Sábado, 25 de junio de 2016Actualizado a las 13:36

Autor Imagen

De la denuncia del horror vacui a la renuncia al pensamiento estratégico

por 2 febrero 2016

Durante los últimos días, fueron publicadas las columnas Podemos y el Horror vacui de la izquierda y Políticas X-Men, que visibilizan la intención de su autor por instalar el debate sobre las formas de articulación política. Desde la noción de horror vacui, tomada prestada desde la estética para caracterizar temores y traumas en la izquierda que la conducen a un deseo por abarcarlo, comprenderlo y controlarlo todo, se desprende una serie de críticas: i) en relación con las formas tradicionales de organización política en la izquierda y cómo se comprende la práctica militante; ii) el problema del poder como centralidad política de la izquierda; iii) la pretensión fatua de la izquierda por “predecir” el futuro. Sobre ellas se planteará el debate con la intención de visibilizar peligros que pueden castrar la potencialidad transformadora de la política de izquierda.

La organización política tradicional, caracterizada por Ried como aquella que tiene por centralidad la conquista y conservación del poder, impone una serie de criterios que buscan direccionar y disciplinar las prácticas políticas autónomas, a través de una política militante con liderazgos autoritarios y basada en la obediencia y la disciplina.

En contraste, dicho autor reivindica nuevas formas de articulación (evita hablar de organización) concebidas desde la afinidad –como convergencia libre y concertada– y la interdependencia –en tanto reconocimiento material de la imposibilidad de abstraernos de las relaciones interpersonales en las que nos desenvolvemos–. Lo que está en juego es, en primer lugar, la articulación entre organizaciones y movimientos políticos y/o sociales y, en segundo lugar, el estatus del individuo que adscribe y participa en una organización.

Por una parte, se plantea una crítica acertada a la organización política que se autoconcibe como el universal que une lo múltiple, homogeneiza los particulares y distribuye sentido a las luchas “bajando la línea”. Pero eso no implica idealizar la particularidad, sino comprenderla como punto de partida para la construcción de una totalidad no totalizante, que conciba la particularidad como momento de su propia creación y a través de las cuales se concretiza, abierta y sin pretensiones de cierre, móvil y frágil en la medida en que está sujeta a los vaivenes de la lucha. Se trata de pensar la organización en constante proceso de construcción, que se gesta como herramienta desde abajo, que sintetiza aspiraciones y no impone necesidades, que dinamiza procesos antes que conduce movimientos.

Por otra parte, es necesario tensionar la contraposición entre afinidad e interdependencia a obediencia y disciplina, como una nueva reedición de la vieja dicotomía entre consenso y coerción como formas puras antes que como momentos articulados. De hecho, la participación en una organización (política, social, cultural, deportiva, etc.) necesariamente posee ambas dimensiones. El peligro latente tras una aproximación que comprende la acción colectiva exclusivamente desde la afinidad, es transformar la organización en una mera asociatividad, líquida y volátil, carente de estructuras para viabilizar la elaboración colectiva y dar sostenibilidad a la práctica común.

La denuncia del horror vacui, tal como se presentó, conlleva implícitamente una renuncia al pensamiento estratégico: se difumina la noción de organización, se rechaza una perspectiva de poder, se abandona la necesidad de una estrategia. Estamos frente a un nuevo concepto de lo político que solo sirve para resistir, cuando la política se trata de vencer.

Esta nueva forma de articulación, nos dice, viene a introducir un nuevo concepto de lo político, cuyo centro es la comunidad, y no el poder. Sin embargo, comete el error de disociar y contraponer comunidad frente a poder (The X-men, de Xavier, frente a The Brotherhood, de Magneto). Con ello, desarticula la “práctica comunitaria” de la “participación militante”. No se trataría del clásico abismo entre lo político y lo social, sino de una resignificación de lo político desde lo social que instala una pregunta que adquiere centralidad estratégica: la relación entre sujeto (la “comunidad”) y poder, pero que escamotea negando dicha relación.

Mazzeo, en reflexiones sobre el poder popular, desarrolla la noción de sujeto y su constitución como voluntad en movimiento. Desde su aproximación, el sujeto puede comprenderse ya como ejercicio de autoponerse en movimiento –adscribiendo a móviles que no provienen de agentes externos sino que radican en sí mismos–; ya como movimiento de autocreación –en la medida que el sujeto se crea creando, donde crear es, al mismo tiempo, crearse; ya como movimiento de reconocer y ser reconocido– que permite al sujeto subjetualizarse en tanto reconoce a otro sujeto como sujeto y es reconocido como tal.

El sujeto para autoponerse en movimiento, crearse, reconocerse y ser reconocido requiere de posiciones de poder; para contradecir los condicionamientos estructurales que se ejercen sobre ellos, para no someterse pasivamente al mundo tal como se le presenta, requiere necesariamente pensar, construir y ejercer poder.

El debate con centralidad estratégica, por tanto, debe ser qué tipo de poder y qué perspectiva de poder. La contraposición radical entre comunidad y poder de Ried no es otra cosa que una renuncia a cualquier perspectiva de poder. Su invitación es, en sus palabras, a abandonar el punto de vista del poder y comenzar a pensar desde las resistencias.

Dicho planteamiento queda preso en la categoría de la negatividad, ya que no da el siguiente paso hacia la construcción. Se trata de un “no” sin potencia ni latencia, que remite exclusivamente a la nada. Ernst Bloch decía que el “no” es simultáneamente falta de algo y huida de esa falta. Pero la huida de esa falta puede ser un impulso hacia lo que falta o simplemente una huida. En un ejercicio dialéctico a medias –o abiertamente, antidialectico–, la resistencia constituye en sí toda concreción histórica posible y cualquier apuesta por proyectarla aparece sospechosa de direccionamiento y disciplinamiento.

Finalmente, el diagnóstico de horror vacui apunta directamente a la pretensión de predecir el futuro. Una imposibilidad, dice Ried. Y solo podemos estar de acuerdo. Sin embargo, es necesario plantear matices.

El desafío no es la realización de “predicciones” tras el descubrimiento de leyes generales que permitan develar un destino implacable y providencial. Al contrario, se trata de plantear una anticipación histórica de carácter condicional (un “qué sucedería de malo si…”) que se expresa en una hipótesis estratégica y que abre paso a la apuesta política, como despliegue de una voluntad consciente.

Bensaid, en una de sus iluminaciones profanas, afirma que el revolucionario no es un oráculo que predice el futuro, sino un profeta que denuncia la posibilidad de una catástrofe inminente y visualiza caminos de salida (parafraseando a Lenin, “la catástrofe inminente y los medios para conjurarla”)1. Esta perspectiva implica apertura a la imaginación política y el reconocimiento de que toda estrategia solo es una hipótesis que se probará en la propia práctica, siendo evaluada a posteriori.

Es desde la óptica de esa apuesta o hipótesis, desde donde se deben leer procesos políticos para evaluar avances parciales o retrocesos, derrotas o victorias. ¿Si no, sobre la base de qué justificar los criterios a utilizar para dicha valoración?

La denuncia del horror vacui, tal como se presentó, conlleva implícitamente una renuncia al pensamiento estratégico: se difumina la noción de organización, se rechaza una perspectiva de poder, se abandona la necesidad de una estrategia. Estamos frente a un nuevo concepto de lo político que solo sirve para resistir, cuando la política se trata de vencer.

1

Compartir Noticia

Más información sobre El Mostrador

Videos

Más Noticias

Blogs y Opinión

Encuesta

Mercados

TV

Cultura + Ciudad

Deportes