadanos. El nuevo poder es legítimo si es capaz de representar la voluntad colectiva nacional.

Para Gramsci, por tanto, la hegemonía exige una constante capacidad para renovar la legitimidad y para construir nuevas esferas de consenso y de productividad cultural, de manera tal que el conflicto por la hegemonía queda siempre abierto, no se gana de una vez para siempre, está en disputa y ello prefigura la posibilidad de la alternancia.

La concepción de hegemonía supone un régimen político de libertades y  Gramsci lo señala claramente: “Somos liberales, aun cuando somos socialistas… el liberalismo en cuanto a costumbres, hábitos, reglas, es condición ideal e histórica del socialismo”.

En Gramsci el Estado deja de ser “el comité de gestión de los asuntos burgueses”, como lo llamaría Marx. El Estado ya no se reduce en Gramsci al momento de la fuerza, sino que  engloba prioritariamente el momento de la producción del consentimiento por medio de los “aparatos ideológicos” y a través de la interacción con la sociedad civil.

En este punto, hay críticas a Gramsci de parte de algunos estudiosos, pienso en Perry Anderson, que sostiene que Gramsci habría ubicado la coerción en el Estado y la ideología en la sociedad civil. Gramsci ubica la ideología en la superestructura y, por ende, ella juega un rol ya sea en la sociedad política, cuando el Estado es amplio y capaz de ejercer hegemonía, como en la sociedad civil donde se forma la hegemonía de los grupos ascendentes.

Gramsci sostiene que no hay ideologías puras. Hay contaminación, dado que la ideología se socializa no sólo entre filósofos o especialistas sino principalmente en las personas a través del sentido común y de las creencias populares, que tienen una enorme potencialidad.

Es en la extensión del Estado y en la supremacía de la política, entendida como la búsqueda de consenso, persuasión, liderazgo, construcción de un proyecto interpretativo de la voluntad colectiva nacional, donde radica la novedad que Gramsci construye a través de la noción de hegemonía.

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