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Gobernar sin oposición

por 16 septiembre, 2019

Gobernar sin oposición
Tal vez, la posibilidad de que nazca un conglomerado capaz de hacer verdadera oposición estará ligada a la cercanía de dos años de elecciones. Porque si hay algo que caracterizó a la Concertación y Nueva Mayoría fue el pragmatismo para unirse para las elecciones y frente al recuerdo del pinochetismo y la dictadura, elemento que esta vez volverá en gloria y majestad, levantado por el seguro candidato autónomo José Antonio Kast, siempre que los efectos del “PanamaJak” no lo golpeen muy duro.
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La primera pregunta que uno se hace a estas alturas, es qué pasaría si existiera un conglomerado que tuviera la inteligencia y astucia para capitalizar el momento de debilidad del Gobierno. De seguro, las cosas serían mucho más complejas para La Moneda. Esto permite sacar la primera conclusión: la baja en la popularidad del oficialismo se explica principalmente por sus propios errores –con un número importante de autogoles– y en muy poca medida por los aciertos del rival.

Además de las promesas de cambio radical y las sobreexpectativas creadas que no se han cumplido –especialmente en lo económico– muchos de los autogoles tienen de principal protagonista al propio Presidente y un grupo reducido de ministros. Por supuesto, Cecilia Pérez lleva la batuta.

Pero la verdad es que esta es la primera vez, al menos desde que se recobró la democracia –hace casi 30 años– que una administración gobierna sin una coalición al frente. Nunca antes alguien tuvo la posibilidad de desplegar su programa político sin tener que enfrentar a una oposición unida y poderosa.

Es cierto, en el Congreso La Moneda ha debido sortear los escollos de un espacio en que es minoría, pero jamás ha sido como un solo bloque. De hecho, varias de sus iniciativas han sido aprobadas gracias a una parte importante de la Democracia Cristiana, partido que lleva un año y medio tratando de encontrar la identidad perdida, desde que tuvo que enfrentar la derrota más estrepitosa de su historia con Carolina Goic. De ahí en adelante, la falange ha dado señales muy erróneas y contradictorias. Un día están aliados al Gobierno, el día siguiente votan en contra.

El dilema para dicho partido, que en su momento optó por atravesar el desierto en solitario, ha sido, durante largos 18 meses, decidir si se integran al Gobierno o se suman a la oposición. Algo no muy nuevo si pensamos en la historia de esta colectividad, cuyo relato forma más parte de los años 80 que del siglo XXI. Su opción “católica” –en tiempos en que esa religión vive una crisis profunda– y su definición de centro sin apellidos, parecen ser parte del pasado político y social de Chile.

Por otro lado, el Frente Amplio (FA) sigue sumido en su crisis de infantilismo, que ha significado que destaquen por sus peleas internas, los arrebatos y depresión de Boric, la desaparición de Jackson y, por supuesto, la indefinición de su otrora líder, Beatriz Sánchez, que la tiene cada día perdiendo adhesión ciudadana, después de haber permanecido más de un año a la cabeza de todas las encuestas a la hora de preguntar por quién votaría en las elecciones de 2021.

Frente a una derecha en que abundan y sobran los candidatos, Bea optó por el silencio prolongado y volvió a reaparecer dando señales muy confusas, como proyectar una posible candidatura a gobernadora en la Región de Valparaíso. De acuerdo a la encuesta Criteria, la periodista ahora es superada por Lavín y JA Kast, una muy mala noticia para el Frente Amplio.

Sin embargo, el mismo sondeo instaló por primera vez entre los “presidenciables” al alcalde Sharp, el que, junto al senador Latorre y uno que otro diputado, han estado a la altura de los desafíos de un conglomerado que hizo una crítica feroz a la ex-Nueva Mayoría en la etapa de campaña, denunciando sus viejas formas de hacer política. La pregunta es si los espectáculos penosos de Flor Motuda o las conductas de Boric –una suerte de niño terrible– son pruebas de esa “nueva forma de hacer política”. Esto sin contar la expulsión de Mayol o los abrazos con Maduro de algunos dirigentes del FA.

