Poli Délano: “Juan Rulfo no era un hombre de grandes discursos” - El Mostrador

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A 50 años de Pedro Páramo

Cultura - El Mostrador

Poli Délano: "Juan Rulfo no era un hombre de grandes discursos"

por 16 julio, 2005

Se conocieron en el bar del Hotel O'Higgins, el año 1969, durante un encuentro de escritores en Viña del Mar. No iban a las sesiones; las charlas coloquiales abundaban. En cuatro países, en cuatro momentos diferentes, los dos escritores -el chileno y el mexicano- fueron grandes amigos. Y la única novela que este último que publicó en su vida cambió el panorama de las letras hispanoamericanas.

Hace 50 años un mexicano huérfano, trabajador, básicamente tímido, escribió su primera novela, después de más de diez años de intenso trabajo. Antes, había escrito un libro de cuentos, El llano en llamas y había publicado otros textos en revistas literarias. El 'librito' -como diría él- se llamaba Pedro Páramo, y el escritor, Juan Rulfo.



Esa sola novela -la única que publicó en su vida- cambió el panorama de las letras hispanoamericanas. Revolucionó el lenguaje y la estructuración convencional de la narrativa de su tiempo. Como el Martín Fierro de Argentina, Pedro Páramo se convirtió en un retrato asombrosamente agudo del México de principios del siglo XX. Y de América Latina.



Poli Délano, escritor chileno, autor de Cambalache, Casi los ingleses de América y la reciente novela El amor es un crimen, tuvo una relación estrecha con Rulfo. Se encontraron en Chile, España, México y Estados Unidos. Con fragmentos de una conversación con el autor, reconstruimos la historia de Juan y Poli.



La convención del bar



"Conocí a Juan Rulfo cuando vino a un encuentro de escritores en Chile, en el año 1969. Una parte de ese encuentro se realizó en Viña del Mar, en el Hotel O'Higgins, y a él vinieron varios escritores de gran estatura. Estuvo Roger Garaudy, de Francia, Juan Rulfo y Rosario Castellanos, de México; Ángel Rama, de Uruguay, Vargas Llosa , de Perú, Jorge Enrique Adoum, de Ecuador. Creo que los escritores más jóvenes que estábamos ahí éramos Antonio Skármeta y yo.



Las reuniones se celebraban en el mismo hotel, y yo me di cuenta de que Rulfo no iba. Me empecé a preguntar dónde estaría, y lo empecé a buscar. Lo encontré en el bar del hotel: estaba sentado en la barra, solo. No me acuerdo si estaba tomando whisky o ron, pero era un trago en vaso largo. Me senté y me puse a conversar con él.



Después de eso, en vez de irme a las sesiones del encuentro me iba al bar. Comenzamos a hacernos amigos. Cuando yo llegaba, él se sentía contento, y me dedicaba ese saludo tan mexicano: 'quiúbole'.



No me pasé todos los días el día entero con Rulfo; fui a algunas de las sesiones y me hice amigo de otros escritores. Era un equipo muy potente, pero a mí me interesó y me gustó mucho la convención con Rulfo. Era una conversación fraternal y coloquial con él.



En la medida en que lo fui conociendo, descubrí porqué Rulfo no iba a las reuniones: en primer lugar porque no le gustaba hablar, ni tener que intervenir, ni que le hicieran preguntas. No le gustaba todo este intercambio intelectual, no era parte de su quehacer. Era de pocas palabras en esas ocasiones. No era un hombre de discursos ni de grandes alocuciones. La otra razón por la que no iba a los encuentros es porque en ese tiempo bebía mucho. Estaba en el bar no haciendo la cimarra: estaba bebiendo."



El reencuentro



Poli Délano se encontró con él cerca de tres años después, en Barcelona. Estaban en la oficina de la famosa agente literaria Carmen Ballcells. "Nos reconocimos, nos abrazamos, conversamos. Lo encontré algo deteriorado. Le temblaban un poco los labios al hablar", cuenta. Esta conversación fue breve, pero poco más de un año después se reencontraron en México. El escritor chileno estaba exiliado. La amistad se hizo más estrecha. "Nos vimos mucho. A veces lo encontraba en una librería que estaba en la Avenida Insurgentes, que se llamaba 'El Ágora'. Él solía ir a tomar café en el segundo piso, que era un lugar muy literario, en las mañanas. También llegaba a mi casa, aunque Rulfo iba poco de visita. Había poca gente que lo convocaba, pero si lo invitaba a comer a mi casa, él iba."



