“Libertad Duradera” vs. errores del pasado - El Mostrador

Viernes, 15 de diciembre de 2017 Actualizado a las 11:45

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"Libertad Duradera" vs. errores del pasado

por 1 octubre, 2001

Los actos de terrorismo del 11 de septiembre han dejado a una abrumadora mayoría de norteamericanos clamando mano dura contra los autores de estos salvajes crímenes -léase- una carta blanca para el uso de la fuerza militar.



Según todas las encuestas, nadie discute la necesidad de una acción militar decidida y contundente en contra de los responsables. Al mismo tiempo, existe una enorme preocupación por la seguridad al interior de los EEUU, como nunca antes. Hay una reacción casi de pánico, que todavía perdura.



En este sentido, no cabe duda que la creación de un nuevo cargo en el gabinete del Presidente -destinado a mejorar la coordinación de las más de 40 agencias federales que comparten responsabilidades en materias de orden público y que hasta ahora muchas de ellas no intercambian información entre sí- es un paso muy positivo.



Lo grave es que, al mismo tiempo, se sigue hablando con la mayor naturalidad de represalias que todos presumen deben estar dirigidas en contra del grupo de Osama bin Ladem, pese a que hasta ahora hay que confiar sólo en la palabra de las autoridades pues no se han mostrado evidencias que vinculen directamente a ese grupo terrorista con los hechos. Al menos la opinión pública no las conoce.



En este ambiente enrarecido una de las más serias preocupaciones que muchos tenemos es cómo hacerle frente a la actual avalancha de cuestionamientos, y quizás hasta de retrocesos que se puedan precipitar en materia de libertades públicas en este país. Esta peligrosa tendencia, que podría propagarse fácilmente en el hemisferio, hasta ahora se alimenta y legitima en la reacción de la gran mayoría de la población, que aparentemente estaría dispuesta a sacrificar el ejercicio de algunas libertades fundamentales -que afectan especialmente a los inmigrantes- por una sensación de mayor seguridad.



Nunca hay que olvidar que durante la Segunda Guerra 120 mil personas fueron detenidas en los EEUU, sin que hubiera mínimas sospechas de delito alguno. Simplemente, porque tenían origen o ancestros japoneses. En este sentido, creo que el mejor aliado es el tiempo.



Mientras más tiempo pasa sin que cuajen las iniciativas más represivas, mayores posibilidades existen que se impongan líneas un poco más racionales.



Por supuesto que las agencias de inteligencia de los EEUU y las autoridades encargadas de velar por el orden público, en lugar de revisar y corregir las fabulosas fallas que cometieron, ven aquí una excelente oportunidad para modificar la legislación antiterrorista, incrementando su poder discrecional a costa de ciertas garantías judiciales. Por ejemplo, se propone la detención indefinida de inmigrantes (legales o ilegales) cuando se trata de investigarlos por actividades terroristas con mínimo control judicial.



En materia de derecho a la privacidad se amplían las facultades para interceptar las comunicaciones. Además, la tipificación de las conductas delictivas es muy vasta. Uno de los pocos aspectos positivos del proyecto es la propuesta de imprescriptibilidad del delito de terrorismo. Este proyecto del gobierno del Presidente Bush es tan extremo que, hasta sectores republicanos, han expresado públicamente sus dudas argumentando que de ser declarado inconstitucional por la Corte Suprema volveríamos a fojas cero.



En cuanto a lo que serían las nuevas prioridades de la política exterior de los EEUU, el debate es igualmente preocupante. La semana pasada, funcionarios del Departamento de Estado propusieron al Senado una legislación para congelar -por cinco años- la facultad del Congreso de imponer restricciones a las relaciones bilaterales con aquellos países involucrados en graves violaciones a los derechos humanos, en la medida que fueran aliados en la lucha contra el terrorismo. Felizmente, esto fue descartado de plano por el propio Bush, luego que el Washington Post revelara este proyecto en primera plana.



