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Argentina y el Tema Apablaza: Una crónica anunciada

por 19 octubre 2010

La relación con Argentina es demasiado importante como para hipotecar todo a una resolución favorable en este caso, que además, parece cada vez más lejana, al menos en el corto plazo.

Hace algunas semanas, durante un viaje a Buenos Aires, la Presidenta de Argentina le comunicó a nuestro Presidente, que estaba “complicada” con la solicitud de extradición de Galvarino Apablaza. A buen entendedor, pocas palabras. La verdad es que casi todos los grandes conocedores de la realidad argentina y de nuestras relaciones con este país, ya habían pronosticado en privado, el fracaso que tendría este requerimiento ante el gobierno argentino.

Y es que como bien lo señala en una reciente entrevista  el ex candidato presidencial y ex embajador en Buenos Aires, Jorge Arrate, en Argentina la extradición es un tema más político que jurídico, que lo resuelve en definitiva el poder ejecutivo de ese país. Si esto es así, y considerando el clima electoral que ya existe al otro lado de la frontera, así como los vínculos de la familia Apablaza con autoridades argentinas y agrupaciones de DD.HH, ¿era realista suponer que una estrategia “vociferante”, que además prejuzgaba la culpabilidad del requerido, podría tener éxito en el actual escenario trasandino? Muy difícil.

Las exigencias públicas que desde acá hicieron algunas autoridades, más bien activó en Argentina las gestiones de sectores vinculados al kirchnerismo, que buscaron asegurar el otorgamiento de refugio a esta persona requerida por la justicia chilena.

La relación con Argentina es demasiado importante como para hipotecar todo a una resolución favorable en este caso, que además, parece cada vez más lejana, al menos en el corto plazo.

Haber seguido de una manera más discreta las gestiones por la vía judicial, con un apoyo diplomático también discreto, ¿habrían llevado a un resultado distinto?

En el actual escenario probablemente no, pero lo cierto es que fue un diseño sin altisonancia seguido en los últimos años, el que al menos facilitó la sentencia de la Corte Suprema argentina favorable a la extradición.

Tiene razón entonces, el ex Canciller Mariano Fernández, cuando señala que “la diplomacia exitosa es discreta, mientras que la impericia es sonora”. Pero además, estas actitudes vociferantes de sectores influyentes en Chile, refuerzan en el exterior la percepción de que en nuestro país las leyes protegen a unos más que a otros (el que Pinochet nunca haya sido juzgado, por cierto reforzó esta apreciación).

Recordemos a este respecto, que Suiza también se negó a extraditar a otro frentista, por las mismas aprensiones respecto al estado de derecho en nuestro país, y no deja de ser sintomático, que el abogado de Apablaza haya comentado después de la resolución de la Conare, que esto ayudará en Chile para terminar con una ley anti-terrorista, que hasta hace poco se le aplicó de manera abusiva a sectores mapuches en la región de la Araucanía.

Y es que no importa como uno crea que son las cosas, lo que importa es como las perciben otros que pueden afectar nuestros intereses, en este caso, en el ámbito exterior. Y lo cierto es que declaraciones estridentes (pero que no provienen de la Cancillería, sino de otras autoridades y algunos parlamentarios), o leyes abusivas contra los sectores más débiles de nuestra sociedad, no hacen sino refrendar una percepción externa negativa que no ha desaparecido del todo, no obstante los positivos cambios que ha experimentado el poder judicial chileno en los últimos años.

Por otra parte, la relación con Argentina es demasiado importante como para hipotecar todo a una resolución favorable en este caso, que además, parece cada vez más lejana, al menos en el corto plazo. Al final, lo sucedido con este país suele darse con mayor regularidad de lo que se piensa, en las relaciones internacionales entre estados. Esto es, la primacía de la política interna sobre la política exterior en casos que son emblemáticos o de alta complejidad para un gobierno de turno. En tales situaciones, no son muchos los gobernantes que están dispuestos a sacrificar un capital político importante, en función de la relación con algún país vecino, e incluso amigo (piénsese por ejemplo, en el reciente caso de Sarkozy con la expulsión de gitanos, que después de todo, son ciudadanos europeos). Por cierto, después se buscan las formas y caminos para reparar un vínculo que puede ser importante o estratégicamente vital, pero al final, el “instinto” de preservación política se impone muchas veces, sobre todo cuando inadvertidamente se ha colaborado para poner a la contraparte en una situación sin salida frente a su base política.

Para la próxima, una diplomacia eficaz debe “prever” los distintos escenarios posibles, y calcular de antemano las consecuencias probables de las acciones que se emprenderán. Nunca es tarde, por eso hace bien el gobierno en persistir ahora por la vía judicial, y retomar el diálogo con un vecino con el cuál tenemos hoy una diferencia importante, pero que debe quedar “encapsulada” para no dañar tantas otras materias donde sí tenemos intereses compartidos y de beneficio mutuo.

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