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La guerra por sospecha

por 16 noviembre, 2018

La guerra por sospecha
En el segundo 22 de la cadena nacional que, en septiembre, presentó el Presupuesto para la nación, el Presidente habla de Carabineros. Se refiere al desfalco como “un problema” que ha tenido la institución, y luego habla de la paz como una de las razones que justifican la intención de invertir millones en la modernización de las fuerzas policiales. Seguramente la dicotomía guerra/paz, en la forma guerra para paz, acompaña hace largos, larguísimos años, a la humanidad. Planteados frente a ella, la pregunta es instintiva. Antes de reflexionar sobre la verdad de esta afirmación, incluso antes de preguntarse cómo (qué estrategia de guerra usar) y mucho antes de preguntarse para qué, la pregunta es ¿contra quién? Por la simple razón de que no hay guerra sin enemigos.
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En septiembre, Sebastián Piñera presentó, a través de una cadena nacional, el Presupuesto para el próximo año.

En el segundo 22 habla de Carabineros. Se refiere al desfalco como “un problema” que ha tenido la institución, y luego habla de la paz, como una de las razones que justifican la intención de invertir millones en la modernización de las fuerzas policiales.

Seguramente la dicotomía guerra/paz, en la forma guerra para paz, acompaña hace largos, larguísimos años, a la humanidad.

Planteados frente a ella, la pregunta es instintiva. Antes de reflexionar sobre la verdad de esta afirmación, incluso antes de preguntarse cómo (qué estrategia de guerra usar) y mucho antes de preguntarse para qué, la pregunta es ¿contra quién? Por la simple razón de que no hay guerra sin enemigos.

Y ahora otra constatación: la guerra no puede beneficiar a todos los individuos de un bando, si entendemos beneficio en un sentido material. Esto, porque la pérdida de la vida o las lesiones corporales no pueden nunca ser una ganancia para quien las sufre. Si tomamos beneficio, y lo sustituimos por la idea de calidad de vida, la conclusión es similar. Y esto a pesar de que calidad de vida es un concepto que incluye ámbitos inmateriales, puesto que no puede vencerse la máxima: no puede haber una calidad de vida mejor para los muertos. Es decir, la guerra tampoco puede, en ningún caso, mejorar la calidad de vida de todos los individuos de un sector.

Por lo tanto, la guerra siempre implicará un sacrificio. Este sacrificio puede provenir del hecho de que la colectividad entienda en riesgo un valor abstracto cuya protección, a su juicio, amerite el daño que efectivamente será sufrido. O, por otro lado, porque los miembros de una sociedad pretendan, cada uno de ellos, obtener un beneficio material, aceptando que esa búsqueda pueda desembocar en la muerte o el daño.

 La guerra no puede beneficiar a todos los individuos de un bando, si entendemos beneficio en un sentido material. Esto, porque la pérdida de la vida o las lesiones corporales no pueden nunca ser una ganancia para quien las sufre. Si tomamos beneficio, y lo sustituimos por la idea de calidad de vida, la conclusión es similar. Y esto a pesar de que calidad de vida es un concepto que incluye ámbitos inmateriales, puesto que no puede vencerse la máxima: no puede haber una calidad de vida mejor para los muertos. Es decir, la guerra tampoco puede, en ningún caso, mejorar la calidad de vida de todos los individuos de un sector.

En ambos casos habrá víctimas. Pero en la primera de las posibilidades el daño no excluye el triunfo: la muerte obtenida en la defensa de un valor puede convertirse en la más gloriosa de las victorias. Desde la segunda perspectiva pareciera más difícil sostener esta idea, puesto que, si vamos, cada uno, en búsqueda de un beneficio, y ese beneficio no es obtenido, sino que en su lugar encontramos muerte, heridas o daño, innegablemente hemos quedado lejos del triunfo, por mucho que nos sintamos orgullosos de la audacia de nuestra decisión. Nada hay allí que nos pueda hacer sentir victoriosos.

Pero ¿puede haber realmente una guerra que se explique solo por la intención, de cada uno de los individuos de un colectivo, de obtener beneficios individuales? ¿Qué fuerza tiene aquella idea para cohesionar al grupo en torno a un objetivo común?

Creo que podemos afirmar que es el primero de los elementos el que es siempre necesario: debe existir un valor defendido. La mera ambición individual puede explicar el crimen, pero no la guerra.

