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La tiranía de la desigualdad: para una crítica a Axel Kaiser

por 19 octubre, 2015

La tiranía de la desigualdad: para una crítica a Axel Kaiser
Pensar políticas públicas de índole igualitaria implica entender que las elites deben ser parte de los sistemas públicos, aun a costa de restringir su libertad. En la práctica, esto implica tener sistemas de salud como el de Inglaterra, donde los ricos y los pobres concurren por igual a los servicios de sanidad pública. En materia educacional, esto implicaría revivir una tradición liberal igualitarista chilena que entendía a la educación pública, justamente, como el espacio donde se construía la república.

El abogado Axel Kaiser ha publicado recientemente un provocador libro titulado La Tiranía de la Igualdad  (Ediciones El Mercurio, 2015) en donde despliega una ácida crítica en contra de lo que el autor denomina las “políticas públicas igualitaristas”. Este libro viene a ser un nuevo intento de Kaiser por posicionar en el debate público chileno las denominadas “ideas libertarianas”. Así se conoce a las posiciones intelectuales defendidas por determinados autores en Europa y en Estados Unidos, que reclaman contra la expansión del aparato público y los derechos sociales. Esta es la agenda de la Fundación para el Progreso, iniciativa del empresario Nicolás Ibáñez Scott.

Kaiser, el Libertario

Los “libertarianos”, en rigor, conocen dos versiones. Una proviene de Estados Unidos, en particular de la costa Este, específicamente en Chicago y alrededores. Allí se debe ubicar la obra no solo de Milton Friedman sino también del influyente filósofo Robert Nozick. En la política electoral, destacan el varias veces precandidato presidencial Ron Paul y su hijo Rand Paul, ambos conocidos por sus planteamientos libertarianos. La otra escuela “libertariana” proviene del pensamiento europeo, denominado “austrolibertario”, inspirado en lecturas de dos filósofos en particular, Von Hayek y Von Mises. El libro de Kaiser combina ambas tendencias, dando paso a una crónica con remembranzas de la obra escrita por Robert Nozick en 1974, llamada Anarquía, Estado y Utopía. En ese texto, Nozick enjuiciaba a otro citado filósofo, el profesor de Harvard John Rawls, a raíz de su célebre Teoría de la Justicia publicada en 1971.

El libro de Rawls coincidió con la generación de Vietnam, la agudización de la Guerra Fría contra el Kremlin y el inicio de la globalización. Su relevancia teórica y política, entonces, tuvo motores de galope que propiciaron el contexto para abrir espacio a un liberalismo igualitarista, un liberalismo inspirado en principios de justicia distributivos y en políticas sociales que beneficien estructuralmente a quienes menos tienen. En específico, Rawls proponía el llamado “principio de la diferencia”, esto es, un principio según el cual se deben escoger y promover las políticas públicas que, comparativamente, mejor dejan a los menos favorecidos. Para cierta derecha norteamericana, y también para cierta izquierda, las ideas de Rawls fueron un eje desde donde posicionarse en el mapa político de finales de siglo.

El libro de Nozick, entonces, es una reacción a ese liberalismo igualitarista de Rawls. Nozick despliega allí a una crítica “libertaria”, de la cual saldría un programa de acción tendiente a un Estado “mínimo” y enfocado en proveer de reglas (tampoco muchas) que den un marco de acción donde los sujetos puedan desarrollarse “libremente”. El libertarianismo, en la versión de Nozick, es una defensa a brazo partido de la no intervención estatal, siendo la retórica de los talentos y los dones el antídoto contra todo rastro de utopía estatista. El ejemplo favorito de Nozick, para dar una muestra de talentos innatos y la imposibilidad de igualarlos, era Wilt Chamberlain, famoso basquetbolista de los años 60. Aquí hay una sincronía interesante pues, curiosamente, el ejemplo favorito de Axel Kaiser para argumentar contra la filosofía igualitarista es Alexis Sánchez.

