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Jair, el invitado que arruinó la fiesta

por 25 marzo, 2019

Jair, el invitado que arruinó la fiesta
Además del encantamiento e hipnosis que le provoca a la derecha chilena, que abiertamente ha perdido el pudor inicial y parece ver en Bolsonaro un estilo deseado de liderazgo y convicción ideológica, el protagonismo del brasileño dejó una duda preocupante respecto de cuánta resonancia tienen en su propio electorado local las posiciones brutales en materia de discriminación, xenofobia, homofobia y endiosamiento de las dictaduras de los 80. En estos días vimos a José Antonio Kast y a Jacqueline van Rysselberghe en éxtasis, y un silencio sepulcral de dirigentes de Evópoli o del ala más liberal de Renovación Nacional.
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La verdad es que el lanzamiento de Prosur pasó a segundo plano. Pese a que el Gobierno chileno se había preocupado de montar una puesta en escena que resaltara la figura y rol del Presidente Piñera como líder de la nueva organización sudamericana que enterró a Unasur, la presencia y las declaraciones del clan Bolsonaro –Jair, Eduardo, su jefe de gabinete y el canciller Araújo– terminaron robándose la película.

Bolsonaro Rockstar afirmó que todas las barbaridades que ha dicho –las que están registradas– eran “fake news”. También jugó de contragolpe, con el mismo toque de soberbia que lo caracteriza, prácticamente se autodescribió: “Si yo fuese xenófobo, machista, misógino o racista, ¿cómo justifica que haya ganado en Brasil?”. Aunque algo de razón tiene, lo cierto es que los brasileños aún deben estar arrepintiéndose de haber votado por este ex militar, evangélico fanático y ultraconservador, considerándolo el mal menor y como una expresión de rabia y protesta contra la corrupción y la debacle del PT del prisionero Lula.

Definitivamente, Jair Bolsonaro creyó que la fiesta organizada por el dueño del cumpleaños era para él. Dio entrevistas a varios medios, se paseó por centros comerciales –incluyendo un sospechoso y eufórico saludo de Checho Hirane–, hizo puntos de prensa, instaló sus cuñas preformateadas, tuiteó sus aventuras en Santiago, pero, especialmente, intentó proyectarse como un tipo simpático y hasta algo divertido. La cara del Presidente Piñera fue elocuente cuando, el sábado en La Moneda, le sugirió ayudarlo en su próxima campaña. Pero, además, vino acompañado de un séquito al que le gusta el perfil alto y que se encargó de lanzar frases polémicas y provocativas. Si se propusieron robarle el protagonismo a Piñera, claramente lo lograron.

Su hijo Eduardo –que vino a la cumbre de la derecha e incluso es más ultra que su padre– se despachó un par de frases para el bronce, incluyendo su confesión de que la salida de la crisis de Venezuela iba a requerir el uso de la fuerza. De seguro, el primogénito algo de información privilegiada tendrá, considerando que Jair se vino a Santiago directamente de Washington, donde –de acuerdo a sus palabras– fue a visitar a su “amigo” Donald Trump. Pero, sin duda, el más aventajado del clan Bolsonaro fue el jefe de gabinete del Mandatario, quien señaló que, en el período de Pinochet, Chile había tenido que vivir un baño de sangre para generar las bases económicas que tenemos hoy. Una frase que solo podría compararse a la de un jerarca nazi.

Además del encantamiento e hipnosis que le provoca a la derecha chilena, que abiertamente ha perdido el pudor inicial y parece ver en Bolsonaro un estilo deseado de liderazgo y convicción ideológica, el protagonismo del brasileño dejó una duda preocupante respecto de cuánta resonancia tienen en su propio electorado local las posiciones brutales en materia de discriminación, xenofobia, homofobia y endiosamiento de las dictaduras de los 80. En estos días vimos a José Antonio Kast y a Jacqueline van Rysselberghe en éxtasis, y un silencio sepulcral de dirigentes de Evópoli o del ala más liberal de Renovación Nacional.

