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La narrativa de Pérez: una paz lejos de ser paz

por 10 agosto, 2020

La narrativa de Pérez: una paz lejos de ser paz
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En política es usual el uso de recursos literarios para poder transmitir de mejor –o peor– manera los ideales que están en el campo de disputa ideológica en un país donde todo parece tan frágil. Frágil en la idea de que un animal voraz está herido y cuando lo está se pone aún más peligroso, más feroz y violento.

Así mismo están aquellos que defienden el modelo que se ha cuestionado masivamente desde octubre del año pasado. Utilizan todos los recursos que tienen a su alcance: sus alianzas privadas, sus negocios, la fuerza de la luma, las preguntas cómodas en matinales y, por supuesto, sus discursos. Se agotan hasta los últimos cartuchos lingüísticos para sostener esa tensión entre la apariencia democrática y pulsión aprendida de que los conflictos se resuelven con rigidez y dureza, de esa seriedad que se sostiene a punta de violencia.

El Gobierno está herido. Perdió su disputa en un bastión de los principios de su ideología: las pensiones reguladas por el mercado financiero, ese mismo que se tambalea con el uso de sus mismos principios ideológicos: que el individuo maneje el producto de su trabajo. La UDI golpeó fuerte la mesa. Se cayeron varios y otros se alzaron, entre ellos, Víctor Pérez, nuevo ministro del Interior. Aparece la biografía de la represión, el relato de la mano dura en la resolución de conflictos, la voz que justifica y avala la violación de Derechos Humanos en nuestro país (nunca olvidar). Pero viene renovado. Viene a hablar de paz, de reconciliación. Dice que solo el diálogo puede resolver los conflictos.

Y aquí Pérez usa la paz como un artilugio lingüístico para ocultar una disputa ideológica detrás de un lugar común para resolver los problemas: ¿cuál es el locus amoenus de la derecha?, ¿cuál es su lugar idílico? Sus acciones, y no sus recursos literarios, indican que la extinción del enemigo. Así como, también, el chivo expiatorio. En su lenguaje, el mapuche. Otro recurso: deshumanizarlo, quitarle historia, quitarle carácter de sujeto. ¿Cómo? Llamándolo terrorista. Pero aquí está la astucia. En entrevista del domingo en TVN, Pérez dice que reconoce que el problema no es solo policial, que posiblemente sea político y que es histórico. ¿Está historizando la lucha mapuche? No, porque a continuación dice que, como es parte de la historia, él ya no puede hacer nada.

Historizar una lucha es reconocer al otro como sujeto legítimo, en primer lugar: reconocer que tiene historia, motivaciones, afectos, comunidad y una cosmovisión distinta a la tuya. Luego significa reconocer que los conflictos tienen un origen histórico –no es desde siempre, por lo tanto, se crea y se puede cambiar por la acción humana– con elementos económicos (forestales), sociales (desigualdad) y culturales (racismo-colonialismo) que se atraviesan. Historizar la lucha mapuche significaría reconocer que la toma de los municipios responde a un cansancio colectivo de tener los nudillos magullados de tanto golpear puertas a las instituciones winkas para responder a la demanda del reconocimiento y redistribución del poder, arrebatado a punta de fusil, por cierto. Significa reconocer que hay comuneros que deciden la huelga de hambre ante la indiferencia y menosprecio de quienes no respetan las normativas internacionales.

Sin embargo, decir a tontas y a locas, inclúyase al moderno Pancho Vidal en esto, que lo que ocurrió en las tomas de los municipios es un acto terrorista, al igual que la famosa paz que busca el Gobierno, es un discurso vacío. No dice absolutamente nada. Pero tiene todas las influencias políticas posibles. Crea temor, rabia, crea un enemigo al que hay que eliminar porque es la causa de este miedo. Llena de acciones que no resuelven absolutamente nada, pero llena al mundo de malestar, de odiosidad e irracionalidades.

A menos que crean que efectivamente así se deben resolver los conflictos. Declarar terrorismo es usar una categoría, incluso en el nivel jurídico, demasiado ambigua como para poder operacionalizar una respuesta que no sea la violencia. La ambigüedad trae el delirio, paranoia y violencia. ¿Quieren paz o quieren ciudadanos paranoicos, con deseos de “juntarse en la plaza con palos” para resolver los problemas?

La paz no se logra declamándola. La paz es un movimiento que se actualiza en las acciones que hacemos, hicimos y haremos. Tiene el elemento ético de que deber ser performativa, se debe hacer. Claramente el ministro Pérez está fallando en su performance pacifista. Pero en política no se está para perder. Se está para ganar, o para negociar las derrotas, por lo bajo. Quizás la inoperancia sea una derrota en la vox populi que están dispuestos a ofrecer para negociar la victoria de la eliminación del enemigo. Es difícil leer a un Gobierno cuando utiliza tanto artilugio literario y no políticas públicas que resuelvan problemas.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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