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Empresas y comportamiento ético

por 17 julio, 2017

Empresas y comportamiento ético
La inmadurez moral de nosotros los adultos chilenos es, sin lugar a dudas, transversal. Sin embargo, para quienes tenemos poder económico, político, judicial, religioso, social, cultural, etc., ese insuficiente desarrollo de la conciencia moral llega a tener efectos devastadores en las personas, familias y comunidades que se ven impactadas con nuestras acciones y decisiones. Una de las causantes de este fenómeno ha sido la exacerbación del individualismo contra la preocupación por lo común, es decir, la hiperconcentración en uno mismo, en los beneficios personales, ignorando a los demás, sus intereses, necesidades y preocupaciones.

Llevo años escuchando las dificultades que presentan algunas empresas prestadoras de servicios que se adjudican las licitaciones de la Junaeb para entregar alimentación a los niños y las niñas de Chile, en las escuelas, jardines infantiles, etc. Estos, los niños más vulnerables del país, son los que presentan mayores problemas y necesidades de una alimentación adecuada y terminan siendo afectados. Y me pregunto: ¿a quién le importa dentro de esas empresas?

Conocí este tipo de servicio de manera directa trabajando en el año 1988 en un Centro de Atención Diurna del Hogar de Cristo de El Castillo, en La Pintana –subvencionado por el Sename–, que acogía a más de 300 niños y niñas. Tuvimos dificultades que fuimos resolviendo con la empresa, sin embargo, siempre había que estar atento al contenido de la alimentación, a su preparación y entrega, y recurrentemente me preguntaba si no debían ser ellos mismos los que se preocuparan por atender bien a los niños y niñas de Chile. ¿Por qué los teníamos que vigilar si son adultos y supuestamente responsables? ¿Por qué teníamos que estar revisando las minutas para que no nos engañaran, o la calidad y cantidad de los componentes para que no se dañara la salud de los más pequeños y vulnerables?

Esto mismo se deben preguntar los equipos de Junaeb, que empujan día a día para que el servicio sea de primera calidad y que los estudiantes de Chile reciban de manera oportuna una alimentación con alto estándar, sabrosa y nutritiva.

La inmadurez moral de nosotros los adultos chilenos es, sin lugar a dudas, transversal. Sin embargo, para quienes tenemos poder económico, político, judicial, religioso, social, cultural, etc., ese insuficiente desarrollo de la conciencia moral llega a tener efectos devastadores en las personas, familias y comunidades que se ven impactadas con nuestras acciones y decisiones.

Una de las causantes de este fenómeno ha sido la exacerbación del individualismo contra la preocupación por lo común, es decir, la hiperconcentración en uno mismo, en los beneficios personales, ignorando a los demás, sus intereses, necesidades y preocupaciones. En ese contexto se entiende por qué tantas personas consideran que los impuestos son un robo del Estado, que un alto porcentaje de ciudadanos desee sus ahorros previsionales solo para sí y no acepte que estos se redistribuyan más equitativamente, alcanzando pensiones más justas que permitan una vejez más digna, como también sucede en salud… o que no queramos vivir junto a familias de estratos sociales más pobres (o educarnos juntos).

Conocí este tipo de servicio de manera directa trabajando en el año 1988 en un Centro de Atención Diurna del Hogar de Cristo de El Castillo, en La Pintana –subvencionado por el Sename–, que acogía a más de 300 niños y niñas. Tuvimos dificultades que fuimos resolviendo con la empresa, sin embargo, siempre había que estar atento al contenido de la alimentación, a su preparación y entrega, y recurrentemente me preguntaba si no debían ser ellos mismos los que se preocuparan por atender bien a los niños y niñas de Chile. ¿Por qué los teníamos que vigilar si son adultos y supuestamente responsables? ¿Por qué teníamos que estar revisando las minutas para que no nos engañaran, o la calidad y cantidad de los componentes para que no se dañara la salud de los más pequeños y vulnerables?

En psicología entendí que los grados de madurez en este ámbito se caracterizaban por algo que llamamos ‘locus de control’; mientras más externo sea este, más inmaduro somos (es decir, más requerimos que nos vigilen para actuar con justicia); y si este es más interno, la madurez es mayor (nosotros actuamos justamente sin la necesidad de que nos estén controlando). El pillo chileno, tan admirado y aplaudido, es, por lo tanto, un gran inmaduro moral, seguramente se enriquecerá engañando a quienes alimenta, a quienes vende sus productos, a sus clientes, deteriorará en el largo plazo la convivencia nacional y será el principal artífice de la violencia social.

¿Cómo logramos avanzar en que cada vez más personas en Chile, en especial quienes ostentamos algún poder, evolucionen hacia un locus de control interno? Ese es un buen camino para reposicionar los comportamientos éticos en la sociedad, la ocupación por el bien común (que no es la simple suma de los bienes individuales), para que en los negocios no requiramos destinar cuantiosos recursos a la supervisión y la vigilancia, para que no sigamos construyendo al convivencia nacional a partir de la desconfianza y la sospecha, para que los pillos y exitosos no venzan a los honestos y excelentes, para que la comida que entrega una empresa a los niños más pobres de Chile sea la que por contrato corresponda y, además, por compromiso con el desarrollo de nuestro país, sea incluso mejor que lo estipulado en esas bases. Así crecemos todos.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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