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Hacia una educación humanizada

por 20 abril, 2013

Chile no es ajeno a este tipo de cuestionamientos, ya hay disidentes a la escuela como la entendemos hasta ahora. Llegará el día que se llenará la Alameda u otra avenida donde la gente exija una educación más humanizada, y si somos optimistas, no pasarán muchas generaciones en vela esperando ese momento.
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¿Cuánto más agresivos deberíamos ser los chilenos? No quiero decir con esto destructivos, que es la más fácil lectura. Agresivos en el buen término de la palabra. Luchar por lo que se considera justo, más allá del discurso sobre la mesa, de las generalidades, en hacer de la palabra una verdadera acción, especialmente lo que atañe a lo más cercano, a lo más cotidiano. En hacer la agresividad un accionar constante, natural. Y qué mejor ejemplo son las movilizaciones de los estudiantes que han sido una muestra clara de una profunda agresividad, de madurez de ir por algo que es vital en términos ciudadanos.

Estos jóvenes han salido nuevamente a las calles, seguros, firmes, y han contagiado a los mayores, en especial, a esa generación nacida en los diez primeros años de dictadura, muchas veces reacia al conflicto, desconfiada, sin ganas de molestar. En ese sentido, los estudiantes dicen adiós a los aforismos de la cultura del sacrificio, a una sociedad no acostumbrada a subir la voz, y allí están ellos abriendo la boca, más adultos que muchos de sus padres.

Chile no es ajeno a este tipo de cuestionamientos, ya hay disidentes a la escuela como la entendemos hasta ahora. Llegará el día que se llenará la Alameda u otra avenida donde la gente exija una educación más humanizada, y si somos optimistas, no pasarán muchas generaciones en vela esperando ese momento.

Gracias a los estudiantes, el cuestionamiento a la educación se ha generalizado, sin embargo,  la crítica se debería extender necesariamente a  la temprana edad: en los jardines infantiles y en las escuelas básicas. Hay una cierta orfandad con ese sector, dejando en un descampado la “calidad” en términos humanizados, sobresaliendo la “calidad” en términos de éxitos y expectativas profesionales, ya que muchas veces los adultos -sin quererlo- depositan sus más intrínsecas proyecciones en los más pequeños.

Por lo tanto, cuando se habla de una calidad más humanizada, los recintos educacionales dejan de ser automáticamente lo que en la práctica son, es decir, un estacionamiento de niños. Nada más duro que eso. Lo contrario, es un  espacio protegido para los niños donde se respeta la individualidad y, sobre todo, no se inhibe la agresividad. Evitando con ello que los niños sean unos meros números, ladrillos en el muro (“Another Brick In The Wall”), como muy bien lo dice la canción de Pink Floyd.

España no se diferencia mucho de Chile con relación a los recintos de primera infancia y en ese país he sido testigo cómo una chilena anónima lleva a cabo ese propósito en Valencia –para algunos puede ser una utopía, para otros un deber- de respetar la integridad de los chicos en un establecimiento educacional. Psicóloga de profesión, Sol Sirvent  lleva adelante la “Escuela Libre Tierra de Niños”, un espacio educativo alternativo, donde se respeta la individualidad de los más pequeños en cuanto a sus procesos vitales e incluso sus intereses. Por ejemplo, cada día los educadores de ese colegio acogen a los niños y estructuran juntos el día. Ellos eligen en todo momento el juego o lo que quieren aprender, siempre escuchando su corazón y sus motivaciones. Futuros adultos que lejos de ser unos pequeños tiranos, son personas autónomas, curiosas y abiertas.

En España, la proliferación de este tipo de escuelas va “in crescendo”. Son cada día más los padres que cuestioan y rechazan el concepto de educación tradicional, de la evaluación constante, en desmedro de lo que realmente importa: que los niños aprendan contentos o, por lo menos, en un ambiente grato, más sano.

Chile no es ajeno a este tipo de cuestionamientos, ya hay disidentes a la escuela como la entendemos hasta ahora. Llegará el día que se llenará la Alameda u otra avenida donde la gente exija una educación más humanizada, y si somos optimistas, no pasarán muchas generaciones en vela esperando ese momento.

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