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La izquierda y la política: entre el vértigo de lo institucional y el pozo de la apatía

por 23 noviembre, 2017

La izquierda y la política: entre el vértigo de lo institucional y el pozo de la apatía
Este veranito de San Juan de la política, sin embargo, no debe dar lugar a un optimismo infundado. Cualquier panorámica de la sociedad tiene puntos ciegos ante fuerzas subterráneas que laten bajo los edificios de la política institucional y que se acumulan sin necesidad de andar publicitándose en el barullo de las redes sociales. En esas napas silenciosas se halla gran parte de los futuros problemas y crisis de la política, sentimientos y emociones en estado embrionario que esperan en la oscuridad su hora para salir a luz. Ningún sector o grupo parece conocer a cabalidad lo que palpita –sea bueno o malo– en lo profundo de nuestra sociedad.
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Contra las tesis que de derecha a izquierda proclamaban un fin de la política y una crisis irreversible de la democracia –incluso en su lamentable forma electoral, representativa, binominal, etc.– parece que los ciudadanos decidieron darle una nueva oportunidad. Incluso con la alta abstención a la que ya nos hemos acostumbrado, estas elecciones parecen dar luces de una búsqueda, sobre todo si uno se ubica en el lado izquierdo del espectro. Se trata, desde luego, de la renovación de las caras y la emergencia con fuerza del Frente Amplio como un tercer referente a escuchar si uno quiere entender lo que pasa en términos políticos. Se trata, también, de que los ciudadanos permitieron dar cabida a fuerzas que antes se ubicaban en “la calle” para que ingresaran al juego parlamentario y presidencial. Hay una opción por la vía institucional que da cuenta de cosas interesantes que están pasando, insisto, en la vereda izquierda de la avenida política.

En primer lugar, sin convertirnos en una república anticapitalista, una parte importante de nuestra sociedad se considera algo más que un mero laborante –consumidor– emprendedor de sí mismo. Entiende perfectamente que las reglas y la cancha de juego importan, que no son ni serán triviales unas reformas educacional, tributaria, previsional, o de los derechos reproductivos. Puede que la rebaja de impuestos a los ricos genere empleos y creación de riqueza, pero nada en el mercado asegura que a los más desfavorecidos les vaya a tocar un pedazo mejor de la torta.

La seguridad o estabilidad en el mar de incertidumbre de la economía global y financiarizada no puede lograrse sin políticas redistributivas y con una sociedad civil desarticulada y afónica. No somos esos emprendedores que todo lo pueden y que solo requieren de capital y libertad de mercado: en las condiciones actuales, el mero vivir requiere de redes de solidaridad y ayuda no mercantilizada, que se muevan en múltiples niveles y que tengan en el Estado una estructura favorable a los intereses generalizables (no solo a la realización del interés privado).

No hay teoría científica que pueda inspeccionar aquello que por su naturaleza se sustrae a mostrarse a la visión racional. El lenguaje religioso o el arte, llenos de símbolos, metáforas e indirectas, parecen mejor capacitados para sondear las honduras del angustiado corazón del humano moderno, sobre todo si este ha sido arrojado a la periferia del sistema. Las políticas y los políticos del futuro tienen que dejar de ser mera caja de resonancia de las preferencias del electorado y aprender a escuchar susurros y leer señales tenues. Estas sutilezas conforman la base de la confianza en la política y la autoridad. Gobernar es, también, saber interpretar.

En este sentido, pese a quien le pese, nuestro país parece ir transitando hacia la comprensión de ciertos bienes sociales primarios (educación, previsión, derechos reproductivos, respeto a la diversidad, etc.) como derechos sociales indispensables no solo para ejercer una ciudadanía en forma sino para la realización de nuestros planes individuales de vida.

Sin abrazar pasiones revolucionarias –es decir, sin querer convertirnos en una Cuba o Venezuela, como dicen algunos torpes–, una parte no menor de este país, con un espíritu genuinamente de izquierda, ha dado un espaldarazo a cambios estructurales, incluso ante la mala prensa y errores que tuvieron las reformas de la era Bachelet.

Instalar estos cambios es una tarea política delicada, difícil y en gran medida frustrante, sobre todo para aquellas cabezas calientes que desean “todo –ahora– por siempre”. Sin embargo, las consecuencias positivas de reformas sociales, aunque comiencen confusas, terminan teniendo un efecto profundo y duradero en las vidas cotidianas de las y los habitantes de nuestra nación.

En segundo lugar, esta opción izquierdista por la vía institucional muestra que la comprensión de la política se ha vuelto más sofisticada y compleja. Ante la disyuntiva de ser rojos y permanecer en la calle y ser amarillos y abrirse a lo institucional, hoy parece que se entiende que lo político ofrece una caja de herramientas variada, que va desde las tomas y las marchas hasta participar como candidato(a) a ocupar cargos en el Estado.

Los movimientos sociales desplegados como protesta e indignación callejera tuvieron su momento de centralidad, sin embargo, hoy parece señalarse desde las urnas el deseo de que desplieguen una capacidad política distinta: la de llevar a cabo cambios desde lo institucional. De nuevo, esto implica salir de las torpes oposiciones entre movimientos sociales y organizaciones políticas, que siempre se adornan con un lenguaje de autenticidad y pureza versus falsedad y corrupción, y que hoy resulta convincente solo para aquellos y aquellas que prefieren la tranquilidad de conciencia al vértigo de meter las manos en la historia.

Mi impresión es que este cambio ha alcanzado incluso a la política universitaria, donde hay una proyección y un deseo de articulación con las organizaciones políticas para poder incidir “desde dentro” en el sistema. Algunos verán ciertamente en esto una traición y un pacto ilegítimo con el enemigo, pero también es verdad que un rechazo duro a todo lo institucional ha resultado ser impotente y aislador de las fuerzas sociales que sueñan con doblarle la mano al Chile neoliberal.

Este veranito de San Juan de la política, sin embargo, no debe dar lugar a un optimismo infundado. Cualquier panorámica de la sociedad tiene puntos ciegos ante fuerzas subterráneas que laten bajo los edificios de la política institucional y que se acumulan sin necesidad de andar publicitándose en el barullo de las redes sociales. En esas napas silenciosas se halla gran parte de los futuros problemas y crisis de la política, sentimientos y emociones en estado embrionario que esperan en la oscuridad su hora para salir a luz.

Ningún sector o grupo parece conocer a cabalidad lo que palpita –sea bueno o malo– en lo profundo de nuestra sociedad. No hay teoría científica que pueda inspeccionar aquello que por su naturaleza se sustrae a mostrarse a la visión racional. El lenguaje religioso o el arte, llenos de símbolos, metáforas e indirectas, parecen mejor capacitados para sondear las honduras del angustiado corazón del humano moderno, sobre todo si este ha sido arrojado a la periferia del sistema. Las políticas y los políticos del futuro tienen que dejar de ser mera caja de resonancia de las preferencias del electorado y aprender a escuchar susurros y leer señales tenues. Estas sutilezas conforman la base de la confianza en la política y la autoridad. Gobernar es, también, saber interpretar.

Después de mucho desencanto, un sector no menor del electorado de la izquierda vuelve a tocar la puerta de la política. Veremos si las izquierdas son capaces de dar el ancho y no terminarán por arrojar a su electorado al pozo pútrido de la apatía y desafección política.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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