Otra iniciativa que se discute está dirigida a eliminar las restricciones impuestas a la CIA para participar en asesinatos, si se trata de eliminar a líderes políticos o cabecillas de organizaciones que pudieran poner en riesgo la seguridad de los EEUU. Esta prohibición fue adoptada por el Presidente Ford después que la Comisión Church del Congreso develara múltiples casos como los de Fidel Castro, Trujillo y Allende, donde la CIA se involucró en atentados homicidas.



De retornarse a esta política no sólo se estaría violando las normas más elementales de justicia penal en todo el mundo, sino que además, los EEUU no tendrían argumento posible para oponerse a que el resto del mundo hiciera lo mismo, con lo cual derechamente se impondría la ley de la selva.



En cuanto a la estrategia militar propiamente tal, aparentemente, existirían dos visiones en pugna: una, sustentada por Colin Powell, que persigue una acción concentrada por ahora en torno a la agrupación de Osama Bin Ladem; y la otra, encabezada por el vicepresidente Cheeney y el Secretario de Defensa, que además incluye otros blancos de ataque como por ejemplo Irak.



Lo grave es que, al parecer, no habría mayores diferencias en cuanto a la disposición para establecer estrechas relaciones con países que cooperen en los próximos esfuerzos contra los autores de actos de terrorismo, aunque estén involucrados en graves violaciones a los derechos humanos.



También, al parecer, habría consenso en que para poder armar la alianza, lo más sensato es -por ahora- subordinar las preocupaciones en derechos humanos en el nombre de la lucha contra el terrorismo.



El mensaje lo han entendido con toda claridad Rusia y China. Ambos estados, con un gran sentido de oportunismo político, están aliándose sobre la base de que la comunidad internacional -y los EEUU en particular- deje de criticar la conducta de sus fuerzas en la lucha contra su propio "terrorismo".



China públicamente ha aprovechado de reivindicar su política hacia el Tibet. Rusia autoriza a EEUU que ocupe su territorio y espacio aéreo a cambio del silencio frente a las atrocidades que sus fuerzas están cometiendo en contra de la población civil en Chechenia.



Todo esto podría llevar a reproducir un ambiente de Guerra Fría, donde probablemente los EEUU serán mucho más críticos -como lo fueron en el pasado, en su lucha contra el comunismo- con aquellos gobiernos que no colaboren en la lucha contra el terrorismo y algo menos con los aliados, pese a su directa responsabilidad en graves abusos.



Uno de los aspectos centrales que caracterizó a la Guerra Fría fue el doble estándar de la política exterior de los EEUU. Frente a casos similares se hacían evaluaciones muy distintas, dependiendo del color político del régimen dictatorial. Esta fue una de las más grandes inconsistencias, que terminó por dañar su credibilidad y, peor aún, al politizar el tema al extremo, hizo más difícil la recuperación democrática en muchos países.



Que quede claro: es válido y legítimo luchar contra el terrorismo, pero no de cualquier manera. Los medios que se empleen deben ser compatibles con las normas internacionales. De lo contrario, se desciende a la lógica de los terroristas. Y esto también vale para las alianzas que se vayan creando en el camino.



Una de las características clásicas de la política exterior norteamericana es que en circunstancias difíciles se reordenan las prioridades, subordinando unas a otras, para alcanzar un objetivo de corto plazo. En este proceso evidentemente se sacrifican principios en defensa de lo que la emergencia demanda, sin hacer mayores esfuerzos por conciliar los diversos intereses que pudieran estar en juego.



Así se explican las políticas de alianzas que se han forjado en el pasado y que luego se lamentan, el mejor ejemplo: Osama bin Ladem.



En nuestra región hay tres conocidos personajes que la ilustran: Manuel Contreras, Manuel Antonio Noriega y Vladimiro Montesinos. Es demasiado importante lo que está en juego. El éxito de esta empresa dependerá de la capacidad que tengan los EEUU de aprender de sus errores.





*José Miguel Vivanco es presidente de la División Americas de la organización Human Rights Watch y conductor del programa Choque de Opiniones de CNN en español.

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