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Alfredo Jaar: el mercader de Venecia

por 22 agosto, 2013

Alfredo Jaar: el mercader de Venecia
El consagrado artista crítica en su obra "Venezia Venezia" el elitismo del arte contemporáneo y el anquilosamiento de la bienal italiana, sin embargo no sólo presenta su obra sino que presenta una obra exorbitantemente cara. Él es el Antonio de la obra de Shakespeare "El Mercader de Venecia".

Obra de Alfredo Jaar expuesta en la Bienal de Venecia 2013

Obra de Alfredo Jaar expuesta en la Bienal de Venecia 2013

El Mercader de Venecia es una obra de Shakespeare acerca de la filantropía, la hipocresía y el poder del dinero. Antonio es un rico mercader que odia y critica a los judíos, quienes consiguen grandes sumas monetarias a costa de prestar dinero cobrando unos intereses desproporcionados. Es amigo de Bassanio, un pobre veneciano que quiere deslumbrar y conquistar a Porcia, y para ello necesita trajes, regalos y una perfecta puesta en escena. Antonio le presta dinero, pero el que tiene es insuficiente, así que se traga su orgullo y pide crédito a un judío.

Alfredo Jaar hace el papel de Antonio en el teatro de la Bienal. Es un artista consagrado que denuncia en su obra “Venezia, Venezia” el elitismo del arte contemporáneo y la “arcaica rigidez” de la cita italiana. Pero por hacer un favor a Chile (Bassanio) acepta la invitación de su país, que quiere conquistar el León de Oro, el premio de la Bienal (Porcia). Para ello recauda de varias empresas e instituciones privadas una gran suma económica.

La estrategia para seducir al jurado es denunciar el aniquilosamiento, el dispendio y la discriminación de la Bienal veneciana. Los medios: arrendando un espacio a millón el metro cuadrado, recolectando un presupuesto gigantesco y reivindicando a los países africanos (de manera literaria, no literal).

¿Qué le ha pasado a Alfredo Jaar, un artista con varios trabajos de una potencia y calidad indiscutibles, para caer en una hipocresía tan obvia? ¿Porqué una propuesta tan superficial proveniente de un creador de obras de complejidad y profundidad?

La obra presentada por Jaar ya es conocida por todos. Una maqueta de los Giardini, la parte de la Bienal donde están los pabellones nacionales, que se hunde en agua en una piscina durante unos minutos para volver a salir a la superficie. Así, 24.860 veces. Una crítica a la “estructura caduca” de la Bienal, a los “exorbitantes costos” para alquilar un espacio de exposición, a “una arquitectura difunta”.

Lo hace no sólo estando presente en la Bienal que reprende, en una sala alquilada a un precio exagerado, sino aumentando los costos con una estupenda fiesta inaugural, y editando un catálogo de lujo en el que la mitad de las páginas son ocupadas por imágenes innecesarias de detalles de la obra.

¿Qué le ha pasado a Alfredo Jaar, un artista con varios trabajos de una potencia y calidad indiscutibles, para caer en una hipocresía tan obvia? ¿Por qué una propuesta tan superficial proveniente de un creador de obras de complejidad y profundidad?

Cómo el autor de “Gold in the morning” (1986), “Proyecto Ruanda” (1994-2000), o “El lamento de las imágenes” (2002), instalaciones y fotografías de un fuerte compromiso ético, de una multiplicidad de interpretaciones tan interesante, nos presenta un artilugio tan simple, con un discurso tan fallido, tan líquido. Un artista capaz de lograr un equilibrio perfecto entre impacto visual y reflexión sensible, como queda patente en su obra permanente “Geometría de la conciencia” (2010), muestra que se expone en el Museo de la Memoria de Santiago de Chile.

La gravedad mostrada en entrevistas y textos de Jaar, en las que se hace un llamado a un “orden nuevo”, e incluso a una “democracia cultural abierta a todos” cae en una pretenciosidad insostenible respecto de su instalación para la Bienal. Tan grave que se hunde.

Todo lo entrecomillado aparece así porque son expresiones obtenidas de textos que ha escrito Jaar con respecto a la obra. Reflexiones que perjudican su participación, ya que no dan lugar a interpretaciones abiertas, dogmatizan y asfixian. Son dos manos que impiden a la maqueta salir del fondo de la piscina. Alfredo Jaar actúa como un mercader que vende una idea. Si la compras, te avala. Si no, eres uno de ellos.

África se vuelve una sospecha en el hasta ahora ético discurso del artista. Sin venir a cuento, se nos habla de una ausencia de pabellones africanos en Venecia, como si la cuestión fuera ideológica o política. Y se trata únicamente de dinero. Si tienes el dinero, estás en la Bienal. Si no, no. Una opción no sondeada por Jaar podría haber sido donar su espacio a los artistas africanos que tanto reivindica.

Por cierto, Porcia, el León de Oro, fue conquistada por Angola.

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