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Podemos y el “Horror vacui” de la izquierda

por 14 enero 2016

"Horror vacui” es una expresión latina usada en estética para describir una cierta obsesión por rellenar los espacios vacíos. En pintura, se representa por saturar el lienzo con imágenes, figuras o líneas, dejando ningún espacio vacío. Horror vacui es el temor al vacío, a la vez que una pretensión por abarcar y dominar todo el plano del que se dispone, intentando hacer de la obra algo que se cierra, que se termina. Temer al vacío es una manera inocente de abordar un lienzo, ya que implica no comprender que siembre habrá algo de la obra que no podremos manejar, algo que siempre estará abierto, una batalla sobre la que no podremos triunfar.

En política militante —aquella que tiene por objeto primero la consecución y conservación del poder—, horror vacui es la expresión que caracteriza la forma misma de participar en la discusión, imponiendo criterios determinados de éxito y derrota, de suma y resta, de orden y caos. Ejemplo de esto se presenta en una breve discusión local chilena a propósito del movimiento Podemos en España. Luis Thielemann publicó Notas sobre Podemos, su encrucijada y su lectura desde Chile, donde argumentaba en contra del enaltecimiento de la organización española, argumentando en dos sentidos: primero, que “[e]l problema es que, más allá de salir de la marginalidad política, Podemos aún no logra derrotar a nadie más que a la intrascendente izquierda existente hasta ahora en la península”; y segundo, que “[n]o se han conformado nuevos movimientos, nuevas organizaciones de base, ni mucho menos organizaciones de clase, ni en su sentido más amplio (lo popular, por ejemplo)”.

Estos dos sentidos, éxito electoral y articulación política, son precisamente los pilares centrales del horror vacui político: ganar elecciones y organizar movimientos sociales son criterios que buscan darle una dirección cierta, disciplinada y ordenada a la práctica política, sin comprender que hay algo que también se juega en el hecho mismo de aparecer de manera desobediente en el lienzo político.

 El horror vacui de cierta izquierda lleva a hacer derrotas de ciertos triunfos, forzando una lectura sobre procesos que no tienen un cierre ni una finalidad ciertas. Es el mismo trauma que, en el caso chileno, considera un fracaso el movimiento estudiantil, ya que si bien logró articular un movimiento determinado, no logró conseguir todo lo que se propuso; es el mismo trauma que lee el proceso constituyente como un fracaso que no logra redactar la nueva Constitución. Trauma que impide ver que la politización no radica en el triunfo, sino en la desobediencia misma que logra conformar afinidades e interdependencias que antes eran impensables.

Podemos es un movimiento que, desde el punto de vista de la política militante, no ha ganado elecciones y no ha hecho de “los indignados” algo más que un grupo de votantes, es decir: no ha hecho de su aparecimiento una práctica del poder. Pero ¿ello implica que Podemos carece de politicidad, o que es una simple postal que se suma al triste anecdotario de la izquierda de los últimos años? Pensar a Podemos desde el punto de vista de la resistencia, y ya no desde el del poder, nos sirve para entregar una respuesta negativa. La politicidad de Podemos radica en desobedecer y resistir a las prácticas políticas militantes de la izquierda, reconfigurando cierta noción de lo político, de la articulación y de la militancia.

Es interesante que Thielemann hace referencia a otro texto de opinión publicado a propósito de Podemos, en Chile: Podemos y lo político, de Ricardo Camargo, es una defensa cartográfica de Podemos, y digo “cartográfica” ya que nos ofrece una lectura desde los caminos, las rutas y los mapas del movimiento español. Camargo sostiene una lectura del concepto “atajo” que nos permite decir que Podemos es una manera de concertar la desobediencia con fines políticos prácticos, argumentando que un atajo es simplemente una ruta distinta de la ruta obvia. Un malestar social que se organiza y se articula, pero sin ganar elecciones ni hacer de los votantes una organización social, es lo que critica Thielemann a Camargo, evidenciando una vez más lo que aquí denominamos horror vacui: ese terror de la izquierda militante ante la imposibilidad de conocer y manejar el futuro en política, haciendo de lo político un espacio de triunfo electoral y organización social disciplinada, o en otros términos un modo de asegurarse de antemano la participación exitosa en la polis.

Ante el horror vacui con el que el capitalismo neoliberal traumatizó a la izquierda, hay que oponer un concepto de lo político que tenga por centro no el poder, sino la comunidad: en Chile, la dictadura destruyó principalmente la práctica comunitaria de la sociedad, reduciendo las posibilidades de hacer política a la participación militante y disciplinada que, siendo necesaria en los años 90, ya no se presenta como la forma única de lo político. El horror vacui de cierta izquierda lleva a hacer derrotas de ciertos triunfos, forzando una lectura sobre procesos que no tienen un cierre ni una finalidad ciertas. Es el mismo trauma que, en el caso chileno, considera un fracaso el movimiento estudiantil, ya que si bien logró articular un movimiento determinado no logró conseguir todo lo que se propuso; es el mismo trauma que lee el proceso constituyente como un fracaso que no logra redactar la nueva Constitución. Trauma que impide ver que la politización no radica en el triunfo, sino en la desobediencia misma que logra conformar afinidades e interdependencias que antes eran impensables.

No hay que temer al vacío sobre el lienzo, sería la gran enseñanza que una de las mayores obras de arte del período soviético debería enseñarnos: “Cuadro blanco sobre fondo blanco”, de Kazimir Malévich.

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