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Elite: ¿frivolidad o deshonestidad intelectual?

por 4 noviembre, 2016

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Luego de una elección, la manipulación de sus resultados en función de los distintos intereses políticos ha sido una práctica habitual. Al final todos resultan ganadores y, por tanto, cero autocrítica. Alguien por allí sostuvo, no sin un dejo de cinismo, que las “elecciones no se ganan ni pierden, solo se explican”.

Con ocasión del último evento electoral, tal práctica ha llegado al paroxismo, en particular en el caso del piñerismo que, solamente con el solo resultado de dos comunas, Santiago y Providencia, proclamó urbi et orbi un terremoto electoral global para la Nueva Mayoría y el Gobierno. Incluso el candidato ha llamado a la derecha a “prepararse para gobernar”, anunciando además que pasaría la retroexcavadora a las reformas de las que no dejaría piedra sobre piedra.

Por suerte, en medio del jolgorio de Piñera y su claque política y mediática, los alcaldes de derecha de La Florida, Puente Alto y el senador Allamand se han encargado de hacer ver a los enfiestados que la supuesta victoria nos es tal, por cuanto en concejales elegidos ganó de manera clara la Nueva Mayoría.

Por su parte, los conservadores de la NM, desde socialistas como el senador Rossi y otros, hasta DC como Mariana Aylwin y compañía –Manifiesto incluido–, haciendo eco a la derecha, atribuyen tal “derrota” a la euforia reformista irresponsable del Gobierno y la presunta intencionalidad refundacional que habría inspirado a sectores de la Nueva Mayoría.

Esta última lectura de los resultados electorales, que estimo errónea, sin embargo tiene su mérito y es que al menos existe allí una posición ideológica que pudiera aclarar las cosas al interior de la NM. Tanto las euforias del piñerismo como las lecturas erradas –al menos insuficientes y sesgadas– del conservadurismo, se ven legitimadas ante la opinión pública por el silencio, tanto del Gobierno como de los partidos que lo sustentan.

De acuerdo al Informe 2015 de Desarrollo Humano del PNUD, por ejemplo, el 81% de los encuestados deseaba cambios profundos en el sistema de pensiones, el 59% exigía cambios profundos en las leyes laborales y 79% cambios profundos en el sistema previsional de salud. Sin embargo, tanto las elites económica como política, de acuerdo al mismo informe citado, rechazan la posibilidad de tales cambios en un 68% y 48%, respectivamente. A estas señales de larga data bastó agregar Caval, SQM, Penta, etc., para que los electores cerraran el círculo de su desconfianza y se abstuvieran masivamente de ejercer su derecho a elegir.

La elite que dirige el país o que pugna por hacerlo en el futuro, ha ignorado sistemáticamente el significado político profundo de la elevadísima abstención del electorado en la última elección, que en las grandes ciudades estuvo en las cercanías de 75%. Nadie hace referencia a eso, lo que es grave y revela irresponsabilidad. Actuar de esta manera equivale a ocultar la cabeza en la arena como los avestruces.

Tal conducta muestra una importante falta de capacidad política y esconde una seria deshonestidad intelectual. Esta insuficiencia no es nueva en la elite cuando de enfrentar catástrofes se trata y la altísima abstención en la última elección es una catástrofe política que resta legitimidad a las autoridades elegidas y pone en seria duda la calidad misma de nuestra democracia.

¿Se acuerdan del ominoso silencio de estas mismas elites cuando el gran terremoto de 2010 desnudó la debilidad de nuestras instituciones, incluyendo nuestras FF.AA.? , ¿y cuando no fueron capaces de escarbar en las causas de la profunda enfermedad social que revelaron los saqueos y mostraron el individualismo extremo y la ausencia de valores solidarios en nuestra sociedad de mercado?

Así ha sido siempre, a nuestras elites nunca les ha interesado incursionar en las causas profundas de los problemas que tenemos como sociedad, porque hacerlo pudiera poner en peligro sus intereses y sacarlos de las posiciones de poder alcanzadas.

Los chilenos y chilenas vienen dando señales de desafección por la política y una seria desconfianza por las instituciones desde hace muchos años. Tal desconfianza afecta principalmente al Parlamento y a los partidos políticos. En gran parte se debe a que la gente siente que cada elección al final es un engaño, porque las ofertas programáticas de los candidatos, cuando las hay, no se cumplen.



Más aún, de acuerdo al Informe 2015 de Desarrollo Humano del PNUD, por ejemplo, el 81% de los encuestados deseaba cambios profundos en el sistema de pensiones, el 59% exigía cambios profundos en las leyes laborales y 79% cambios profundos en el sistema previsional de salud. Sin embargo, tanto las elites económica como política, de acuerdo al mismo informe citado, rechazan la posibilidad de tales cambios en un 68% y 48%, respectivamente.

A estas señales de larga data bastó agregar Caval, SQM, Penta, etc., para que los electores cerraran el círculo de su desconfianza y se abstuvieran masivamente de ejercer su derecho a elegir. El divorcio entre la elite y la ciudadanía es evidente y, como es la primera la que toma las decisiones o es muy influyente en ellas, el país marcha como a dos velocidades. Esto sin tomar en cuenta el hecho de que esa elite que decide reside en un sector de la ciudad de Santiago actuando política y administrativamente como si representase a la opinión de toda la ciudadanía.

No valorar debidamente el mensaje que encierra el alto nivel de abstención electoral de la última elección y desentrañar sus causas es deshonesto desde el punto de vista político. Se ha tratado de una grave derrota política para el Gobierno, pero también para el sistema político en su conjunto, que debiera obligar a todos a una reflexión y una autocrítica.

Celebrar como lo ha hecho el piñerismo constituye una irresponsabilidad, pero también revela frivolidad no escarbar, aunque duela, en las raíces profundas de tal actitud de los electores que, de mantenerse en el tiempo, terminará con autoridades deslegitimadas y, lo que es peor, puede dañar seriamente nuestra democracia.

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