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Más ciencia en Chile: de la contingencia a la discusión constitucional

por 1 enero 2016

El año 2015 llega a su fin y, como es habitual en nuestro país, distintos recuentos sobre lo ocurrido durante los últimos 365 días se toman la red. Estos aparecen como enumeraciones, típicamente cronológicas, de aquellos eventos que se constituyeron como “contingencias” a lo largo del año –las que hoy son típicamente escándalos y aristas (léase Caval, Corpesca, Penta, SQM, etc.). Contingencias que, además, según sean los intereses del autor, han hecho de 2015 un gran o un pésimo año para Chile. Sin embargo, más allá de las valoraciones respecto a estos eventos, dichos recuentos pecan de una cierta resignación: una resignación a seguir hablando “de lo que se habló”. Si bien cumplen con ejercitar nuestra memoria y recordarnos lo vivido –este año–, estos recuentos, en tanto análisis, fallan en hacernos mirar por encima de la agenda urgente, establecida precisamente por “la contingencia”.

En este línea, para quienes nos preocupamos por el rol que las ciencias naturales y humanas juegan en el desarrollo nacional, no basta con recordar el impacto mediático que este tema –finalmente– alcanzó durante el pasado mes de noviembre. Y, a través de ese recuerdo, “cruzar los dedos” para que nuestro interés se vuelva a tomar la agenda en algún punto de 2016; algo que, siendo realistas, es altamente improbable teniendo a la vista un año electoral. Por lo mismo, convertir esta relevancia contingente en una voz dentro del próximo debate constitucional aparece como la mejor forma de traducir esta breve e inesperada presencia en un real impulso para desarrollar más y mejor ciencia para Chile. Una voz que, por cierto, no solo demande más ciencia, sino que primero ponga sobre la mesa un tema central que nuestra nueva carta magna debe abordar: el modelo de desarrollo que nuestro país adoptará para insertarse en el mundo actual. Jubilando así el obsoleto extractivismo de inicios y finales siglo XX, donde la actividad científica poco y nada tiene que aportar al país.

Una voz que, por cierto, no solo demande más ciencia, sino que primero ponga sobre la mesa un tema central que nuestra nueva carta magna debe abordar: el modelo de desarrollo que nuestro país adoptará para insertarse en el mundo actual.

Sobra decir que lograr tal posicionamiento en un debate tan relevante como el constitucional es una carrera que corremos muy cuesta arriba como comunidad científica. No solo por la urgente necesidad de atender a muchas otras áreas (educación pre-escolar y escolar, salud pública y pensiones), sino también por lo ajeno que nos resulta la ciencia como país. Lo anterior, muy probablemente, se potencia por lo esquivo que es el trabajo científico respecto a los logros en el corto plazo; una característica con la que el Chile actual, especialmente a nivel de elites, simplemente no sabe lidiar aún. Es precisamente por esto que si como país decidimos invertir a nivel económico y especialmente a nivel social en ciencia, estaremos mirando más allá de lo urgente –lo contingente– y finalmente pensando en aquello que es importante. Importante para desarrollarnos más allá de la extracción desatada de lo que nuestra generosa geografía nos ha entregado; e importante para que la ciencia pueda contribuir efectivamente al desarrollo del país.

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