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Las elecciones en Chile y el cambio climático

por 8 noviembre, 2017

Las elecciones en Chile y el cambio climático
La gente en Chile está ganando, por todas las regiones. Los que no se den por enterados estarán fuera de la escena política en pocos años. Se acabó la etapa del dominio de las grandes empresas, de las cúpulas partidarias y la de las grandes mentiras de aquellos que prometían que se respetaría el medioambiente y que los beneficios alcanzarían a las poblaciones locales. La toma de conciencia de los chilenos por la justicia climática está empezando a andar en serio. Los desastres naturales, los incendios, las inundaciones, la sequía han despertado a la gente. Si se examina dónde estábamos hace un par de años, la situación hoy es totalmente distinta.

Las frases ausentes en los debates de los candidatos a la Presidencia han sido “avancemos para que se abandonen los combustibles fósiles y se tomen medidas radicales hacia una sociedad mucho más sostenible y equitativa”. Sin embargo, la situación medioambiental de Chile parece implorarles que aprovechen la oportunidad para abrazar la necesidad urgente de transformación y defender nuestro compromiso hacia los pobres y al medioambiente de este país, a los que hoy sufren innecesariamente y a todos los que tienen derecho a un futuro seguro.

Pero no, no han puesto la atención sobre la causa más profunda de los males que provocarán daños irreversibles a la población chilena. No sé si con más gratuidad, no más AFP, ni menos listas de espera, ni más crecimiento económico, los políticos esperan consolar a las víctimas de los próximos incendios forestales, marejadas, inundaciones, temporales y sequías. Algo anda mal, algo falta en los alrededores de aquellos que pretenden ocupar por un corto tiempo el sillón presidencial en La Moneda.

Ahora es cuando necesitamos un intento muy concreto de lanzar un nuevo paquete de políticas energéticas, económicas y medioambientales, que estén en primera línea en el combate contra el cambio climático: desde las comunidades indígenas que luchan en las áreas donde se destruye al bosque nativo a los habitantes de Santiago, Antofagasta, Temuco y Coyhaique, que luchan contra la contaminación del aire por el uso desquiciado del petróleo, gas, carbón y la leña. Después de todo, a nuestros líderes (que no lo son) debería ocurrírseles que finalmente el calentamiento global no es solo una crisis sino que lleva las semillas de una tremenda oportunidad para el cambio, empezar a hacer bien las cosas y cimentar las bases de un Chile mejor.

Una elección más y la gente en Chile se enfrentará, otra vez, a la realidad de que no estamos ganando y avanzando apenas en política medioambiental. Eso no quiere decir que tengamos que sentirnos derrotados, tampoco debemos dejar a un lado aquello por lo que estamos luchando. Al contrario, con los avances ocurridos en el último año de Bachelet tenemos que impulsar aún más la causa ambiental.

Después que termine, el próximo 17 de noviembre, la Conferencia sobre Cambio Climático que se inició ayer en Bonn, Alemania, dos días antes de nuestra primera vuelta, vamos a ser convocados desde el exterior a hacer grandes cosas por el medioambiente. Por lo tanto, no podemos desligarnos de la realidad de la crisis del cambio climático. De lo que se trata es de hacer florecer una idea, una idea radical en el seno de una cultura chilena muy abarrotada de conceptos añejos y conservadores. Vale la pena intentarlo, en cuantas más plataformas, mejor.

Las reformas de Bachelet han señalado el camino. Ya no hay tiempo para la gradualidad exagerada al extremo y los pequeños pasos. Hay que confiar en la gente para lanzar una economía de pocas emisiones contaminantes, para que se ejemplifiquen los principios de justicia y se aborden las injusticias. Cuando se involucra la gente, se acaba teniendo mucho éxito, como hace unos años cuando se detuvieron los megaproyectos de gran impacto medioambiental negativo, como HidroAysén, Dominga, el de Barrick Gold y los glaciares, entre otros.

La gente en Chile está ganando, por todas las regiones. Los que no se den por enterados estarán fuera de la escena política en pocos años. Se acabó la etapa del dominio de las grandes empresas, de las cúpulas partidarias y la de las grandes mentiras de aquellos que prometían que se respetaría el medioambiente y que los beneficios alcanzarían a las poblaciones locales.

La toma de conciencia de los chilenos por la justicia climática está empezando a andar en serio. Los desastres naturales, los incendios, las inundaciones, la sequía han despertado a la gente. Si se examina dónde estábamos hace un par de años, la situación hoy es totalmente distinta.

La gente se vincula, se congrega. Hoy asisten en Bonn, en la reunión para poner en marcha el Acuerdo de París, miles de activistas latinoamericanos, europeos, africanos y asiáticos exigiendo respeto a los acuerdos y un cambio al sistema económico altamente dependiente del petróleo, gas y carbón. Y es por el clima. Por muchos años no se habían visto manifestaciones como las ocurridas en las últimas semanas en todas las grandes ciudades del planeta.

