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La legalidad anacrónica del capitalismo contemporáneo

por 30 abril 2010

El gran desastre financiero privado está siendo sustituido, o más bien complementado, día a día por un creciente desastre financiero estatal.

La actual crisis del capitalismo global no es sólo económica. También lo es moral y jurídica. Por eso, las señales aparentes de recuperación económica son irrelevantes. No sólo por ser manipuladas y engañosas. Sino porque lo fundamental queda fuera. Y es que la crisis ha demostrado nuevamente que el ordenamiento jurídico de los estados no protege ni a los ciudadanos ni a los propios estados frente a la masiva destrucción de riqueza y bienestar que estos mercados pueden provocar y de hecho provocan.

Más allá de lo anecdótico de tal o cual personaje gangsteril como Madoff, obsesivos como Leeson, que hizo quebrar el Barings Bank, o de Lehman  con sus “créditos mentira”,  que provocó el cataclismo de los “créditos subprime” etc., el problema es el carácter sistémico del engaño y autoengaño de los mercados de capitales actuales. Contrario a la regla básica del capitalismo y su circulación mercantil, aquí no opera el principio de intercambio de mercancías de valores iguales. Los papeles (pueden ser simples anotaciones electrónicas) que se transan en esos mercados, mayoritariamente no representan nada real, y están permanentemente expuestos a variaciones drásticas de su “calidad”, manifestada en su precio.

El gran desastre financiero privado está siendo sustituido, o más bien complementado, día a día por un creciente desastre financiero estatal.

Si esta situación existiese en los mercados de bienes reales, y no hubiese una legalidad que lo impidiera, seguiríamos viviendo en la barbarie. Imaginémonos encontrarnos expuestos permanentemente a que en el supermercado debamos comprar productos de calidad siempre impredecible, o que los buses que tomemos pudiesen cambiar en cualquier momento el recorrido previsto. La violencia sería incontenible. Pero eso es precisamente lo que sucede en los mercados de capitales, con la diferencia que (todavía) no hay violencia. Aquí se ha establecido un principio social de tolerancia y complicidad. Eufemísticamente se habla de riesgos; de hecho se trata de  trampas y mentiras, siempre asociadas a ganancias estrafalarias de una minoría. El derecho y la justicia miran al cielo y ninguna moral lo impide.

Es lo que sucede con la famosa “securitización” y “colateralización” de supuestos flujos financieros del futuro por parte de los bancos, y en los cuales se materializan las inversiones de los fondos de inversión y de pensiones, aseguradoras y otros más.

El ejemplo de Goldman Sachs que ahora explota no puede ser más ilustrativo. Por un lado, montó una maquinaria para vender papeles “sintéticos” seleccionados por un especulador que sabía perfectamente que no valían nada, pero de cuya intervención no informó a sus clientes. Por el otro, vendió papeles asegurados por una aseguradora favorecida con los fondos públicos de rescate, sabiendo que los valores de esos papeles necesariamente debían irse el sótano. Las ganancias las obtuvo con creces.

Pero todo fue legal. Tanto que ahora Goldman Sachs ha contratado a un ex funcionario estrella del gobierno de Obama, encargado del cierre del centro de torturas de Guantánamo, para demostrarlo. Es que vender papeles sintéticos sabiendo que no valen nada, no constituye delito alguno, ni moral ni jurídico, ni parece tener nada que ver con los derechos humanos. Ni siquiera el principio de la buena fe tiene vigencia, a pesar de que estas operaciones bien podrían equiparase a venderle una casa a un amigo y después incendiársela para comprar barato el sitio sobre la que estaba construida, o robarle el carro recién vendido con las copias de las llaves originales.

Incapaz de prevenir esta situación, los estados no han podido evitar que la bola de mentiras se transforme en lavina, arrasando a bancos y otras empresas financieras de todo el mundo al abismo. Habiendo definido a algunas de ellas como “demasiado grandes para quebrar”, gigantescas sumas en bonos públicos han sido tirados al mercado para financiar su rescate. Es así que ha aumentado espectacularmente la necesidad de refinanciar y poner cada vez mayores sumas de bonos estatales en el mercado.

Obviamente, ello ocurre con pleno apoyo y gran creatividad de los bancos así rescatados, por las comisiones que les reportan. Y con la gran ventaja de poder al fin subir el rendimiento de estas inversiones, dado su creciente riesgo debido al constante deterioro de la situación financiera de los estados. Los problemas de Grecia y otros países de la zona del Euro no son sino prolegómenos de la catástrofe que se avecina.

El panorama económico mundial sigue pues muy sombrío, para decir lo menos. El gran desastre financiero privado está siendo sustituido, o más bien complementado, día a día por un creciente desastre financiero estatal. Sólo tímidamente los parlamentos, o más bien sólo el de los EE.UU., han comenzado a preocuparse del asunto. Pero la justicia y la moral siguen mirando al cielo.

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