Pero donde la presencia de Bolsonaro cayó como un regalo del cielo fue en la oposición. A los pequeños brotes de unidad que está dando el conglomerado en las últimas semanas, se sumó una posición unánime de rechazo, lo que claramente opacó a Prosur. Tanto el presidente del Senado, Jaime Quintana, como el de la Cámara, Iván Flores, no asistieron al almuerzo en su honor. Se organizaron protestas y movilizaciones de agrupaciones de Derechos Humanos y el Movilh, pese a que fueron inexistentes para El Mercurio y otros medios. Parlamentarios del Frente Amplio –luego de un período para el olvido– se dirigieron a La Moneda para pedir que se declarara persona non grata. Caso aparte es el de Eduardo Frei, quien, además de recibir un rechazo generalizado por ser el único opositor en asistir al bullado almuerzo, despertó muchas dudas respecto del rol que quiere jugar. ¿Serán, junto a Mariana Aylwin, candidatos a ministros de Piñera para el próximo ajuste de cartera?

Otro hecho que tuvo mucho menos relevancia de lo esperado fue el “Foro por la Democracia”. De partida, tuvo escasas figuras internacionales, con la excepción de la señora de Guaidó, que dejó en entredicho lo que la derecha chilena recalca permanentemente: que el presidente encargado es un hombre de izquierda. Ponencias casi calcadas, la mayoría enfocadas en la defensa de la democracia y en Venezuela, lo que demuestra que el relato de la derecha latinoamericana es, a estas alturas, una especie de terapia obsesiva para superar y dejar atrás un obscuro pasado de complicidad y apoyo a las dictaduras militares de los 80 que invadieron el continente. Claramente, las generaciones más jóvenes de políticos quieren dar vuelta la página, algo que la historia no les va a permitir.

Volviendo a Prosur, pese al exagerado protagonismo de Bolsonaro, Sebastián Piñera logró en parte su objetivo. El 22 de marzo comenzó a construir su futuro personal. Es indudable que el Presidente ya está pensando en el siguiente paso, lo que quedó demostrado en el fallido viaje a Cúcuta. El encuentro de Santiago le sumó puntos transitoriamente, pese que las seis conclusiones de la declaración del organismo que nace con solo ocho de doce países no pasan de ser buenas intenciones, nada concreto. No tiene estructura, no tiene proyectos específicos. Mucho uso de la palabra “flexibilidad” y frases para el bronce como “cooperación sin exclusiones”, pese a que ni Uruguay ni Bolivia firmaron y Venezuela no fue considerado.

Ojalá esta vez Prosur sirva de algo y no estemos solo cambiando el exceso de “ideologismo de izquierda” –la justificación de Piñera para matar Unasur– por “ideologismo de derecha”, considerando que los ciclos políticos han marcado a los organismos de integración en el continente, a diferencia de la Unión Europea, una institución sólida que soporta sin inconvenientes el ciclo izquierdaderecha.

Una última reflexión. Sudamérica lleva casi un año enfocada y dividida por Venezuela. La izquierda partió defendiendo la legitimidad del triunfo de Maduro en las últimas elecciones, pero de a poco fue restándole su apoyo hasta terminar guardando un silencio evidente –con la excepción de Navarro y unos pocos del Frente Amplio–.

Para la derecha, en cambio, el mandatario venezolano se convirtió en una tremenda oportunidad, que han sabido aprovechar bien. Como señalaba antes, les ha ayudado a construir un relato “antidictadura” y “pro democracia” que, de manera muy inconsecuente, intenta borrar un periodo largo en que hicieron lo contrario, partiendo por apoyar 17 años a la dictadura brutal de Pinochet. Pero también les ha servido para proyectar a una izquierda añeja, confusa, incapaz de dar “gobernabilidad” en el continente.

Por ahora, Maduro le sirve, y mucho, a la derecha. Aunque en las declaraciones digan lo contrario, una salida en Venezuela los dejaría sin relato.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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