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Felicidad y progreso económico: una mirada desde la Psicología Económica

por 1 octubre 2011

¿De qué nos sirve crecer al 7% si esto no se ve reflejado en nuestra satisfacción con la vida? Mal que mal, si los países y personas se esfuerzan en lograr mayores ingresos, es para que estos ingresos ayuden a mejorar la calidad de vida y la felicidad de la población. Difícil sería entender que la búsqueda de mayores ingresos sea un fin en sí mismo y no sólo un objetivo instrumental. Después de todo, la felicidad no puede ser medida por el dinero o por las transacciones en los mercados. La felicidad es el fin en sí mismo.

Durante siglos, la economía ha argumentado que la mejor manera de medir el “bienestar” y la “felicidad” de la población es a través del crecimiento económico y del ingreso per cápita.  Bajo estos criterios de evaluación, desde ya hace muchos años que no resulta extraño escuchar fuertes elogios y alabanzas hacia el modelo económico chileno.

Constantemente, diversos organismos internacionales y personalidades de gran parte del mundo occidental han reconocido los grandes progresos que nuestro país ha hecho en materias de crecimiento, ingreso per cápita, reducción de la pobreza, equilibrios macroeconómicos y otros. Sin embargo, ¿es esta la correcta y única manera de medir que tan bien o que tan mal lo está haciendo un determinado país? ¿Es el ingreso el objetivo último de los seres humanos? Obviamente que no! Eso es cierto solo para quienes la psicología social ha definido como materialistas, es decir, aquellos que buscan en sus vidas más recompensas externas (fama, dinero, imagen) que internas (salud, relaciones interpersonales, auto-desarrollo, etc.). Sin embargo, para la gran mayoría de las personas, el objetivo último, aunque a veces suene cursi y embarazoso decirlo, es la felicidad. Sí, la felicidad!

¿De qué nos sirve crecer al 7% si esto no se ve reflejado en nuestra satisfacción con la vida? Mal que mal, si los países y personas se esfuerzan en lograr mayores ingresos, es para que estos ingresos ayuden a mejorar la calidad de vida y la felicidad de la población. Difícil sería entender que la búsqueda de mayores ingresos sea un fin en sí mismo y no sólo un objetivo instrumental.  Después de todo, la felicidad no puede ser medida por el dinero o por las transacciones en los mercados. La felicidad es el fin en sí mismo.

Entonces, ¿por qué los gobiernos no miden la felicidad de su población? La respuesta es muy simple. Porque para la economía tradicional resulta extremadamente complejo hacerlo, además de ser “absolutamente innecesario”. Para ellos, el ingreso per cápita es un excelente indicador del bienestar, y por lo tanto sería derrochar recursos “escasos” tratar de medir una variable tan “subjetiva” como lo es la felicidad. Sin embargo, la ciencia psicológica piensa algo completamente distinto. Un famoso estudio realizado hace algunos años por Richard Easterling confirmó que si bien es cierto que personas con mayores ingresos reportan mayores niveles de felicidad, esto sólo es válido para poblaciones extremadamente pobres. Una vez que las necesidades básicas humanas han sido satisfechas (alimentación, vivienda, etc.), mayores niveles de ingreso no necesariamente llevan a mayores niveles de bienestar. Por lo tanto, ¿tiene sentido de que en Chile nos alegremos por crecer al 6, 7, u 8% si no sabemos qué está pasando con nuestra satisfacción por la vida? La respuesta es nuevamente no. Por lo tanto, una conclusión obvia es que los países debieran comenzar a incluir este tipo de variables como manera de complementar los indicadores económicos tradicionales.