Un liberalismo republicano está dispuesto a renunciar a determinadas libertades en pos de la construcción de lo común, de lo que nos iguala y nos permite, a todos, integrar un todo que nos trasciende. Más allá del Leviatán y su imponente figura, más allá del Estado y sus oficinas burocráticas, hay un todo que lo trasciende y lo hace narrativa. Es la república como ideal ilustrado y práctica política. La tensión entre libertad e igualdad, ese baile conceptual y político, esa erótica propia de la contingencia, es parte esencial del proyecto republicano. Es justamente esa operación la que niega Kaiser.

Esto es más que una coincidencia, es la muestra arquetípica sobre cómo razona Kaiser. Él piensa que, en el fondo, el deseo de conseguir mayores niveles de igualdad proviene de un ethos autoritario que socava los principios mismos de la libertad. Al igual que Nozick, Kaiser piensa que hay un marco limitado donde el Estado debe accionar, pues existen restricciones morales a su expansión. En este sentido, la expansión del Estado como fuerza igualadora conlleva también la ampliación del gasto público y de estructuras gubernamentales. Es aquí donde Kaiser sigue a Hayek y las políticas fiscales que se siguen de su disputa contra Keynes. En otras palabras, el pensamiento de Kaiser podría sintetizarse en dos máximas. Primero, el Estado no debe perseguir fines igualitaristas pues eso daña la libertad individual y, segundo, el Estado no debe financiar políticas públicas igualitaristas, pues esto es insostenible. Para quien no siga sus dos máximas, Kaiser pronostica los peores infiernos, ineficiencia, crisis, corralitos, deudas, burócratas, miseria.

Libertad para las elites

En su mejor lectura, el libro de Kaiser es una provocación “libertariana”. Sin embargo, es útil analizar su argumento general en un sentido crítico. La gran preocupación de Kaiser es socavar los cimientos de cualquier filosofía igualitarista, sea esta el marxismo, la socialdemocracia o liberalismo igualitarista rawlsiano. Su objetivo es claro, pretende mostrar que todas ellas son doctrinas que dañan, cual más, cual menos, la libertad individual de los sujetos. ¿Qué sujetos? Kaiser no responde directamente, aunque sí menciona a aquellos “que mejor les ha ido”, “los que se han sacrificado”, y expresiones similares, sin usar nunca términos como “elites”. De ahí que sea interesante criticar el punto de vista de Kaiser respecto a las elites y examinar cuál es la posición de estas en el organigrama filosófico de los libertarianos.

Al tener como norte un Estado mínimo, los libertarianos restringen al máximo las funciones del aparato estatal. El Estado es solamente responsable por entregar mínimos sociales, mediante subsidios o transferencias directas.  Quienes sí pueden concurrir al mercado, entonces, se estratifican según el precio que pagan y el bien al que acceden por ese precio. Por ejemplo, en materia educacional, el Estado provee un mínimo en Liceos públicos y, fuera de eso, cada familia paga lo que puede en el mercado.

Quien puede pagar en el mercado por un determinado bien tiene la experiencia de una “libertad” en el sentido de que accede al bien que él elige por un precio que paga voluntariamente. Quien sí puede pagar por un bien en el mercado no necesitaría, entonces, de ninguna “ayuda” estatal. De esta forma, el Estado mínimo se enfocaría en los más pobres, aquellos que no pueden acceder a nada en el mercado de un determinado bien. En el otro polo, la estratificación entregará un depurado que configurará a un determinado sujeto social como el privilegiado en la distribución del determinado bien. En el caso de la educación, el sistema chileno de estratificación generó un polo de acumulación de capital social en determinados establecimientos particulares pagados de Santiago.