Además, el Frente Amplio ha mostrado muy poco interés de hacer alianzas con el resto, salvo en estas últimas semanas en que todos quieren tener cercanía con la dupla PC Vallejo-Cariola, considerando el golazo que le provocaron al Gobierno.

En el PC las cosas no son muy distintas. Viviendo las contradicciones –al estilo DC– de seguir el camino propio o junto a lo que fue la ex-Nueva Mayoría. Sin embargo, mientras no resuelvan cuál de sus dos almas es la que ponen al servicio de otros posibles socios, es difícil saber quiénes podrían estar dispuestos a pactar con ellos. Esas dos almas son Teillier y la bancada juvenil encabezada por Vallejo y el alcalde Jadue. Sin ir más lejos, el rechazo al informe de Bachelet acerca de Venezuela dejó en claro que la vieja guardia sigue viviendo en los 80, igual que la falange.

En los llamados “progresistas” –que cada día parecen proyectar menos esa característica–, el PPD está sumido en una suerte de reflexión acerca de si quieren transformarse en un partido “verde” o bien hacer una oferta más global al país. Girardi dejó de ser el líder que en un momento parecía tener serias posibilidades de llegar a ser candidato presidencial y se convirtió en una especie de profesor de Harvard preocupado de organizar congresos de ciencia –muy legítimo, pero para eso no necesita ser parlamentario– y realizar una que otra denuncia de temas de contaminación o de la presencia de azúcar o grasas en productos de consumo masivo.

Con un candidato como Heraldo Muñoz, que no logra prender ni entre sus simpatizantes y exministros –Valdés y Bitar–, boicoteando el proyecto de las 40 horas, sin contar a Pepe Auth –exmilitante–, que ya anunció que la acusación constitucional contra Marcela Cubillos morirá en la Cámara.

El PS aún arrastrando los efectos de la elección interna, que demostró que el único partido con mayor disciplina y militantes era un espejismo. De seguro, los problemas detectados en el padrón de San Joaquín le restarán muchos votos en las próximas elecciones municipales. Sin duda, la acusación constitucional fue una estrategia para levantar cabeza, pese a la debilidad de sus argumentos. Y el Partido Radical, como siempre, un acompañamiento con gusto a poco, pese a que su presidente ya expresó su intención de postular a La Moneda, aunque ni siquiera aparece en la lista de personas del mundo político que la gente conoce.

Tal vez, la posibilidad de que nazca un conglomerado capaz de hacer verdadera oposición estará ligada a la cercanía de dos años de elecciones. Porque si hay algo que caracterizó a la Concertación y Nueva Mayoría fue el pragmatismo para unirse para las elecciones y frente al recuerdo del pinochetismo y la dictadura, elemento que esta vez volverá en gloria y majestad, levantado por el seguro candidato autónomo José Antonio Kast, siempre que los efectos del “PanamaJak” no lo golpeen muy duro.

Por el momento las señales son poco claras. Sin ir más lejos, la semana pasada observamos un atisbo de unidad para validar el informe que le asignó responsabilidades políticas el ministro Chadwick y el subsecretario Ubilla. Algo inédito, considerando que la DC ha jugado el rol de árbitro en la Reforma Tributaria –en la Cámara–, la acusación constitucional y otros proyectos claves. Esto incluso le costó perder al diputado Soto, quien se retiró del partido molesto por el giro hacia la derecha que ha impulsado su presidente Fuad Chahin, asesorado en las sombras por el antiguo progresista Genaro Arriagada. Sin embargo, Andrés Zaldívar ya adelantó que la acusación no prosperará, pese a que ahora su trabajo es revisar cuentas y no dirigir el Senado –¿no debería cuidarse de dar opiniones políticas que comprometen a la DC?–.

No es clara la posición que tomará la Democracia Cristiana en el Senado con la Reforma Tributaria y, menos, con la acusación constitucional, pero la probabilidad de que el Gobierno logre un triunfo sin hacer nada, es alta. En los próximos tres meses veremos si La Moneda es capaz de seguir gobernando sin contrapeso, pero sin dispararse a la cabeza a diario, o la oposición logra unirse. Claro que, sin un proyecto que ofrecer al país, puede ser un simple espejismo electoral.

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