Pero ahora la pregunta lógica es… ¿podemos medir realmente la felicidad? Afortunadamente, durante los últimos años un grupo de psicólogos, dentro de los que se encuentran el Premio Nobel de Economía Daniel Kahnemann y el famoso investigador Ed Diener, junto a afamados economistas de la talla de Richard Layard, Paul Krugman, y los premios Nobel de Economía Joseph Stiglitz y Amartya Sen han demostrado al mundo la importancia de medir la felicidad, como una manera insustituible de orientar las políticas públicas e incrementar el desarrollo de los países. Estos cientistas sociales han logrado integrar disciplinas tales como la psicología y la economía, las que tradicionalmente se han visto como completamente opuestas. Utilizando la metodología de la Psicología Económica, de la Economía Experimental y de la Economía del Comportamiento, han trabajado durante años para demostrar que la medición acuciosa de la felicidad humana sí es posible, además de ser absolutamente necesaria.

Acogiendo el llamado de estas personalidades del mundo científico, tanto los gobiernos de Francia como de Reino Unido han comenzado a monitorear la felicidad humana para así complementar y mejorar los indicadores tradicionalmente usados. En este sentido, el Presidente Francés Nicolás Sarkozy ha solicitado la ayuda de Joseph Stiglitz y Amartya Sen en esta titánica tarea. Por su parte, en noviembre del año 2010 el primer ministro Británico David Cameron, ha anunciado que, aunque el crecimiento económico sigue siendo la prioridad más urgente de su gobierno, ha instruido a la Oficina Nacional de Estadísticas de su país que comience a medir la felicidad  de la nación. El primer Índice Oficial de Felicidad saldrá a la luz en 2012.

¿Y nuestro país en qué etapa se encuentra? En la actualidad Chile cuenta con muy pocos indicadores sobre felicidad, la mayoría de los cuales han sido recopilados por organismos académicos y no por instituciones oficiales de gobierno. Por lo mismo, dada la importancia de contar con cifras concretas sobre esta materia, entre la Universidad Adolfo Ibáñez y la Universidad de Sussex (Reino Unido) hemos realizado el primer gran estudio sobre felicidad en Chile. Una de sus principales características es la incorporación de las medidas más utilizadas en el mundo científico para medir esta variable. Tal como se ha mencionado antes, la satisfacción con la vida no es algo fácil ni simple de medir, y por lo tanto requiere diversos y complejos abordajes. En este sentido, nuestro estudio ha seguido muy de cerca las indicaciones del famoso economista del London School of Economics, Richard Layard, y del Profesor Ed Diener de la Universidad de Illinois, quienes han sugerido incorporar medidas relacionadas tanto con los ámbitos afectivos, cognitivos, depresivos y de salud psicológica del ser humano. Solo de esta forma se podría llegar a saber, de una manera acuciosa, real y científica qué tan felices somos en nuestro país. Tomando en cuenta todas sus sugerencias, y las de muchos otros entendidos en la materia, hemos estado realizando mediciones desde el año 2009, las cuales han entregado resultados sorprendentes tanto para las políticas públicas como para nuestra auto-evaluación con la vida. En las próximas semanas iremos entregando resultados concretos de estas investigaciones, por lo que les recomendamos hacer un seguimiento detallado a estos sorprendentes hallazgos.

Entonces, si Chile aspira a ser un país del primer mundo, ¿por qué no seguir algunas de las buenas lecciones que nos están dando las naciones más desarrolladas? Hoy en día no contamos con indicadores oficiales de este tipo, pero se hace extremadamente urgente el tenerlos. Sólo de esta forma sabremos si nuestras políticas públicas están realmente ayudando a los chilenos a ser más felices. ¿De qué nos sirve crecer al 7% si esto no se ve reflejado en nuestra satisfacción con la vida? Mal que mal, si los países y personas se esfuerzan en lograr mayores ingresos, es para que estos ingresos ayuden a mejorar la calidad de vida y la felicidad de la población. Difícil sería entender que la búsqueda de mayores ingresos sea un fin en sí mismo y no sólo un objetivo instrumental.  Después de todo, la felicidad no puede ser medida por el dinero o por las transacciones en los mercados. La felicidad es el fin en sí mismo.

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