Por lo tanto, siempre que existan individuos que se beneficien de una guerra, esta guerra no se hará transparentemente en nombre de sus intereses, sino que buscando obtener o proteger valores de índole abstracto. El colectivo no sacrificará su bienestar si se le dice abiertamente que solo algunos serán beneficiados. Aún si nos pusiéramos en el caso de que lo hiciera, es necesaria la promesa del bienestar general: debemos pelear por ellos, porque, si ellos están bien, nosotros estamos bien. En un caso como este el motivo de la guerra no es el beneficio de un grupo, sino el mayor bienestar colectivo.

Peleamos por mejorar nuestra calidad de vida/ pero debemos asumir que no será la calidad de vida de todos, puesto que estamos en una guerra/ por lo tanto, peleamos para mejorar la calidad de vida de algunos/ que esperamos sean la mayoría.

En esta fórmula mejorar la calidad de vida de la mayoría es el valor abstracto que justifica la violencia.

Peleamos en nombre de nuestro rey/ no esperamos que mejoren nuestras condiciones de vida/ pero lo que nuestro rey representa amerita la guerra/ pues el rey es lo valioso.

Aquí el valor defendido es la idea que el monarca representa para el colectivo.

Resulta interesante que quienes efectivamente obtienen beneficios (los que ven mejorada su calidad de vida; el rey) pueden o no haber promovido el comienzo de la guerra. No serán, necesariamente, siempre ellos los que den la orden inicial.

Pero volvamos al comienzo.

Entonces, ¿quién? ¿Quién define el quién del enemigo?

El enemigo, en definitiva, es quien atenta contra aquel valor inmaterial cuya defensa es considerada importantísima por parte del colectivo, al nivel de que amerita o incluso exige asumir el sacrificio que implica la guerra.

En los ejemplos que doy, el enemigo es quien nos impide tener una calidad de vida superior o quien atenta contra el monarca.

En este contexto, quienes obtienen beneficios se encuentran ante un punto trascendente, tanto si la guerra comenzó por circunstancias que les fueron ajenas, como si desearan promoverla: la tentación de moldear al enemigo para ampliar/ generar un estado de cosas en el que resultan beneficiados.

¿Cómo pueden hacerlo? Presentando a ciertos individuos como amenazas a bienes inmateriales que la colectividad considera valiosos, por tanto, susceptibles de ser defendidos mediante la violencia.

Desde mi punto de vista, no hay nada en la naturaleza humana que los obligue a tomar esta decisión. No podemos dar por sentado que quien tiene siempre va a querer más, o que quien se encuentra en una situación ventajosa hará cualquier cosa por acentuarla. Ellos deciden, con total y pleno uso de sus facultades, la extensión de un estado en el que resultan beneficiados.

Esto no es necesariamente un problema, pero sí lo es cuando aquel estado es la guerra, pues lo promovido es un orden de cosas en el que un sacrificio colectivo se subyuga ante la satisfacción de un interés particular.

Así, moldean al enemigo presentándolo como una amenaza. Por lo tanto, y esto es lo importante, la cualidad de enemigo se presenta desde la potencialidad: Nuestro enemigo no es tanto quien efectivamente nos hace daño (lastimando aquel valor que nosotros estimamos importante), sino que es sobre todo quien puede hacerme daño (puesto que supuestamente pretende lastimar aquel valor que nosotros estimamos importante).

¿Cómo puedo entonces identificarlo? Solo por sus características externas.

Mi enemigo es boliviano. Mi enemigo es flaite. Mi enemigo es mapuche.

No por lo que hace, sino por cómo es.

Y esto tiene otra implicancia: si yo reacciono violentamente en su contra, es decir, si yo lo ataco, ese ataque está justificado sin que sea necesario que haya habido por parte de él un ataque previo hacia mí o hacia aquel valor considerado fundamental por nosotros.

¿Qué proporcionalidad es posible en este escenario?

Intenté que el análisis fuera neutral, pero me da la impresión de que mi tesis se sospecha desde el principio.

Quienes se benefician con la guerra en Chile, deciden promoverla, moldeando al enemigo, presentándolo como amenaza contra valores que parecen universalmente aceptados: la Paz (seudónimo de Propiedad en nuestro contexto); lo que genera un estado de animadversión que permite justificar cualquier tipo de atrocidad contra quienes han sido expuestos como contrarios a ideales que, dicen, son provechosos para todos.

En la cadena nacional donde Piñera presenta el Presupuesto, él dice que su compromiso consiste en lograr que su Gobierno beneficie a todos y cada uno de sus compatriotas.

Si el beneficio de todos es una idea intrínsecamente incompatible con la guerra, y si debemos hacerle la guerra al terrorismo y a la delincuencia, ¿quiénes son, señor Presidente, sus compatriotas?

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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