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La energía (E) en la nueva Constitución de Chile

por 27 noviembre, 2020

La energía (E) en la nueva Constitución de Chile
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La nueva Constitución que tendrá Chile genera grandes expectativas. Cada demanda defendida por los diversos grupos de interés que se expresan a través de organizaciones de distinto tipo y las redes sociales, querrá ser vista en el texto final.

En el supuesto que la movilización social mantiene la presión directa sobre los constituyentes, el texto final podrá incluir tantas demandas como los miembros de la Convención Constitucional no puedan rechazar.

Adicional a los principios fundamentales para dar forma a un país socialdemócrata, que hoy genera aceptación transversal, se podrá requerir la inclusión de todo tipo de demandas, a sabiendas de que el texto constitucional no es el lugar para incluir requerimientos específicos. En el ambiente que vivimos, no parecería absurdo pedir incluir en la nueva Constitución que seremos un país ecológico, con una economía verde y circular, tecnologizada, sin combustibles fósiles y libres de contaminación.

No será fácil canalizar estas demandas con la calle y las redes sociales hiperactivas y sin escatimar esfuerzos en pedir hasta lo imposible, porque esa es la realidad que les da sentido de pertenencia.

Esperemos que en el promedio de las mentes de las personas que formarán parte del órgano constituyente, exista la comprensión básica que, para dar materialidad a los derechos que consagrará la nueva Constitución, Chile deberá crear suficiente valor económico para financiar la nueva estructura de derechos. De lo contrario, artículos tan ampulosos como “El derecho a vivir en un medio libre de contaminación” y de responsabilidad del Estado de proveerlo (artículo 19, número 8º, en la actual Constitución) quedarán en letra muerta.

En los análisis económicos clásicos, el capital, el trabajo y la tierra, fueron los factores de producción sobre los cuales se analizaban las fuentes de creación de valor. Es solo a finales del siglo XX cuando, en retrospectiva, se realza la importancia del carbón (energía) y la máquina a vapor (tecnología) en la potenciación de la eficiencia y el valor del capital, el trabajo y la tierra.

Fue la energía primaria fósil, a partir de la Revolución Industrial, la que permitió reemplazar la energía muscular de los hombres y de los animales y puso a disposición de esta civilización una casi infinita cantidad de energía, comercialmente disponible en todo el mundo.

El aumento de la calidad de vida de la humanidad se correlaciona con una mayor utilización de la energía a precios reales decrecientes. En el siglo XIX, la disponibilidad de carbón a precios decrecientes, fue el fundamento que aceleró la Revolución Industrial, en el siglo XX la disponibilidad de petróleo y electricidad, también a precios decrecientes, permitió la masificación de los sistemas de transporte, la consolidación de la vida urbana en grandes ciudades y el desarrollo de nuevas tecnologías.

En los inicios de este siglo supimos que el acceso a la energía, abundante y barata, disponible las 24 horas del día y los 365 días del año, tiene impacto directo en una mayor disponibilidad de alimentos, en la disminución de la mortalidad infantil y en el aumento del índice de desarrollo humano. Hoy, como nunca antes en la historia de la humanidad, nos reconocemos como una especie con un futuro común, muere menos gente por hambrunas y enfermedades, y podemos comunicarnos en tiempo real entre miles de millones de personas alrededor del mundo.

Esto se ha logrado, principalmente, mediante el valor agregado por la energía y la tecnología al capital, el trabajo y el uso de la tierra. En particular, debido al desarrollo de la industria de los combustibles fósiles que provee, no solo los combustibles que mueven todo tipo de vehículos, sino también materiales y productos químicos, desde la producción de alimentos y materiales de construcción, hasta la ropa que vestimos, que hoy facilitan nuestra vida cotidiana.

Muchos países como Chile se benefician de la abundancia y los bajos precios del carbón, petróleo y el gas natural. Casi sin excepción, en los países subdesarrollados y en vías de desarrollo, estos combustibles son la fuente principal de energía primaria en la generación eléctrica, transporte de pasajeros, transporte de carga terrestre, en la generación de calor y en el transporte marítimo.

Desafortunadamente, el costo de utilizar las fuentes de energía fósil, baratas y muy abundantes, está acelerando el aumento de la temperatura media del planeta y gatillando un cambio climático que pone en peligro la existencia del homo sapiens.

Por esta razón, durante este siglo deberemos reemplazar aquellas fuentes de energía primaria que abastecen el 65% de la demanda mundial y un 79% de las necesidades de Chile. Probablemente las alternativas a los combustibles fósiles serán más de una, pero deberán facilitar la creación de valor y permitir un desarrollo sustentable.

El desafío es de escala mundial y considerando las debilidades de Chile para generar conocimiento, producir soluciones innovadoras o tecnológicas de impacto global, un requerimiento constitucional para ser un país con una economía ecológica, verde, circular, libre de contaminación y sin combustibles fósiles, no serían más que figuras retóricas en el texto constitucional.

Para no confundirnos, la oportunidad que nos brinda una nueva Constitución es dejar de manifiesto si creemos o no en nuestras propias capacidades para buscar un desarrollo justo y sustentable. Si apostamos por nuestras capacidades, en algún capítulo de la nueva Carta Magna deberá quedar consagrado que nuestro futuro lo construiremos sobre la base del desarrollo de las ciencias, las artes, la tecnología y la innovación.

Esto requiere que, al menos, dos tercios de las mentes que elijamos para la Convención Constitucional estén convencidas de una orientación filosófica de la economía sobre la base del desarrollo de conocimiento propio, de lo contrario, seguiremos invirtiendo un miserable 0,34% del PIB en investigación y desarrollo, perderemos los cerebros más brillantes y será imposible dar respuestas a las innumerables demandas de la gente, que cree deben estar consagradas en una nueva Constitución.

La energía requerida para un desarrollo sustentable está disponible ahora, podrá ser utilizada en un nuevo modelo de desarrollo mediante la planificación de una transición energética estratégica y vinculante, con metas, plazos y responsables, pero con los recursos necesarios para innovar y desarrollar las mejores soluciones para el país.

Debemos entender también que la migración hacia una economía verde o un desarrollo sustentable, requiere de un diseño estratégico, integrado, para descarbonizar los sistemas de transporte, la minería, agricultura, calefacción, el transporte marítimo y la generación de electricidad. Esto se puede lograr con políticas públicas que tengan como eje el desarrollo de conocimiento propio y como fundamento constitucional el aumento progresivo de recursos para investigación, desarrollo e innovación.

Con este principio, una nueva Constitución deberá permitir construir un Estado flexible, que busque maximizar progresivamente el uso de nuestras fuentes de energías renovables, desplace los combustibles fósiles por precio y limpieza y promueva la implementación de soluciones más baratas y limpias, en beneficio directo de la gente.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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