¿Cómo podría justificarse una reforma del sistema educacional particular pagado? ¿Cómo el liberalismo podría asumir el problema de la concentración del capital social? ¿Qué es aquello común que podría hacernos renunciar a ciertas libertades? Kaiser piensa que no tiene sentido incluir a las elites en políticas públicas universales. Sería expropiatorio restringir la libertad de acumulación de capital social en el sistema educacional, piensa el autor. Los liberales rawlsianos, en tanto, dirían que gastar en las elites es injusto en cuanto esto no mejoraría necesariamente la posición de aquellos menos aventajados. Es aquí donde aparece un problema común entre los rawlsianos y los libertarianos, cual es que ambos optan por desconocer el problema de que sus políticas sociales generan incentivos a las elites para construir aparatos institucionales paralelos a los públicos que se constituyen como entes culturales hegemónicos.

Pensar políticas públicas sin estratificación implica renunciar al dogma que Kaiser y otros libertarianos repiten sin cesar. Pensar políticas públicas de índole igualitaria implica entender que las elites deben ser parte de los sistemas públicos, aún a costa de restringir su libertad. En la práctica, esto implica tener sistemas de salud como el de Inglaterra, donde los ricos y los pobres concurren por igual a los servicios de sanidad pública. En materia educacional, esto implicaría revivir una tradición liberal igualitarista chilena que entendía a la educación pública, justamente, como el espacio donde se construía la república. Y esto es un punto clave pues, en su mejor lectura, la filosofía política de Kaiser es una filosofía antirrepublicana, que ve en lo público mera metafísica, sofistería, trucos comunicacionales de las izquierdas borrachas de épica revolucionaria.

Con todo, la pregunta por las elites, para ser justos, tampoco aparece claramente en Rawls. El liberalismo, en general, ha obviado el problema institucional que significa tener elites privilegiadas en la distribución de determinados bienes. Sea por vías públicas o privadas, las elites ya no conocen de esas fronteras, la configuración institucional termina por sostener y alimentar políticas públicas que no enfocan a la elite, sino a los pobres. Así, por ejemplo, la filosofía política rawlsiana pretende disminuir la pobreza y no acortar la desigualdad.

Para discutir con el libertarianismo de Kaiser, el liberalismo debe ser capaz de leer y rescatar el principio republicano de la filosofía política ilustrada. Esto implica que la construcción de ciertos bienes públicos, de ciertos espacios públicos, contribuye a la creación de un ethos, un cierto carácter republicano. Renunciar a esa dimensión de la vida política implica un cercenamiento filosófico de una de las raíces mismas del proyecto ilustrado. Así lo entendían los liberales del siglo XIX y algunos del siglo XX, que veían en el ideal republicano una razón para la igualdad. No se trata hoy, ni se trataba entonces, de que los hombres fueran iguales en todo, sino que fueran iguales en algo. Es algo que los hace comunes y parte de una vida en común con la cual pueden ser rebeldes, revolucionarios o férreos defensores. La república implica un reconocimiento de ese espacio común por el cual vale la pena sacrificar libertades absolutas y contingentes. Ese compromiso no se basta, meramente, con el pacto hobbesiano para construir el Leviatán.

En un sentido filosófico, un liberalismo republicano está dispuesto a renunciar a determinadas libertades en pos de la construcción de lo común, de lo que nos iguala y nos permite, a todos, integrar un todo que nos trasciende. Más allá del Leviatán y su imponente figura, más allá del Estado y sus oficinas burocráticas, hay un todo que lo trasciende y lo hace narrativa. Es la república como ideal ilustrado y práctica política. La tensión entre libertad e igualdad, ese baile conceptual y político, esa erótica propia de la contingencia, es parte esencial del proyecto republicano. Es justamente esa operación la que niega Kaiser, y en todo intento igualitarista solo ve réplicas de la RDA.

Esa es precisamente la forma en que razonan otros que recurren permanentemente a la frase “eso es nivelar para abajo”, cuando se sugieren políticas públicas universales. Esa es la verdadera tiranía de la desigualdad, un fanatismo de la libertad, libertad para algunos, y la negación de lo común para los demás.

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