En materia de política medioambiental, Chile ha empezado demasiado tarde, comenzamos muy lentamente y con pasos en falso. En particular, en todo lo que respecta a contaminación del aire y emisiones, aunque existan intentos que datan desde hace décadas. Por esta razón, porque nos hemos retrasado durante tantísimo tiempo, tenemos que hacer mucho, y muy rápido. Es una tarea muy difícil, y por eso tendremos que realizar un verdadero “cambio”, porque realmente hablamos de una transformación que debe tener lugar en muchos frentes. Aun así, hay señales muy estimulantes: el precio de la energía solar ha bajado en un 75%.

Los efectos de la presión ciudadana se ha hecho sentir, primero, en la poca inversión en combustibles y carburantes fósiles que ha ocurrido en los últimos años, con repercusiones que van mucho más allá de los campus universitarios en donde empezó todo, de las ciudades, los pueblos, de Europa, Asia, América Latina, Australia. Ahora vemos cómo la gran mayoría de esos megaproyectos de oleoductos se está aplazando, en algunos casos incluso cancelando. Se ha tenido también éxito en paralizar el fracking, un movimiento ciudadano que ha crecido mucho en pocos meses y ha conseguido que se establezcan prohibiciones en Nueva York o en Escocia. Hay muchas cosas que celebrar y en las que inspirarse. El movimiento por el medioambiente está expandiendo su noción de lo que es y se está ampliando por todo el mundo.

Es un momento intenso, de mucho crecimiento. Se trata de una historia global, que se interconecta de una manera extraordinaria en las redes sociales, de una manera en que los movimientos sociales no acostumbraban a conectarse hasta ahora. Sus consecuencias para los cambios económicos, sociales y mejoramiento de la humanidad en su conjunto abren nuevamente las esperanzas de construir un mundo mejor.

En materia de política medioambiental, Chile ha empezado demasiado tarde, comenzamos muy lentamente y con pasos en falso. En particular, en todo lo que respecta a contaminación del aire y emisiones, aunque existan intentos que datan desde hace décadas. Por esta razón, porque nos hemos retrasado durante tantísimo tiempo, tenemos que hacer mucho, y muy rápido. Es una tarea muy difícil, y por eso tendremos que realizar un verdadero “cambio”, porque realmente hablamos de una transformación que debe tener lugar en muchos frentes. Aun así, hay señales muy estimulantes: el precio de la energía solar ha bajado en un 75%. Es ahora más asequible tanto como los combustibles fósiles y, si se examina el porcentaje al que el sol se está introduciendo en nuestro país, es impresionante.

Al parecer la industria de los combustible fósiles está empezando a adaptarse por la combinación a la baja del precio-desinversión y por la tendencia que hace que las renovables se estén abaratando muchísimo en muy poco tiempo. Eso no quiere decir que se haya ganado la batalla. Los últimos informes nos señalan que aún es incierto que podamos conseguir que la temperatura global, de aquí al 2050, no aumente más allá del límite de 2 grados. No estamos ganando. Eso no quiere decir que podamos relajarnos. Pero quiere decir que la cosa se pone interesante.

Volviendo la mirada a las presidenciales chilenas, la situación es preocupante. No hay ningún candidato o candidata que represente la opción “medioambiental” más obvia. Tenemos mejores y peores candidatos, pero de hecho el sistema político chileno no tiene las condiciones para el tipo de cambio que hace falta, y eso nos marca el camino de lo que debemos hacer como sociedad.

Lo mismo pasa en muchos otros países de América Latina. Cuando tienes un Congreso mediatizado, el Ejecutivo en permanente incomunicación con una o las dos cámaras, ¿qué se puede hacer? No hay una receta para un solo candidato, independientemente de su situación, para que este pueda realizar el cambio radical que pide el país, para qué decir el planeta y que la ciencia, por años, nos está diciendo que es necesario. Y eso está bien reconocerlo, asimilarlo, tomarlo en cuenta cuando ejerzamos nuestro derecho a voto.

Porque este es precisamente uno de los conceptos que debemos quitarnos de encima, ese concepto de más de 2 mil años de historia que nos inculcaron y que nos dice que podemos controlar la naturaleza, moldearla a nuestro antojo, y que no habrá consecuencias para las sociedades basadas en estas premisas. Debemos madurar y abandonar esa historia.

Igualmente debemos abandonar la idea de que un político vendrá a salvarnos, independientemente de cómo sea o de cuánto inspire a la población. Lo que necesitamos es algo totalmente diferente, necesitamos confiar en nosotros, en nuestras ideas, en nuestras acciones, confiar en lo que somos capaces de hacer como sociedad en su conjunto. Tenemos que consolidar movimientos ciudadanos que presionen positivamente a los políticos y logren plasmar tanto apoyo público que ya sea un tema de obvio egoísmo político el hacer lo correcto.

Por ejemplo, en torno a potenciar las energías renovables, a crear buenos empleos, a la gratuidad universal en la educación, pensiones más justas, servicios de salud garantizada, a regular las grandes corporaciones y al sistema financiero. Y, por sobre todo esto, garantizar un paquete completo de medidas para combatir la crisis climática y las desigualdades en nuestro sistema. Aquí es donde se vería que algo está realmente cambiando. Y eso solo ocurre cuando hay un apoyo público enorme y unos políticos que llegan a donde está la gente, y la gente decide dónde ponerlos a hacer su trabajo. Y, por suerte, ya podemos hacer eso, porque podemos votar y nosotros somos la gente.

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