- ¿Era menos tímido en privado?
- Sí. Cuando yo lo invitaba era porque iban otras personas que a él le gustaban también, como el escritor Heraclio Cepeda, y el autor ecuatoriano exiliado Miguel Donoso Pareja. En ese tiempo ya Rulfo no bebía. Estaba siempre con un vaso de cocacola y hielo, y lo hacía sonar, como una reminiscencia de su trago. En esas ocasiones era un hombre muy cálido.



- ¿En México lo reencontró en mejores condiciones que en Barcelona?
- No lo sé. Cuando mejor lo vi fue en Chile. Después tuvo que dejar de beber, por fuertes razones de salud, y eso le afectó mucho el temperamento.



No más dos libritos



A Rulfo le gustaban los cuentos que escribía Poli Délano. Tanto, que llegó a hacer algo inusual en él: lo recomendó a la editorial Siglo XXI, una de las más importantes por esa época. Era una prueba de admiración y amistad.



La última vez que se encontraron fue en Estados Unidos, una noche, en una comida, en la casa del escritor Fernando Alegría. "Un autor brasileño lo acompañó en esa ocasión: Eric Nepomuceno. Esa semana, unos pocos días antes, le habían dado el premio Nobel a García Márquez. Yo le pregunté a Rulfo '¿y a ti cuándo te va a tocar, Juan?' Y él dijo con mucha modestia: 'no, pos si yo no más he escrito dos libritos'", cuenta Délano.



- Era tremendamente autocrítico.
- Probablemente sí, porque Pedro Páramo fue una novela como de 800 páginas. Y la fue reduciendo, reduciendo, reduciendo.



- ¿Pudo apreciar cómo era la relación de Rulfo con Pedro Páramo? Se lo pregunto porque muchos autores tienen una relación un poco tormentosa con su obra mayor, y en este caso es una obra mayor para toda Hispanoamérica.
- Nunca hablamos de su relación con la obra. Lo único que una vez me atreví a preguntarle fue si él había sentido la influencia de William Faulkner en su literatura, y él me dijo que cuando escribió Pedro Páramo no había leído a Faulkner. Era difícil de creer, pero supongo que era verdad.



- Elena Poniatowska dice que Pedro Páramo dejó a Rulfo en un sendero lleno de sombras y vacío de sí mismo, al punto que no pudo volver a escribir. ¿Comparte esta opinión?
- En absoluto. No es cierto que él no pudo volver a escribir; escribió muchísimo, muchísimo. Sólo que lo rompía todo, no lo publicaba. Pero nunca dejó de escribir.



- ¿Y rompía sus escritos?
- Sí, no lo convencían, no le gustaban, y los iba rompiendo. Eso desesperaba mucho al escritor brasileño Eric Nepomuceno, que un tiempo trabajó como secretario de Rulfo. Él me decía -casi pegándose cabezazos- 'Poli, escribe mucho, pero todo lo rompe'.



Un soplido de mexicanidad



- ¿Cuáles son los aportes literarios que le atribuye a Pedro Páramo en términos de estructura y de lenguaje?
- Yo no soy un crítico, pero creo que Pedro Páramo es una tremenda novela, y que los cuentos de él, Llano en llamas son tremendos cuentos también. Creo que eso es como un soplido que le vino, del que salió una parte muy potente de lo que es México. El libro es muy mexicano y también muy americano. Es una novela alucinante, porque los personajes están muertos. Tiene una partida que es sensacional: 'Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo.' Creo que es una gran novela, que seguramente ha sido muy influyente con muchas de las generaciones que le siguen.



- ¿Usted había leído Pedro Páramo cuando conoció a Rulfo?
- Sí, claro.



- ¿Y qué le había pasado con la novela, en primera instancia?
- Me había sorprendido mucho, me había dado una nueva noción de lo que podía ser una novela. Y me dio también la sensación de que venía de Faulkner. Yo antes de leer a Rulfo había leído un par de novelas de Faulkner, como ¡Absalon, Absalon! y El sonido y la furia.



- ¿Le parece que había algo trágico en Rulfo o no tenía nada que ver con lo que trasunta Pedro Páramo?
- Probablemente había. La niñez de Rulfo fue triste. Quedó huérfano muy pequeño, con un hermano, y estuvo en un orfanatorio. Cuando salió de ahí, yo creo que ya tenía la sensación de que iba a ser escritor. Tuvo que trabajar, ganarse la vida, y fue duro todo ese período para él. Fue un hombre que tuvo un gran amor en su vida, que es la mujer de la que se enamoró, con la que estuvo casado siempre. Hay algo de tragedia, pero eso no quiere decir que él sea un héroe trágico.

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