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Viernes, 15 de diciembre de 2017 Actualizado a las 07:35

Análisis

Los caballos se soltaron en la derecha

por 28 enero, 2012

Los caballos se soltaron en la derecha
Don Carlos le rayó la cancha a la UDI (sin perjuicio de las disculpas) justo en el momento en que ésta, envalentonada por la debilidad del Presidente, presionaba al gobierno por volver al origen de la Alianza y olvidarse de las reformas tributaria y política. Larraín los trajo de vuelta al mundo práctico al recordarles que tenían aliados, instalándoles veladamente una amenaza electoral.

Milton Friedman y Friedrich von Hayek se deben estar revolcando en su tumba de sólo escuchar a los dirigentes de la UDI y a los voceros del gobierno referirse a las reformas políticas. Los persistentes viajes del gremialismo a La Moneda, rigurosamente vestidos de negro en verano, como si fueran a un funeral, hacen recordar los ritos de la nomenclatura China en momentos de crisis. La idea que intentan transmitir los asesores de imagen del gobierno de una coalición que reza unida para permanecer unida, inevitablemente también se desploma por falta de congruencia.

Friedman sostenía que los mercados libres minarían la centralización política y el control político, y la libertad económica conduciría tarde o temprano a la democratización política. Von Hayek decía que un sistema económico que no se fundamente en el mercado libre y la libre competencia nunca será óptimo distribuyendo sus recursos, y que el liberalismo se preocupa principalmente de la limitación del poder coactivo de todos los gobiernos, para producir esa libertad, sean democráticos o no lo sean. En ambos casos, libertad y éxito económico, convergen en mayor democracia según sus autores, totalmente lo contrario a como actúan o declaran los líderes de la UDI.

La clave de ello es que están más cerca del pensamiento de Karl Schmitt, el teórico que encendió la imaginación de Jaime Guzmán y la construcción de la Constitución de 1980. Para éste, el Estado es la comunidad que comprende lo político, y que está llamada a superar la degradación que produce el liberalismo y las democracias parlamentarias pluralistas, si es necesario con el ejercicio autoritario o la dictadura. Hoy, cuando se domina el Estado y su administración, además de la economía, piensan en la UDI, no hay por qué entregar la paridad de poder parlamentario que asegura el sistema binominal. Todo lo contrario, aún se puede concentrar más.

El debate, si fuera tal, no sería menor, pues la desavenencia entre Larraín y la UDI, está —más allá de lo que esté pensando don Carlos— en la sustancia de la matriz autoritaria versus la liberal existente en la derecha. Y que ha sido siempre una expectativa para dar mayor liquidez a la recomposición del centro político en el país, según piensan muchos. Es decir, va más allá de la visión del país uniformado de la dictadura militar, y se mueve hacia el país de las libertades políticas y civiles que permiten que pasen o existan las libertades económicas, como piensa von Hayek. De todo ello abomina la UDI.

Larraín, el crack

En el escenario práctico, el episodio tiene un gran ganador: Carlos Larraín. Aún cuando se haya visto obligado a pronunciar en variadas circunstancias durante los últimos días la frase “me arrepiento”. Nadie cree que efectivamente lo piense siquiera.

En el oficialismo, nadie olvidará otra vez que Carlos Larraín sabe jugar solo, y que tratará al menos de igualar el poder electoral de la UDI en las próximas elecciones municipales. Para que RN no siga pagando subsidios electorales a la UDI en las próximas parlamentarias, que también serán elecciones presidenciales.

Su jugada fue compleja. Desde ponerle esperanzas y desconfianzas a la Concertación, hasta hacerle, al otro lado, un madruguete, como dicen en México, al Presidente de la República. Le tomó la palabra sobre las reformas y se adelantó a estirar la mano hasta la otra ribera del río, empujándolo a tomar decisiones. El Presidente reaccionó molesto, se hizo el ofendido, y su equipo político dijo no estar informado. Pocos creen que ello sea efectivo. Primer punto bueno y doble para Larraín, por el capicúa político Concertación-gobierno y bajo carisma del gobierno.

También le quitó la bandera liberal a los díscolos de RN, haciéndose díscolo y liberal de un tema emblemático e histórico del sistema político como es la reforma del binominal, con lo cual avanzó de manera notable en la consolidación de su liderazgo interno. Segundo punto bueno.

Además le rayó la cancha a la UDI (sin perjuicio de las disculpas) justo en el momento en que ésta, envalentonada por la debilidad del Presidente, presionaba al gobierno por volver al origen de la Alianza y olvidarse de las reformas tributaria y política. Larraín los trajo de vuelta al mundo práctico al recordarles que tenían aliados, instalándoles veladamente una amenaza electoral.

Podríamos seguir, pues existen dos o tres aspectos más en los cuales la jugada de ajedrez de Larraín complicó no solamente a la UDI, sino a todo el espectro político.

En el oficialismo, nadie olvidará otra vez que Carlos Larraín sabe jugar solo, y que tratará al menos de igualar el poder electoral de la UDI en las próximas elecciones municipales. Para que RN no siga pagando subsidios electorales a la UDI  en las próximas parlamentarias, que también serán elecciones presidenciales.

Lo principal tal vez del episodio es que desnuda la impotencia del gobierno, como sujeto político, para ordenar a su sector, al revés de lo que ocurría con los gobiernos de la Concertación.

Ello no se debe tanto a la precariedad política del cuadro técnico puesto en la administración del Estado, como a la dimensión de las acciones e intereses que deben coordinarse para generar ese orden. A la Concertación le funcionaba el tema, porque se movía en otra escala de intereses. Más mesocrática, y sin la tensión gremial y de poder económico que tiene el gobierno de hoy en su interior. Si alguien se descolgaba, le caía el gobierno entero con todo su poder de punición, incluidos los partidos que eran su instrumento. Ver a un presidente de partido haciendo lo de Carlos Larraín fue prácticamente imposible, a menos que quisiera cambiarse de bando como ocurrió con Adolfo Zaldívar.

Hoy La Moneda no tiene ese poder, y tampoco la experticia, y por el contrario, le penan todos los días los conflictos de interés.

De ahí que suenen poco realistas las declaraciones de Juan Antonio Coloma de que no habrá límites en los debates, pero los acuerdos serán primero al interior de la Alianza y del gobierno; así como también las del ministro vocero prometiendo un gobierno férreamente unido. El escenario está definitivamente desordenado y todavía lo estará más con el voto voluntario y la inscripción automática. Son tiempos de incertidumbre.

La lección es que un ex concejal de Las Condes, vapuleado durante años por la UDI, con autonomía personal y voluntad de operar desde su cargo, acaba de dar una lección de política práctica, tomando ventajas luego de percibir que el escenario está muy abierto, y actuar por fuera de lo previsible para gran parte de los actores. ¿Quién puede asegurar que ello no está ocurriendo en todos los niveles y como dicen en el Caribe, ¡ya se soltaron los caballos!?

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